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Foto cortesía: Teatro Matacandelas

40 años de historias del Teatro Matacandelas

Laura Quiceno

Por: Laura Quiceno. Editora web.

Era 1995, Angelitos empantanados, la obra del Teatro Matacandelas de Medellín revivía las líneas cinéfilas de Andrés Caicedo en escena. Fue tal el impacto de esta obra que el día de hoy completa más de 500 funciones en Colombia y el mundo: Festival de Almada Portugal, Mayo Teatral Cuba, Madrid, Caracas y el Festival Iberoamericano de Bogotá.

Durante 40 años las historias del Matacandelas marcan un antes y un después en la historia del teatro en Medellín, desde la mística de O Marinheiro, una adaptación de Fernando Pessoa, pasando por Fernando González: Velada metafísica hasta Angelitos empantanados, sus obras son laboratorios creativos, exploraciones que traen a la cotidianidad las palabras de autores clásicos.

“O Marinheiro es una puesta en escena que no llevó más de un mes, porque fue el resultado de muchos años escudriñando la poética de Fernando Pessoa. Cuando entramos al escenario nos dimos cuenta de que el fruto ya estaba en su punto, fue como una revelación, un instante de preñez absoluta. La preocupación con Angelitos empantanados, que llevó años de estudio y de montaje, era otra, tratar de llevar al escenario un reflejo de una literatura que percibíamos divertida y brillante. No podíamos permitirnos que el resultado fuera una representación pesada, ilustrativa, muy contraria a la lucidez de Andrés Caicedo”, cuenta Cristóbal Peláez, director y fundador del Teatro Matacandelas.

Angelitos empantanados de Teatro Matacandelas se estrenó en 1995 en Medellín y lleva más de 500 funciones. Foto cortesía: Teatro Matacandelas

Hablamos con él sobre la llegada de esta apuesta teatral a la Medellín de los años setenta y las historias por contar en el 2019.

¿40 años del Teatro Matacandelas, qué historias o anécdotas tiene para contar?

Episodios coloridos ocurren todos los días como producto de una vida interior de grupo muy cercana, muy amigable, episodios dramáticos se han sucedido a lo largo de 40 años y están en todos los niveles, desde las mismas contradicciones internas hasta la relación con una sociedad donde casi siempre predomina la indiferencia o la apatía por el arte de la representación; también han existido episodios trágicos, que son los menos por fortuna. Nuestra existencia ha estado signada por un trasegar poco rutinario, por la preocupación creativa, un viaje entretenido que es lo que puede brindar el ejercicio constante de compartir con muchos una expresión estética.

¿Por qué hacer teatro en ese Medellín de los setenta?

Aquello empezó, para nosotros, como una aventura juvenil. En una sociedad absolutamente formalizada deseábamos hablar, hacerlo desde el teatro nos parecía maravilloso. Lo que no teníamos muy claro es cuánto tiempo duraría esa llama. El hecho es que nos lo fuimos tomando en serio y los acontecimientos vertiginosos de aquellos días, en el plano nacional e internacional, seguramente nos fueron convenciendo de la necesidad de la permanencia. Colombia parecía anclada en el siglo XVIII. El teatro en aquellos años significaba, todavía más que ahora, una voz disonante, una lucha, una rabia, una manera de escapar a la homologación.

¿En qué se diferencia la Medellín de los setenta a la de hoy, por qué sigue vigente el teatro?

La Medellín de los setenta era una aldea, a veces sacudida por infrecuentes acontecimientos culturales. No existía una política sobre la cosa cultural. Más allá de trabajar y engullir las tres comidas al día el resto era un lujo o un desperdicio. El espíritu del paisa está construido sobre el dinero, la devoción religiosa y lo material. Esa mentalidad ha ido cediendo, obligadamente. Y la ciudad ha ido abriendo otros espectros donde el arte empieza a tener su espacio.

Foto cortesía: Teatro Matacandelas

¿Cuál es la anécdota con O Marinheiro y su presentación en la época más violenta de los noventa?

La leyenda acerca de eso es que la ciudad en las noches sin toque de queda se quedaba absolutamente sola y nosotros nos atrevimos a representar O Marinheiro a las 11:59 de la noche, nadie creía que llegara público, se burlaban y no obstante la sala se rebosaba. Había que ver el centro de Medellín, terrible soledad desde las 8 p.m., aún sin toque de queda. No había dónde comprar alimentos. Todo cerrado

 ¿Teatro Petra, Los Animistas? ¿Cuál colectivo teatral resaltaría hoy en Colombia?

Tenemos una historia teatral más sólida desde los sesenta, ese momento en que irrumpe como fuerza liberadora el nadaísmo y a la par se empiezan a crear grupos de teatro como el Teatro Experimental de Cali, La Candelaria, El TPB y posteriormente el Teatro Libre que se constituyeron en nuestras propias referencias para extender el teatro por todo el país. Grupos que le estaban contestando a una realidad concreta de la sociedad, un momento político muy definido. Hoy el movimiento teatral está signado por una producción considerable donde predomina, felizmente, la diversidad y la conciencia del país que habita.

Obra O Marinheiro. Foto cortesía: Teatro Matacandelas

 ¿Hay un público para el teatro en Colombia? ¿Se mide por el crecimiento de las audiencias?

Hay un lento y paulatino crecimiento del público teatral que viene respondiendo al crecimiento de la creación, de las casas teatrales y de los diversos certámenes. No solo en las grandes concentraciones urbanas. Lo maravilloso es advertir que los pequeños municipios, aún los más pequeños, cuentan con muestras, festivales. El teatro crece en todas partes, a buen ritmo, y es notorio comprobar como los centros educativos programan teatro escolar. El teatro no solo es necesario, también es inevitable. Su adormecimiento pasado no hace más que revelar una cosa: nuestra clase dirigente siempre ha pertenecido a un sector atrasadísimo, contra esa clase dirigente, por encima de ella se ha alzado el teatro, porque es un patrimonio expresivo de la especie humana.

¿El teatro es político?

Por naturaleza cultural. Es político en la medida en que el arte todo es una indemnización, una reparación de esa cosa atroz que es la existencia. No sería tan atroz si políticamente la especie humana puede ofrecer un mínimo de organización. Agregaría una frase de Deleuze que me gusta: “El arte es el llamado a un pueblo que todavía no existe”

Obra Fernando González, velada metafísica. Foto: Teatro Matacandelas

¿Qué montajes preparan para el 2019?

Estamos hurgando entre un cardumen de textos poéticos con un propósito definido: la disolución de la familia por el infortunio de la guerra. Allí hay varios autores.

Obra Fernando González, velada metafísica. Foto: Teatro Matacandelas

¿Por qué hacer teatro en Medellín hoy?

Muchos han considerado que el teatro en esta jungla urbana es una opción de entretenimiento y por eso se hace necesario. No lo creemos así. Frente a la industria del ocio y el entretenimiento el arte escénico es casi que vacuo, y sobre todo si se tiene en cuenta las grandes movilizaciones que arrastran el cine, la televisión, el futbol y los espectáculos musicales.

Nosotros somos una franja muy minoritaria, pero confiamos en que nuestras representaciones constituyen un valioso trabajo de civilización. Uno va al teatro porque se interesa por la suerte de los otros; cada vez que voy al teatro adquiero mayor conciencia de la condición humana.