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El corredor de la guerra: Tacueyó, al borde de la paz

María Camila Sánchez

A más de 50 kilómetros de Santander de Quilichao (Cauca) está Tacueyó, un resguardo indígena perteneciente al municipio de Toribío que ha vivido en carne propia el flagelo del conflicto armado por estar ubicado en un corredor estratégico para la guerra.

Los habitantes del pueblo no superan los dos mil, pero sumando las 35 veredas que lo rodean son casi 17 mil pobladores, es decir, un poco más de las personas necesarias para llenar el coliseo cubierto el Campín de Bogotá.

En la memoria de este resguardo quedó plasmado el paso del sexto frente de las Farc, los combates con el Ejército y la resistencia de la guardia indígena contra los paramilitares; vivieron el recrudicimiento del conflicto desde la violencia bipartidista y ahora se debaten entre el escepticismo y la fe para creer que la calma que viven, de un tiempo para acá, los aproxima a una paz verdadera.

Recuerdos y memorias

“En esa vereda fue donde mataron a mi papá, en La Fonda, y de ahí comenzamos como los gitanitos, con el despliegue de ir y venir. Ya a estudiar, mi mamá se organizó en Tacueyó y fuimos creciendo”, así empieza la descripción de Marleny Múñoz contando aquellos recuerdos que marcaron su vida. Sus ojos oscuros y piel blanca están llenos de melancolía por aquellos que se llevó la guerra, y a pesar de eso confía en la gente y por su hospitalidad la reconocen en el pueblo.

Tenía 14 años cuando asesinaron a su padre, nadie supo quién fue, tampoco nadie indagó. Con el paso de los años se dedicó a cuidar a su madre y sacar adelante a sus cinco hijos con el restaurante que abrió en su casa. Su vivienda se convirtió en una zona de encuentro estratégico del plan de contingencia del pueblo cuando arreciaban los enfrentamientos.

En esa cuadra, de extremo a extremo, la guardia indígena, que es la autoridad del pueblo, se ubicaba para impedir que las Farc o el Ejército entraran por esa zona en donde se concentraba el pueblo; el propósito era protegerlo y las banderas blancas advertían a ambos bandos que esa zona debía ser respetada.

Jorge Eliécer Pico cree que ese fue el día que más temor sintió por su vida. El 29 de abril de 2005 seis tanques militares del Ejército entraron al pueblo para mitigar el hostigamiento de las Farc contra la población mientras esta permanecía concentrada en el polideportivo y la casa de Marleny. “Ese día no, ese día no murieron civiles” cuenta Pico mientras señala el agujero en uno de los muros de la escuela del resguardo provocado por el impacto de una de las balas de ese día.

“Eso era diario. Uno a lo último se acostumbra a eso, a estar escuchando el ruido de las bombas, los disparos, las avionetas, y pensando en lo que se podía esperar”, cuenta otro de los habitantes.

Saliendo por una empolvada vía del resguardo se llega a la vereda Santo Domingo, un caserío que actualmente no tiene más de 20 casas (unas hechas de tabla y otras con algo de concreto) y que fue el epicentro de la dejación de armas del M-19 en 1990. Un camino en piedra conecta estas viviendas y a ese pedazo de tierra en donde hace 27 años esta guerrilla se desarmó. Según sus pocos pobladores aquí no quedó más que el acto simbólico porque las promesas que les hicieron, -como una universidad, un hospital, y hasta una carretera- no se cumplieron y hoy ni la señal móvil se cruza por este camino.

“Aquí, en esa playita de esa casa amontonaron todas esas armas. Eso parecía una cantidad de leña amontonada para echarle candela, y pues hasta fue bonito e histórico, pero los compromisos quedaron en el papel”, cuenta Héctor Fabio Medina, uno de sus pobladores.

Y después del desarme ¿qué?

Con la desaparición del M-19 de estas tierras, las Farc se fortalecieron en personal y en capacidad, lo que agudizó los enfrentamientos por la zona. Sin embargo, para el pueblo esta situación no es nueva; ellos dicen que aquí se idearon las Farc y que estas tierras ya eran de esa organización.

Fue entonces cuando vinieron los enfrentamientos, las tanquetas en el pueblo, la chiva bomba en la cabecera municipal, la masacre del 85, entre muchos otros duros y crueles capítulos de este pueblo se cumplieron. Desde el párroco de Tacueyó hasta sus mayores aseguran que había que ser prudentes, simplemente no hablar mucho porque los podían señalar de guerrilleros o infiltrados del Ejército.

Pero algo empezó a cambiar desde hace algunos años, tal vez unos cuatro según los cálculos de Serafín Detacué, indígena del resguardo. “A partir del proceso de paz que se ha venido acordando a nivel del Estado con la guerrilla sí se ha sentido bastante el cambio. Ha habido mucha tranquilidad a partir de que la guerrilla quedó de entregar las armas”, señaló.

 Ya no se escuchan ráfagas de balas, tampoco tienen que soportar el control que hacían las guerrillas con la población, aseguran que se puede vivir tranquilo y caminar sin temor a ser asesinados.

Con ese peso del conflicto les es difícil creer en la paz, aún más cuando están seguros de que el desarme de una guerrilla es el abrebocas de nuevas organizaciones armadas o del fortalecimiento de otras que quieren ocupar esos territorios. Por eso, con naturalidad y simpleza dicen que “ya se ven esas señales”, es decir, las marcas que dejan a su paso otros grupos criminales. Quienes viven en Tacueyó y sus alrededores dicen:

- “Eso no es nada nuevo, ya se está viendo la señalización que hacen, sus escritos. Dicen que EPL, que ELN. Eso lo que significa es que ya están, que ya están ingresando”

- “Ellos están por acá rondando de noche”.

- “Claro, si no hay paz resultan otros grupos”.

Y esto porque las entrañas montañosas de la cordillera central son muy fértiles y los cultivos ilícitos mantienen encendido el conflicto. “Hemos hecho la evaluación y el conflicto armado aquí es una secuela de los cultivos de uso ilícito. La coca siempre ha estado acá y se ha transformado en bazuco, cocaína, y ese ha sido un combustible para que haya presencia de grupos armados” asegura el exgobernador del resguardo, Jaime Díaz.

Tacueyó, un resguardo de gente decidida, trabajadora, noble y sobre todo resistente, porque en sus venas corre sangre de los paez “esos que no se dejaron de los españoles”, dice Díaz.

Escuche aquí la primer parte de la crónica de María Camila Sánchez:

Escuche aquí la segunda parte de la crónica de María Camila Sánchez: