Imagen del filme 'La mujer del Animal', película del director de colombiano Víctor Gaviria. Foto: Colprensa. Mayo 2018.

De ‘La vorágine’ a ‘La mujer del animal’, 93 años de un mismo relato

Por: Eduardo Otálora Marulanda

Este fin de semana tuve la oportunidad de ver ‘La mujer del animal’, la última película del director colombiano Víctor Gaviria. La vi en una pausa que me tomé de la relectura de ‘La vorágine’, esa célebre novela selvática que José Eustasio Rivera publicó en 1924. 93 años separan estas obras, pero los dramas siguen siendo los mismos. Hasta ahora me estoy recuperando del impacto que me generó la coincidencia de estas dos historias.

Con ‘La mujer del animal’ padecí la vida de Amparo, basada en muchos casos reales. Amparo un día fue secuestrada por el animal porque él decidió que ella iba a ser su mujer. Él lo decidió y punto, nadie se lo podía impedir: ni sus hermanas (a quienes violó de niñas), ni su mamá (maltratadora y misógina), ni la familia de Amparo (que presencia temerosa todo desde la acera del frente), ni nadie en el barrio de invasión en las lomas altas de Medellín.

Nadie, porque al animal todos le tenían miedo. Sí, el miedo era su arma, la que inmovilizaba a Amparo cuando él le pegaba, la que la hizo mirar para otro lado cuando él violaba a otras niñas, la que la obligó (en su único gesto posible de rebeldía) a cortarse el pelo para que el animal no la arrastrara más por las calles.

Miedo, violencia y el silencio de los muchos que nunca le dijeron “no más” al Animal, eso me quedó de ‘La mujer del Animal’.

En ‘La vorágine’ también hay un secuestro disfrazado de historia de amor. Alicia se fuga de Bogotá con Arturo Cova para evitar un matrimonio que no quiere. No muy lejos, cuando todavía no han llegado a los Llanos, ella siente el desprecio de Arturo y quiere regresar, pero no puede porque está indefensa ante esas tierras salvajes para las que no la prepararon en su colegio de señoritas.

Alicia está indefensa y embarazada, está indefensa y teme el repudió de una sociedad bogotana machista donde ha quedado proscrita por su gesto libertario, por no aceptar que le decidieran el destino (y, peor aún, cuando lleva en el vientre un hijo sin alcurnia).

Alicia no sólo es halada por las ansias de aventura y riqueza de Arturo, también es empujada por el miedo a una sociedad que juzga y castiga. Por eso ella termina en los Llanos y también por eso también en la selva, siguiendo a su amiga Griselda, las dos al amparo de Barrera, ese hombre de blanco, que se mantiene pulcro caminando por encima de toda la inmundicia y humillación que provocan las caucheras.

Alicia también está secuestrada por el miedo: a lo desconocido, a la violencia de Arturo, a la pobreza del Llano, al maltrato de Barrera. Su celda es inmensa y tortuosamente verde, no como la de Amparo (diminuta y terrosa), pero celda a fin de cuentas.

Repito: 93 años separan estas historias, las dos basadas en dramas de la vida real. 93 años y tenemos que seguir contando la vida de mujeres a las que no les queda más que aguantarse porque "¿Pa' qué aceptó?, usted se lo buscó". Ojalá que no tengan que ser 100.