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Foto: Ekko von Schwichow.

Laura Restrepo se “confiesa” con Radio Nacional de Colombia

Laura Quiceno

Por @Lauquiceno

La había contactado hace algunos meses, una amiga en España había conseguido su correo electrónico en una charla y las dos hablamos sobre la influencia de su obra en nuestras vidas. Las mujeres de Laura: Agustina de Delirio, Lorenza en Demasiados Héroes o Violeta en Hot Sur son particulares y la forma de retratar a Colombia en su novela Delirio o su paso por la militancia en Demasiados Héroes refleja la vida de una escritora que como “todos o casi todos los escritores colombianos de las últimas décadas le dan mil vueltas a la violencia, externa o interna que les ha tocado experimentar”

Laura “confiesa” en algunos capítulos de esta entrevista su visión sobre el actual proceso de paz con las Farc y su exploración del bien y del mal en su nuevo libro Pecado de la editorial Alfaguara.

Foto: Ekko von Schwichow

Foto: Ekko Von Schwichow.

¿Cuándo empezó a escribir, algún hecho en particular la motivó?

Creo que un cuaderno rayado, en el que escribía mis cosas cuando tenía nueve años y las firmaba con dos nombres, a veces Garzola, y a veces Mikerken. Ese cuaderno existió mucho tiempo, porque mi mamá lo guardó durante años. Era cómico el contraste, muy premeditado, entre las páginas de Garzola y las de Mikerken. Las de Gazola, siempre impecables y trabajadas con buena letra que no se salía del reglón, respetando los márgenes. Eso de los márgenes era muy de la educación de esa época: sobre el lado izquierdo de la página había que trazar con regla y lápiz rojo una línea vertical. Garzola lo hacía rigurosamente, y sus sumas y multiplicaciones daban el resultado correcto. Dibujos bien coloreados, sin salirse del contorno. Garzola era lo que en ese entonces se llamaba “una niña muy aplicada”.

En cambio Mikerken era un desastre. Sus páginas estaban llenas de tachaduras y manchones, con letra descuidada que subía y bajaba por los renglones como le daba la gana. No se ocupaba de trazar los tales márgenes. Mikerken decía groserías -cosas como qué me importa, coma torta-, y pintaba bichos que sacaban la lengua. Coloreaba fatal, muy reteñido y llenando de rayones la página.

¿En qué se diferencia la Laura trotskista, militante de los 70, a la Laura de hoy?

Creo que cuando joven, y por ahí hasta los cincuenta, Mikerken llevaba las riendas y hacía su santa voluntad. Se metió a la subversión, corrió riesgos, viajó por todos lados, tomaba decisiones drásticas de la noche a la mañana, sentimentales, laborales, de viajes y traslados. A partir de los cincuenta, Mikerken se aplacó y le dejó más campo a Garzola. Siguen los viajes, pero ahora tengo una casona rural que comparto con mi compañero, con mi hijo y con nuestros perros, a la que siempre regreso. Hay menos volteretas imprevistas y más margen para el descanso, para pensar dos veces las cosas. En esta casona escribo y estoy juntando lo que he podido de mi biblioteca, que andaba regada por todos lados. Digamos que hay menos acción, y en cambio más escritura. En todo caso creo que podría hablar de una mezcla rara de los dos personajes de la niñez. Tal vez el contenido de mis libros sea inventado por Mikerken, pero la letra perfectica y los cuadernos muy bien organizados pertenecen desde luego a  Garzola.

Agustina, de Delirio, es un personaje femenino que siempre me ha inquietado. ¿Cómo hizo para construir un personaje tan ensimismado, ‘con su peinado irreglamentario´, con un universo tan propio?

El personaje de Agustina está loco como una cabra, pero la verdad es que no me costaba mucho trabajo entrar en ese interior revuelto de su cabeza. Me imaginaba cómo hubiera sido yo misma si se me hubieran saltado todos los controles. Te doy un ejemplo. Yo tuve un padre maravilloso y encantador, al que quise muchísimo, y él a mí. Entonces a Agustina le puse un padre que era todo lo contrario, un horror de padre, distante, impositivo, a ratos violento, de doble moral. Cambiar así un escenario afectivo clave, me permitía imaginar distorsiones graves en la psicología de mi personaje.

¿Cómo contrastar el universo intimista de Agustina con el trasfondo del narcotráfico en la novela ‘Delirio’?

No veía a Agustina solo como personaje individual, sino también un poco como representación de todos nosotros, los colombianos. O más precisamente las colombianas. Siempre he creído que la situación demencial por la que atraviesa nuestro país durante temporadas recurrentes, tiene que afectarnos la cabeza a todos. No puede ser cierto eso de que cierras la puerta de tu casa, y el desastre y el caos quedan por fuera. Tiene que colarse por debajo para ir alterando insensiblemente toda la configuración interior. A Agustina le entran en reverso ciertos factores feos, dolorosos de nuestra sociedad. La mentira, por ejemplo. La hipocresía en particular. La doble moral. Agustina está hasta el gorro de mentiras familiares, de hipocresías por conveniencia, de manejo del secreto y del engaño para conservar la estructura jerárquica. Ella no tolera esos mecanismos, pero como tampoco puede develarlos ni desmontarlos,  éstos le crecen dentro y le estallan la cabeza.

¿En Demasiados Héroes Lorenza es su alterego?, ¿qué tan difícil fue narrar sus años de militancia en Argentina, ponerle nombre a tantas cosas que no fueron registradas por miedo a ser descubierta?

Es una novela bastante autobiográfica. Tiene como trasfondo un capítulo duro y fuerte de la historia mía y de mi hijo. Los nombres están cambiados, porque por mucho que te esfuerces en contar las cosas como fueron, al fin y al cabo tu versión no es más que tu versión, y en esa medida es parcial. O sea, en buena medida es ficción. “El episodio oscuro”, llaman a esas determinadas circunstancias vividas la Lorenza de Demasiados héroes y su hijo Mateo. “El episodio oscuro” las habíamos llamado siempre también mi hijo Pedro y yo. Cuando él llegó a ser un adolescente arrevolverado, no lográbamos reconstruir esas piezas del rompecabezas de su niñez sin caer en unas peloteras tremendas. Cada uno tenía una lectura de los hechos, y no coincidían para nada. Pude por fin escribir el libro muchos años después, cuando mi hijo ya era estudiante de postgrado en literatura. Entonces sí, conversamos mucho, muchísimo, repasando una y mil veces cada aspecto del “episodio oscuro”, cada uno bregando a entender el punto de vista del otro, la manera como las cosas habían afectado al otro.

¿Qué significó el encuentro con José Saramago en su vida?

Muchísimo. En mi vida y en la de tantos que tuvimos la suerte de conocerlo y de tratarlo de cerca. No solo fue un escritor prodigioso, que abría nuevas y deslumbrantes maneras de narrar. Además fue un ser humano lúcido y valiente, sin pelos en la lengua, de clara visión política e inquebrantable catadura moral. Saramago era capaz de decirle al mundo lo que todos los demás callaban. Con respecto a los grandes conflictos y atrocidades, Saramago se especializaba en poner el dedo en la llaga. Y como era un tipo tan importante, sus palabras tenían resonancia internacional y surtían efecto. 

¿Qué le decía José Saramago sobre Colombia y los colombianos?

Voy a citarte una frase textual que recuerdo. Cuando me entregó el Premio Alfaguara, con Delirio, allá por el 2004, dijo que el libro reflejaba “lo que Colombia tenía de fascinante, y también de ferozmente fascinante”.

Foto: Ekko von Schwichow.

Foto: Ekko Von Schwichow.

Repasando sus obras. ¿Cuáles son sus obsesiones literarias, aquellos temas sobre los que vuelve una y otra vez?

Está la violencia, desde luego; supongo que esa sería la respuesta más obvia. Creo que todos o casi todos los escritores colombianos de las últimas décadas le damos mil vueltas a la violencia, externa o interior, que nos ha tocado experimentar. Se comprende que así sea: ha sido necesario el ejercicio de nombrarla, destaparle la cara y exorcizarla. Pero al mismo tiempo está en mis libros, creo, la obsesión por la felicidad. Tengo la sensación de haberla conocido, y me empeño en que su destello esté presente en lo que escribo. Así sea solo como eso, como destello. Me parece que hay además un hilo conductor, que es la dignidad. Por lo general mis personajes están sometidos a presiones extremas, viven circunstancias imposibles, y si salen enteros al otro lado, es porque se aferran a su propia dignidad. Cuando escribí La novia oscura, una novela que tiene como protagonistas a un grupo de prostitutas, hubo feministas que me acusaron de no señalar que la prostitución implica la degradación de la mujer. Yo no lo veía así. Ese libro muestra, sí, que se trata de un oficio horrorosamente duro, del cual es fácil salir muy lastimado. Pero cuando cayeron aquellos ataques, recuerdo que yo respondía, es que yo no creo que sea digna una abogada y abyecta una prostituta, puede suceder al contrario, que sea abyecta una abogada y perfectamente digna una prostituta.

¿Cuándo fue la última vez que estuvo en Bogotá y qué sensación le generó la ciudad?

Vengo a cada rato a Bogotá, no podría dejar de hacerlo. Esta ciudad nuestra será caótica, delincuencial y lo que quieras, pero se manda una tremenda personalidad. Más bien volcada hacia adentro, íntima, incomparable a la hora de prender la chimenea y sentarse a conversar o a leer. Además –y esto no es patrioterismo, es la pura verdad- ninguna ciudad del mundo tiene los cerros de Bogotá.

En Pecado, su nuevo libro, ¿cuáles temáticas aborda?

El inquietante y ambiguo tema del mal. Lo que antiguamente se llamó el pecado,  palabra que sigue teniendo su eco y su misterio, aunque hoy día haya quedado relegada a los misales y a los boleros. Este libro tiene como protagonistas a una serie de personajes que se ven expuestos a lo que llamamos el mal, una zona perturbadora donde soplan vientos oscuros y difíciles, o imposibles, de manejar.  Te doy un ejemplo. Ana es una muchacha estupenda, segura de sí misma, que por cosas de la vida se ve envuelta en una relación amorosa con su propio padre. De todos los personajes de Pecado, seguramente es Ana quien más hondo te lleva a situaciones de alta turbulencia moral, donde por momentos preferiríamos cerrar los ojos o mirar hacia otro lado. Quise que Ana fuera suficientemente lúcida y fuerte como para sacarnos con bien al otro lado. Y así con cada uno de los personajes. Quise que cada pecado implicara su cuota de angustia y de culpa, pero también su gota de alivio, indulgencia y comprensión.

Es común por estos días preguntar en Colombia por la paz, pero le pregunto a usted como exmilitante ¿en qué se diferencia ese proceso de paz con el M-19 en el que usted participó activamente, que narró en Historia de un Entusiasmo al de hoy en la Habana?

El proceso con el "Eme" fue más efervescente, más sentimental, más bailado, en algunos sentidos más significativo. El proceso con las FARC puede llegar a ser más importante.

 ¿Qué le hace falta al Proceso de paz con las Farc?

El proceso del "Eme" confluyó en el remesón  constituyente y en la Constitución del 91, ese escenario donde se reunió el país a reinventar su destino. Me gustaría ver que el proceso de las FARC desembocara en algo así, una suerte de gran replanteamiento democrático general, donde lo bilateral se abra a la participación plural.

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