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Twitter: David Donoso, hijo.

Carlos Donoso: un ventrílocuo diferente

Por: Juan Carlos Garay

Colombia conoció al ventrílocuo venezolano Carlos Donoso a mediados de la década de los ochenta. Fue Alfonso Lizarazo quien lo descubrió, en esa labor de cazatalentos de humoristas latinoamericanos, y lo presentó en el Festival Internacional del Humor. El éxito fue tan grande que Donoso terminó como un invitado infaltable durante varios años consecutivos.

El estilo de Carlos Donoso era muy original en su momento. No solamente le daba voces diferentes a sus personajes (en principio, Kini y Lalo), sino que los dotaba de personalidad propia: nunca actuaban, hablaban ni reaccionaban por fuera de su carácter. Hasta entonces, los espectáculos de ventriloquía que conocíamos en nuestro país eran simplemente un repertorio de chistes conversados entre un humano y un muñeco. En el caso de Donoso, toda la atención se concentraba en los muñecos, a punto de que el ventrílocuo pasaba a un segundo plano.

Pero además, sus personajes no se contentaban con hacer comentarios graciosos, sino que también hacían imitaciones musicales. Esto significaba un doble trabajo para Donoso: no solo hacía la voz de Kini, por ejemplo, sino que en ocasiones era la voz de Kini imitando a cantantes populares de la época, como Leonardo Favio o a Emmanuel.

Carlos Donoso había nacido en Caracas en 1948. Cuando tenía apenas siete años, vio en televisión al ventrílocuo Paco Miller y trazó su destino en ese difícil arte. A los diecinueve debutó con el mico Kini. Al principio se presentó en varios escenarios venezolanos y luego empezó a viajar por América Latina.

Para comienzos de los años noventa, Donoso era tan conocido en Colombia que tuvo su propio programa de televisión, en el cual presentó otros personajes como Chipingo, una versión infantil (y más inocente) del mico Kini. Por supuesto, el plato fuerte de aquel programa de entrevistas eran los muñecos, más que el ventrílocuo. Allí Donoso cultivó el arte de la improvisación. Nadie, ni los productores del programa, ni los entrevistados, sabía con qué ocurrencia iba a salir el humorista.

Incluso cabe la hipótesis de que esos chistes improvisados no eran del humorista, sino de sus personajes, que por instantes cobraban vida propia. El fotógrafo Héctor Zamora recordaba que, después de una sesión de fotos, lo oyó a solas hablando con sus muñecos. Quizá por eso era tan sonado un chiste en los años noventa: Donoso está haciendo un espectáculo con su muñeco Kini y de pronto suelta un chiste vulgar. Uno de los espectadores se pone de pie y le grita que se siente ofendido. Donoso le responde: “Disculpe, señor, no quise ofender a nadie…”, y el espectador, aún más enfurecido, le interrumpe: “No estoy hablando con usted, estoy hablando con el mico”.