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Covid-19: residencias universitarias buscan sobrevivir a la pandemia

Por: Richard Hernández

Edna González nunca llegó a imaginarse que, el negocio de residencias universitarias que tiene con su familia hace 10 años en Bogotá, se fuera a derrumbar por culpa de un virus. Como si fuera un presagio, las marchas estudiantiles del año pasado, que también los alcanzó a perjudicar, vaticinaban lo que se venía.

Bogotá es una ciudad que atrae a un gran número de estudiantes de diferentes regiones del país para realizar su educación superior en las más de cien universidades con las que cuenta la capital colombiana.

Colombia según un ranking de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), ocupa el puesto número 2 en Latinoamérica con más universitarios (2,4 millones), y se encuentra en el lugar número 32 a nivel internacional.

Esto hace que, en las principales ciudades del país, como Bogotá, Barranquilla, Cali, Medellín, entre otras, surjan proyectos de ciudadelas universitarias para alojar a los miles de estudiantes que vienen de las regiones a cursar diferentes carreras.

Las residencias universitarias tradicionales

Antes del Covid-19, Edna y su esposo tenían cinco casas para albergar estudiantes. Su suegra dos casas y su cuñada cuatro. Muchas personas han optado por emprender este tipo de actividad. Herederos de grandes propiedades, las adaptan para convertirlas en residencias universitarias.

Por eso es común ver un gran número de este tipo de vivienda en barrios bogotanos como La Soledad, Belalcázar, El Recuerdo, Acevedo Tejada, Galerías, Chapinero, Teusaquillo, La Candelaria, La Macarena y Gran América; entre otros, los cuales están cerca a grandes universidades. Son casas muy amplias que pueden tener una capacidad para unos 25 estudiantes.

“En nuestras residencias universitarias se ofrece el servicio de alimentación: desayuno, almuerzo y cena, de lunes a sábado, incluyendo los días festivos. También se presta el servicio de lavado de ropa (catorce prendas semanales), televisión, internet, wifi y aseo a la habitación cada semana, si el estudiante lo solicita”, cuenta Edna.

Un estudiante que llega a Bogotá puede encontrar en estas residencias habitaciones individuales. Hay algunas alcobas con baño privado que cuestan $780 mil pesos. Los cuartos con baño compartido valen 600 mil pesos. Esos precios incluyen el servicio de alimentación. Las habitaciones se entregan amobladas o sin amoblar.

“Nosotros manejamos un plan de referidos, lo cual nos permite que las personas que conviven en casa, por lo general sean conocidas. También pertenecemos a la red de alojantes de la Universidad Nacional de Colombia. Tenemos muchachos que han durado toda la carrera con nosotros. De hecho, hay personas que ya comenzaron su labor profesional y aún siguen viviendo en las residencias”, añade Edna.  

Pero ahora por la pandemia, el 95% de los estudiantes alojados han tenido que regresar a sus lugares de origen. Ante esta situación, a Edna y su familia les tocó entregar varias casas y, en algunas ocasiones, llegar a acuerdos con los propietarios.

Ciudadelas universitarias

Hace más de tres años han surgido en Bogotá y en otras ciudades principales de Colombia un tipo de espacios universitarios que ofrecen servicios incluidos a diferentes precios. Uno de esos lugares es CityU, una ciudadela universitaria que fue construida en 2017 y que se encuentra junto a la nueva Cinemateca de Bogotá.

Esta idea, según Javier Nieto Téllez, general manager de CityU “nació a partir de un concepto innovador en Colombia, donde se ofrecen residencias universitarias a estudiantes nacionales e internacionales. También a estudiantes que viven a las afueras de Bogotá, con el fin de estar más cerca de la universidad”.

La creación y desarrollo de este proyecto contó con la asesoría de American Campus Community, el mayor desarrollador y administrador de dormitorios universitarios en Estados Unidos.

“Una de las características de este espacio es que cuenta con un área de vida residencial y de acompañamiento al estudiante las 24 horas. En este espacio se velan por sus necesidades y los acompañan en su adaptación a la nueva vida universitaria a través de actividades, acompañamiento psicológico y urgencias médicas con un proveedor externo”, señala Téllez.

Esta ciudadela universitaria - que es la más grande de Latinoamérica -, ofrece un producto integral al residente. El estudiante no necesita salir de la ciudadela ya que en este lugar puede encontrar un supermercado, bancos, tiendas, centro de copiado e impresión, peluquería, restaurantes y cafés.

La ciudadela universitaria está conformada por tres torres, las cuales se interconectan en el piso cuarto donde cuentan con zonas comunes como: salas de estudio, gimnasio, sala de diseño, salones de juegos, salas de televisión, cocinas, BBQ y zona de lavandería, entre otros espacios, que los residentes usan e incluso pueden invitar a sus amigos sin ningún costo adicional.

“Nosotros manejamos diferentes tipos de apartamentos: individuales, dobles, de tres y de cuatro personas. Los precios oscilan entre $1.155.000 pesos en un apartamento cuádruple y hasta $1.898.000 pesos en un apartamento individual”.

El costo de estos apartamentos incluye: administración, servicios públicos, tv, wifi, gimnasio, acceso a las salas de estudio, descuento en los restaurantes de la zona comercial, acceso a la lavandería, servicio de seguridad las 24 horas, aseo una vez por semana y servicio médico.

“La deserción académica ha aumentado significativamente. Además de que las clases ahora se están haciendo virtuales, por consiguiente, los contratos han disminuido. La capacidad instalada de la ciudadela universitaria es de 1700 camas, ahora por la contingencia y teniendo en cuenta que estamos implementando en los apartamentos un baño por residente, la capacidad es de 700 residentes”. 

El inquilino

Nelson Martínez es un funcionario de la Biblioteca de la Universidad Nacional, quien lleva viviendo más de un año en una residencia estudiantil ubicada en el barrio El Recuerdo. Allí hay once habitaciones que casi siempre estaban ocupadas. Ahora solo residen Nelson y otro inquilino.

“Las personas, particularmente los estudiantes, han ido dejando el lugar porque sus familias no han podido seguir ayudándolos y han debido regresar a sus regiones. Algunos incluso tuvieron que buscar trabajo y aplazar el semestre. Otros funcionarios contratistas perdieron sus empleos o tuvieron que buscar sitios más económicos o buscar apoyo de familiares y conocidos”, señala Martínez.

Nelson paga $460 mil pesos con derecho a servicios, internet, cocina compartida y uso de lavadora. Pero lo más importante para él es la cercanía con la universidad, por ser su sitio de empleo y también porque en ese sector había una variada actividad cultural.

“Pero con el trabajo en casa esta ventaja se perdió, el aislamiento es igual en cualquier parte. Volver con la familia es una forma de economizar, pero también una necesidad psicológica ya que la soledad es otro problema. Por otro lado, el riesgo de contagio aumenta con una mayor interacción”, comenta.

Sin embargo, a pesar de estar compartiendo la casa con una sola persona, ellos mantienen medidas de bioseguridad. Tienen superficies de desinfección para los pies y lavado de ruedas de las bicicletas. Cada uno tiene su ropa de salir y otra para estar en casa y los infaltables tapabocas y gafas de protección.

“Compro mercado y cocino. Tuve que aprender [risas]. Los restaurantes de los alrededores también han cerrado, quedan unos pocos que venden domicilios, pero todos se quejan de la falta de clientes”, cuenta Nelson.

Las universidades continúan cerradas indefinidamente, mientras tanto las residencias estudiantiles esperan con resignación a que el Gobierno Nacional y local permita la reapertura a clase de miles de estudiantes que la pandemia alejó de sus aulas y de estos lugares que se han convertido en su segundo hogar.