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Foto: Diego Cuervo.

Santa Rosa: un barrio con mucha tela para cortar

Por: Richard Hernández 

Hay muchos barrios en Bogotá que llaman la atención y se dan a conocer por alguna actividad singular que realizan: el barrio Restrepo, por la fabricación de calzado; el Samper Mendoza, por su torta de menudo; el 12 de Octubre, por la fritanga de ‘Doña Segunda’; La Perseverancia, por el Festival de la Chicha y el Carvajal, por los huesos de marrano, entre otros.

En el barrio Santa Rosa, ubicado al noroccidente de Bogotá y perteneciente a la localidad de Suba, resulta curioso ver la cantidad de negocios de modistería y sastrería instalados en las 16 cuadras que conforman el sector.

Foto: Diego Cuervo.

“Yo aprendí el oficio desde los doce años, cuando mi papá, que es sastre, les pedía a mis dos hermanos y a mí a que le ayudáramos. Cuando inició el barrio había tres sastrerías: la de Uriel Pérez, la de Alirio Godoy y la de mi papá. Yo soy el menor y fui el único que me quedé con el negocio”, señala Wilmar Murcia, habitante del barrio.

A pesar de que los alquileres de locales han subido significativamente, ha proliferado este tipo de negocios que ya llegan a unos 18, entre modisterías y sastrerías. Tanto así que ya encuentra un almacén que provee material, como el que tiene Sara García quien nació en este barrio hace 55 años y cuyo padre que llegó de Boyacá fue el primer presidente de la Junta de Acción Comunal, del barrio Santa Rosa. 

Foto: Diego Cuervo.

“Soy modista hace 30 años. Me inicié en este oficio haciendo cursos y trabajando en fábricas de modistería. Es una labor que me gusta mucho y se aprende todos los días, por eso puse este negocio en mi casa. Yo tengo proveedores que me traen todos los materiales, yo creo que, en este barrio, es el único almacén donde se vende todo lo de modistería”, señala Sara.

La mayoría de clientes son habitantes de barrios residenciales como Pontevedra, San Nicolás, La Floresta y Morato, que vienen a estos negocios para que les arreglen sus prendas: angostar la ropa por los lados, voltear cuellos y puños, arreglar chaquetas o modificarlas, cambiar bolsillos, hacer dobladillos, entallar camisas, cambiar forros y confeccionar prendas, entre otros.

También es curioso encontrar a un sastre que a pesar de que vive al otro extremo de la ciudad, alquiló un local para colocar su sastrería ‘Jos y Jisel’, marca que sacó de las iniciales de su nombre y el de su nieta Jisel; se trata de José Ramos, oriundo de Cachipay (Cundinamarca).

Foto: Diego Cuervo.

“Hace 9 años que trabajo en este sector. Yo hubiera podido arrendar un local en Soacha en donde vivo, pero el tipo de clientela es muy diferente a la que tengo en Santa Rosa. Acá la gente es muy amable y tiene mucho comercio, de pronto por todos los barrios residenciales que hay a su alrededor, por eso hay tantas modisterías y sastrerías, sin embargo, en Santa Rosa hay mucha tela para cortar”, comenta jocosamente Ramos.

Un barrio con historia en la antigua Bogotá

La primera familia que llegó hace 73 años a este lugar fue don Marcos Rodríguez, con su esposa y su hijo.  En ese tiempo los terrenos que hacían parte de la hacienda El Prado eran ocupados por extensos sembrados de papa, trigo, cebada y pasto para el ganado.

“Yo recuerdo que mi padre me contaba que cuando llegamos al barrio, yo tenía 2 años de edad y que él había comprado el lote en donde construyó la casa, en 580 pesos. También que solamente había 14 casitas”, recuerda doña Flor Sotelo de Silva, quien lleva 15 años como presidenta de la Junta de Acción Comunal del Barrio Santa Rosa.

Las familias con gran empeño instalaron un barreno o un molino de viento para sacar agua. Cuando el molino no bombeaba agua, las familias tenían que caminar hasta el barrio Julio Flórez, para traer el agua.

Cuentan que cuando se empezó a construir la Clínica Shaio, el doctor Fernando Valencia, quien fue uno de los fundadores y accionista del club Los Lagartos, también les regalaba el agua.

Foto: Diego Cuervo.

El primer negocio que tuvo Santa Rosa fue una panadería en 1949, donde se elaboraba el pan en un horno de carbón.

“Recuerdo al señor Rodríguez que al mediodía salía de su panadería a la calle y tocaba su guitarra. También a los Rincón que tenían ganado y pusieron un salón grande donde vendían la leche por botellas. Había otro sitio al que llamábamos la chichería en donde vendían cordero, guarapo, chicha y chanfaina”, cuenta Sotelo.

El barrio tenía dos entradas: un camino de herradura que comunicaba con el club Los Lagartos y una carretera destapada por donde se podía salir al antiguo camino de Suba, la avenida principal que comunicaba con la Calle 80 y Chapinero. Había una flota, con la misma ruta, que pasaba cada cuatro horas.

El pésimo estado de las vías obligaba a que las mujeres del sector, que salían a esperar el transporte público, viajaran con un par de zapatos extras para estar listas ante cualquier imprevisto.

“Aquí hubo una Junta Administradora que empezó a trabajar para construir las calles y para pedir los servicios. Entre los miembros estaba don José Silverio García, Cruz Silva que fue mi papá, al que llamaban el ‘alcalde del pueblo’, porque era el que pedía la plata”, comenta doña Flor.

En 1961 llegó el servicio de agua, al año siguiente el alcantarillado y en 1963 el servicio de energía. El barrio fue bautizado Santa Rosa, por la primera Junta de Acción Comunal, porque decían que en este terreno en medio del barro había crecido una pequeña rosa.

Cada 30 de agosto, Día de la virgen de Santa Rosa de Lima, sus habitantes celebran esta fecha con un bazar y diferentes actividades culturales. Santa Rosa tomó un auge comercial cuando la Calle 116 dejó de ser el camino exclusivo de entrada al Club Los Lagartos y dio paso a la Avenida Boyacá.

De esas 14 ‘casitas’ en 1946, el barrio pasó a tener en la actualidad 365 casas, las cuales se han ido transformando por los herederos de los fundadores del barrio, en modernos apartamentos, bodegas, locales, oficinas, consultorios, restaurantes, canchas sintéticas y hasta una clínica privada.