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Santander: amar y cultivar la tierra desde la niñez

Por: Heliana Ortiz. “Yo campesina y ¡no sé sembrar un maíz!”, dice con una sonrisa en la voz Ingrid Tatiana Guarín, mientras recuerda su pasado reciente de niña: se mantuvo al margen de las tareas campesinas “porque no le veía futuro al campo”, hasta hace dos años.
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Por: Heliana Ortiz.

“Yo campesina y ¡no sé sembrar un maíz!”, dice con una sonrisa en la voz Ingrid Tatiana Guarín, mientras recuerda su pasado reciente de niña: se mantuvo al margen de las tareas campesinas “porque no le veía futuro al campo”, hasta hace dos años.

Su reconciliación con la agricultura es una inmersión en los saberes de los que se aprenden la paciencia, la misma que se necesita para esperar que la semilla germine; la perseverancia, que se fortalece al regar la planta cada vez que se requiera; y la sabiduría, para conocer el ciclo de los acontecimientos que la convierten en fruto, en árbol, en alimento, en aire, en sosiego.

Paciencia, perseverancia y sabiduría que llegaron a su vida cuando tenía 14 años, porque antes, en la parcela de su mamá en la vereda La Aguirre, ubicada a 45 minutos del casco urbano de Lebrija (Santander). Para entonces nada la entretenía: ni los árboles, desde donde tararean los pájaros que ahora ama, ni las montañas por donde ahora sale a caminar “orgullosa de ser campesina”, comenta.

Lo más importante de lo que ahora sabe, cree haberlo aprendido de su hermanita menor: el amor por el campo.

“Creo que Juliana, aunque tenga 6 años, sabe hasta más cosas que yo. Usted le pregunta ¿qué es este fruto? Y le aseguro que ella le va a decir: qué es, cuándo se sembró, cuándo nace. Ella dice que quiere seguir en el campo y quiere ser una campesina. Ese amor, la verdad, se contagia”, relata.

O tal vez lo comprendió por el camino hacia el sembrado, piensa su mamá, Mireya Aguirre, testigo de lo que ocurre cada mañana y de las transformaciones que han llegado con la huerta. “Mis hijos ahora ven las maticas, les gusta colaborar, ir a regar, a sembrar, y como también hay árboles y flores a la huerta llegan pajaritos, eso los hace felices y le cogen amor a la tierra. Antes no pasaba eso”, expresa.

Un amor por la tierra que se comparte en distintas veredas de Lebrija, donde las huertas y la organización comunitaria han logrado que las palabras agroecología, soberanía alimentaria, empoderamiento y mejor calidad de vida rural, sean como verbos que modifican costumbres o recuperan otras.

Según el último Censo Nacional Agropecuario (2019), cada vez hay menos niños de 0 a 15 años en el campo, mientras la población de personas mayores de 40 años crece. Así, el campo se está quedando viejo y solo.

El relevo generacional en las zonas rurales es una preocupación de país y por eso la experiencia de Ingrid, junto al rol de las huertas y la organización comunitaria en Lebrija nos revela el valor del cultivo de alimentos para el autoconsumo, una práctica no siempre presente en las unidades familiares campesinas.

Niños: ¡manos a la huerta!

No parece estar cerca el tiempo en que la agricultura urbana en Bucaramanga sea capaz de llenar los platos de una familia, en tres comidas diarias y durante todo el año. Como sí puede ocurrir en el campo, asegura, con otras palabras, David Guerrero, un reconocido activista ambiental que lidera el huerto comunitario del barrio Luz de Esperanza.

En este lugar creció David y fue formándose “en medio de las dificultades, viendo cómo chicos empezaban a consumir o a tener problemas con los de otros barrios, y dije: ‘esto no puede pasar con los niños más pequeños’. Por eso es que es que este huerto busca que los niños encuentren en él un proyecto de vida. Es clave lo que uno aprenda en la niñez”.

Y así, en medio de un barrio que todavía está en proceso de legalización, frente las viviendas, algunas improvisadas con techos de zinc y paredes de manera, otras de ladrillo, está la siembra: expresión de la agricultura urbana y del poder de la infancia.

Cuenta que cuando comenzaron, hace cinco meses, la comunidad dudaba de la idea...

“La gente decía: eso ni para qué lo hacen; los niños no van a cuidar. Se ve como un problema a los niños: que hacen ruido, que molestan con el balón, que dañan. Pero aquí, ya hay un logro (el huerto). ¿Quiénes lo hicieron? Los niños”.

El mayor de los huerteros de Luz de Esperanza tiene 12 años y los más pequeños todavía hablan a media lengua. Todos se emocionan con la tierra y la ilusión de que sus semillas se conviertan en maíces, pimentones, tomates, en plantas para curar dolores o mucho más.

Son al menos 20 los que participan de las jornadas de siembra, el riego frecuente, la vigilancia permanente, según cuenta Juan Daniel Arias Rodríguez, de 10 años.

Animado dice que busca modificar el futuro porque “ya la gente está pensando más en el dinero y contaminando, sin tener en cuenta la naturaleza. Por eso yo quiero sembrar bastante para cambiar eso que están haciendo”, asegura.

Cada uno alrededor del huerto le encuentra un sentido propio a la experiencia, porque como me dice Lincon Barco, que a sus 10 años ha empezado a explorar la agricultura urbana, “sembrar lo hace a uno feliz, porque le pasan cosas que casi nunca le ocurren”.

David Guerrero sigue al frente de esta iniciativa que nació cuando terminó el confinamiento obligatorio en Colombia, y que busca, entre otras posibilidades, que los niños aprendan el lado B de quien cultiva: “la paciencia que se necesita para que germine, la perseverancia en regar y el cuidar hasta que ya es el fruto”.

Escuche a continuación la crónica radial de esta historia:

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