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Foto: Juan Ricardo Pulido.

Los niños de Maní, Casanare

Juan Ricardo Pulido

Eran dos cantantes, un bandolista y un furruquista.  Los cité en el patio trasero, buscando algo de tranquilidad para nuestra charla. Eran las nueve de la mañana cuando llegué y pocos minutos después, lo hicieron ellos. Ubicamos las sillas, ellos los instrumentos y yo la grabadora. Venían con sombrero llanero, bandola, y furruco.

Estábamos en el departamento de Casanare. Ellos, recién llegados de la tierra de la bandola. La noche anterior se habían presentado en el Torneo Internacional de Contrapunteo y Voz Recia ‘Cimarrón de Oro’, pero ahora parecían tener más temor. Tatiana y Alejandro cantaron, Jonathan interpretó la bandola y Johan subió al escenario con su furruco. Así los conocí. Representantes y miembros de la delegación de Maní, Casanare. Su mayor orgullo, la tierra de la bandola.

El municipio de Maní en el departamento de Casanare, es conocido popularmente como un pueblo criollo, aquel donde prevalecen muchas de las raíces de los llaneros. Entre ellos, su música y sus instrumentos. Es reconocido por ser defensor y promotor del instrumento mayor, por excelencia, en la música llanera; la bandola.  Su Festival Internacional Pedro Flórez De La Bandola Llanera, ha permitido desde el año de 1.982, mantener viva esta tradición. Lo hacen especialmente, desde las nuevas generaciones de artistas maniceños.

“Mi nombre es Mario Alejandro Rodríguez Prieto, me dedico a ensayar, a salir adelante, a estudiar y ser un cantante profesional. Estudio en el colegio Jesús Bernal Pinzón y tengo once años”. Él es uno de mis invitados, Alejandro. La noche de su presentación vestía un liquiliqui blanco, sobrero negro y alpargatas. Todo un llanero. Subió a la tarima, se apoderó del micrófono, y “como un gladiador que se esmera por el joropo”, cantó. Son representantes de su municipio, pero también del llano. De sus tradiciones y sus costumbres. Defensores de lo criollo, de la bandola y del furruco.

“Mi nombre es Johan Álvarez, tengo nueve años, toco el furruco, bailo y declamo. Vivo en el municipio de Maní Casanare”. Con Johan no solamente nos divertimos, también conocimos el furruco. Un instrumento antiguo que cada vez pierde más terreno frente al bajo eléctrico. Está hecho con un táparo, jícara, más popularmente conocido como totumo. A este se le hace un corte horizontal, que posteriormente es cubierto con cuero de animal.  En el centro de este pedazo de cuero, se pega con cera de abejas una vara delgada, que al ser apretada en las manos del artista y deslizarse hacia abajo, produce un sonido de vibraciones graves. Este instrumento es acompañado por la bandola, el cuatro y los capachos. Me lo enseñó él, Johan. Un gran llanero, de nueve años de edad, de dones especiales, encantadora inocencia, sonrisa ligera y de un inmenso conocimiento por su cultura. Sus palabras enseñan tanto como embelesan. Él me presentó y casi me enseñó a tocar el furruco.

“Mi nombre es Tatiana Moyano González, canto joropo, bailo y me dedico al estudio. Mi sueño con la música llanera es concursar con las grandes de la música llanera y ganar un Cimarrón de Oro”. Tatiana es una gran artista.  Sube con sus “versos de lujo” para hacerle una faena a “su tierra amada”. Cuando su potente voz es liberada en los llanos colombianos, “se escucha hasta el Magdalena”.  No hay modo de escucharla sin asombro.

“Mi nombre es Jonathan David Álvarez, me dedico a estudiar, que es lo primordial, me dedico a la bandola, estoy aprendiendo a bailar joropo, tengo 14 años y soy de Maní, Casanare”. A Jonathan, toda mi gratitud. Alejandro y Tatiana cantaron, Johan tocó el furruco, yo hice la entrevista y Jonathan David musicalizó todo el repertorio. Acompañó con la misma energía, el saludo que la despedida. Es un joven de enormes talentos, y de una increíble habilidad con la bandola y con el joropo. Nació y creció en medio de los instrumentos del llano.

Llegaron desde Maní, la capital turística del departamento, a orillas del Río Cusiana. Cada uno de ellos me compartió sus talentos, el amor por su tierra y lo mejor de su municipio. Así son los maniceños. Hombres y mujeres, llaneros y llaneras, orgullosos de su tierra, de la cuna de la bandola y orgullosos representantes del folclor y del llano colombiano.

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