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Cico Barón: el último decimero

Dice que se acuerda a plenitud de la razón de sus décimas: el honor de las siembras, la soledad de los montes, de las mujeres ariscas, el beso y la muerte.

Cico Barón. Foto: Jorge García Usta.

Por: Jorge García Usta

Tiene una gran nariz de águila generosa, unos ojos que parecen elaborados por el cuchillo de un motilón y pelusas blancas plateándole la barba y dándole el aspecto de un profeta cansado. Una gran verruga hexagonal le llaga la frente como un talismán. Por el aspecto surcado de venitas azules pocas veces baja el sudor. De vez en cuando se pasa las manos, gozoso, por las tetillas de ídolo malayo. Usa los pantalones cortados con cuchillo, arriba de las rodillas: los prefiere así porque le permiten usar la poca agilidad que aún le resta para caminar hasta su silla de tablas y quedarse mirando el fresco de la sombra y oler el aroma de cagajón reciente, esparcido por el patio.

Algunas veces asoma una sonrisa que hace que su nariz parezca la punta de una canoa acercándose a la playa. Entre las cosas que ahora merecen su amor está un tubo de plástico, de mango corto, que le sirve de bastón. Con el bastón se rasca, al descuido, las orillas de la espalda. Bosteza.

“El que sabe, salvar se sabe”, recuerda una de sus décimas. La voz sale del cobertizo donde el viejo duerme y se queda flotando en la salita de estar donde él se sienta a pensar y a mirar el día. Dice que se acuerda a plenitud de la razón de sus décimas: el honor de las siembras, la soledad de los montes, de las mujeres ariscas, el beso y la muerte.

Frente al sol, sin camisa, con el pantalón corto y desbraguetado, los ojos aún refulgentes por el nuevo día, nadie diría que ya tiene cien años. Sonríe lentamente, abriendo el tajo perfecto de la boca. No le queda un solo diente.

Pero mientras sonríe, dice con un cierto orgullo invencible, que a pesar de que no le queda ni media muela, conserva en cambio todos los recuerdos.

Corriendo caminos y campamentos

Cico Barón había sido cortero de caña en el ingenio de Sincerín, la industria agrícola más importante de la costa Atlántica en los mismos tiempos en que el General Reyes paseaba sus bigotes bismarckianos y sus lujosas gualdrapas ante las aldeas de las orillas del Magdalena. El ingenio era el imperio de los Vélez Daníes, dotado con maquinarias avanzadas y un régimen de manejo feudal, con horas fijas para dormir y un cepo público para los desobedientes.

Más allá de las instalaciones administrativas estaba el batey, el centro de la vida de los proletarios que vestían franelones y mascaban tabaco, planeaban trampas para irse a visitar a sus novias a otros lugares del inmenso campo de producción y hacían juegos de fuerza. Allí se reunían los decimeros a contar historias de enamoramientos y despechos, guerras y persecuciones.

El ingenio de Sincerín fue para Cico Barón una escuela de la vida. Le permitía saber que más allá del río había otras gentes de un color pálido y bigotes de espadachín, otros ríos menos pardos que el suyo y unas máquinas que andaban y botaban humo mientras un hombre llevaba las manos puestas sobre una especie de manivela. Una de esas máquinas de sorpresa la vería llegar al ingenio, en medio del alborozo de los blancos. Vio por primera vez -tocándola, ingenuo,- una moneda. Y más allá, entre los matorrales de Mahates, sus ojos de conservador perpetuo, verían el perfil de águila acorralada del General Uribe Uribe, de quien le impresionaron su estatura y su voz seca y autoritaria.

En aquellas lejuras, arruinado el ingenio, a Barón la única alternativa que le quedaba era la arriería de ganados, cuando le llegaron los rumores de que al otro lado del país, en tierras calientes, los gringos estaban buscando petróleo.

Seis años de su juventud tuvieron como escenario un campamento petrolero: un montón de lonas tiradas a través de la desolación y los soles de una tierra virgen, para obreros improvisados que, como él, se la pasaban taladrando huecos perfectos -registrados en planos misteriosos de uso exclusivo para los gringos- y cortando los espesos ramazones de los árboles en la selva infinita.

Los hacheros bajados del Putumayo le gritaban a Barón, desde sus hamacas: "¡Espántese estas tristezas con un verso!". En mitad de todos los obreros, Barón volvía a cantar sus décimas con los mismos motivos de siempre, a los que agregó uno, nuevo y riesgoso, el día que vio a los gringos botar en las malezas grandes bateas de víveres mientras los obreros deambulaban con hambre, bajo los árboles.

En otra ocasión, un gringo de dos metros, miró hacia las excavaciones cuando Julián Ortíz-un arjonero amigo de Barón- abandonaba un instante el pico para sentarse a reposar. Ortiz fue amarrado con alambres hasta que le sangraron las muñecas y lo llevaron a empujones a las oficinas de la administración para entregarle el último sueldo. Ortiz murió de viejo y soledad hace menos de 5 años, pero Barón aún no ha olvidado las patadas que el gringo le dio en sus muñecas sangrantes bajo el sol de las excavaciones.

-Me parece ver eso todavía. Miserables ¿Cómo le parece? Nunca he gustado de ellos. Conservador hasta las cuatro muertes, pero ellos no me gustan-dice.

Los combates poéticos

En 1920 era otro el tiempo para los decimeros.

Trashumantes, solitarios, ídolos en el abandonado fervor campesino, iban por los caminos recientes, de fiesta en fiesta, cantando y creando décimas, o improvisándolas. Y en ocasiones sosteniendo prolongados combates en poesía, que se extendían un día y una noche ante el deslumbramiento del público: peones, lavanderas, prostitutas, y algunos hacendados con mazos de billetes para ofrecer a los trovadores triunfales.

Eran piquerías interminables que en el viejo Bolívar se continuaron cantando con los diez versos originales de la décima clásica, pero al pasar al Valle de Upar se acortaron en simples y fáciles cuartetas.

Cico Barón -a quien las guerras civiles hicieron salir aprisa de Cartagena, interrumpiendo sus estudios de primaria- conoció a través de la décima, la historia de la conquista de América, las antiguas leyendas españolas, la ortografía de fuete y los rudimentos de matemáticas, que le prestaban el semblante de un decimero ilustrado. Su maestro fue José de los Reyes Ospino, una especie de Francisco El Hombre de la décima, un hombrón de pata al suelo y voz de raíz arrancada, nacido en Arenal, Bolívar, que introdujo y afianzó, en tenaces correrías, por toda la región y hasta el Sinú, el cultivo de la décima, una nueva forma de expresión con la cual el campesino contaba su propia historia.

Inteligente, lúcido, con la visión surreal propia del hombre de monte y confiado en su virtuosismo para la poesía natural, Ospino tomaba discípulos silvestres en las aldeas, para adiestrarlos. Les enseñaba la estructura de la décima, el ritmo del canto, y los empujaba a observar el mundo, más allá de los límites del patio.

Cico Barón fue un discípulo aventajado, tanto por las lecturas previas que tuvo en Cartagena -en cuya zona de El Arsenal, decimeros desmandados venidos de todas partes se disputaban, sudorosos, el favor de la multitud- como por su intuición y sus tercas originalidades. Tenía menos de 30 años cuando inició sus trashumancias por los pueblos de la costa, que prolongaría hasta después de los 80 años.

Siendo un decimero joven y sin nombradía, se dedicó a observar con cuidado los colores de las tardes, la tierra ajena, la vida de los santos, los amigos y los enemigos, los relatos bíblicos y las historias patrióticas. Y sobre todo, las enseñanzas corrientes de la vida que en su caso, abarcaban el amor y el despecho, el júbilo y el deshonor, y la vida oculta de los hombres que estaban resignados a sembrar maíz, a oír décimas y a resistir hasta el final de sus días.

En las fiestas comerciales y religiosas ya paganizadas, a donde llegaba a cantar décimas, Barón prometía a las mujeres embelesadas por su canto, un retorno ilusorio, un amor saltarín que duraba lo que duraba la fiesta. "Uno les decía ya vuelvo, y uno creía que ellas creían. Pero cuando uno volvía al año, las mujeres sonreían diciendo: "A veces te demoras".

En aquellas fiestas de pueblo adentro -a menudo descritas en forma zonza por los historiadores profesionales- Barón aprendió a sostener el verseo de la piquería con la sorprendente matemática mental de un hombre sin instrucción académica y al que solamente inquietaba la armonía cerrera de la naturaleza. En sus clases con Ospino aprendió a no desesperarse ante los acosos del rival, y a dominarlo, lento, sin que se diera cuenta, ilustrándolo, de paso, con las revelaciones del canto. Pero a diferencia de Julio Gil Beltrán -el maestro de maestros y su amigo íntimo- Barón sabía que en un tiempo, en el que no se respetaban las costumbres ni la amistad, ni la vejez, el decimero tenía que hacer respetar su arte de plaza a fuerza de calidad poética. O de puños.

La mujer en el sueño

A sus cien años, al viejo sólo le han quedado unos pocos pantalones cortos, una cama de tablas, un cobertizo de dormir, un toldo y la memoria y el hábito invulnerables del canto. En noches de vientos cerrados, entre el croar familiar de los sapos que ansían agua y el tristísimo bostezo de los burros que su hijo mayor amarra en el patio, el viejo afronta un desvelo crudo.

Las tinieblas de la noche -que antes usó como símbolos románticos comunes para asemejarlas a la muerte o la tristeza- son la única certeza, la compañía única en medio de un insomnio conocido y manoseado. Adentro del cobertizo, en el que deambula y duerme, se oye entonces un canto susurrado, casi la plegaria de un agonizante.

Es el viejo, que tras dos horas de desvelo -uno más en sus costumbres diarias- decidió comenzar a tantear las alas esquivas de la décima. De esa manera -dirá en la mañana- se siente vivo: puede buscar y tocar sus recuerdos.

Es un recurso supremo para vencer el tedio. La mayoría de las veces la historia del canto de la décima le aviva de tal manera la vida que otras historias -lejanas, difusas- aparecen de golpe envueltas en el mismo saco de imágenes. El viejo las ve venir para, luego, ordenarlas como con la mano y refocilarse, gustoso, con algunas de ellas. Se trata de una trampa sabrosa que se encarga de prepararse él mismo, mezclando las décimas, la niebla de la vigilia y el maromero que ahora ocupa su memoria. "Mi mujer casi no me acompañó mucho en vida. Unos 30 ó 40 años. Era muy obediente y tenía el pelo muy bonito. Parecía una hija", dice.

Ya no canta para la plaza ni va a la plaza. Pregunta por gente que murió hace veinte años, describe a viejos que podrían tener 108 años como muchachos ingobernables y afirma que "de pronto me iré a conocer el mundo: saldré de Arjona".

Canta como nunca antes cantó: para él mismo. Una noche cantando para él, tuvo la mejor revelación de sus últimos años: la décima se le desplazó, en el desgobierno del canto, en busca de su mujer, Guadalupe Guzmán, y él persiguió el curso del canto que era ya un ramalazo de luz memoriosa con control propio, y la mujer apareció nítida, traída de la mano de la décima: el pelo bonito, los gestos hacendosos, el silencio ancestral. Se quedó parada en el mapa de su memoria destruida, y el viejo se fue durmiendo con ella. En el sueño, soñó que despertaba y allí, a su lado, estaba Guadalupe, cierta a la palma de la mano, y entonces la abrazó. Pero seguía soñando.

El amanecer apareció ensartado en el rebuzno de los burros del patio. Todavía en el sueño, el viejo extendió la palma hambrienta para palpar el cuerpo de su mujer, su Guadalupe. Y tocó el vacío. Despertó como tocado por un rayo en los Montes de María. Abrió lentamente los ojos y dijo: "Guada, mija, no me hagas esto".

Quedó en un éxtasis desconocido. Un alba del color de las naranjas mal maduras iluminó el cobertizo. Un gallo de nadie cantó en sus sienes. En su memoria aparecieron la cajeta donde tenía los papeles de sus décimas, robados dos años atrás, y Julio Gil Beltrán, cantando, manso, una pena sin orígenes. Le dijo a Beltrán: "Qué ha pasado, Julio. Desde que te moriste, no hemos podido hablar".

Vio la mancha morada que tenía en el brazo izquierdo y maldijo los labios del duende. Desilusionado y terco, se tendió otra vez en la cama a mirar las palmas cruzadas del techo. Cerró los ojos y pareció rezar. Pero no rezaba. Comenzó una murmuración atropellada de décimas para buscar otra vez el recuerdo de su mujer.

Arjona, enero de 1986