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Foto: tomada de fernandosavater.com.

Una cosa es inventar una pandemia, otra cosa es padecerla: Fernando Savater

Por: Eduardo Otálora Marulanda

Empiezo con algunas confesiones.

La primera es que nunca imaginé un escenario como el que estamos viviendo. Llevo muchos años leyendo y escribiendo sobre mundos fantásticos y cienciaficcionarios donde pasan cosas horribles, donde los universos apocalípticos son mi divertimento. Pero siempre creí que nada de eso pasaría en realidad. Creo que justamente por eso me divertían. Ahora pienso que fui (y quizás sigo siendo) muy ingenuo. En el mundo en que vivo ahora hay orden de confinamiento a nivel mundial, hay personas que timbran en mi apartamento (usando tapabocas improvisados) para pedir comida porque tienen hambre y no hay cómo ganarse la vida. En este mundo del 2020 tengo miedo de salir a la calle, acercarme a las personas, de ser un foco de contagio y traer el Covid-19 a mi hogar o hacer que alguien más se lo lleve al suyo. Sí, mi primera confesión es que tengo metido en los huesos un “miedo global”, un terror a que todo salga mal.

La segunda confesión es que estoy agotado de tanto pensar, como si fuera una suerte de “místico futurista”, sobre el mundo en que viviremos cuando las curvas de contagio por Covid-19 estén normalizadas, cuando ya no nos dé tanto miedo que colapsen los servicios médicos. Sí, paso horas imaginando que esta pandemia terminará por mostrar que la humanidad tiene esperanza como especie, que saldrá lo mejor de nosotros y nos reinventaremos como sociedad. Pero también hay días en que el pesimismo me gana y creo en esas palabras que escribió Nietzsche en Sobre la verdad y la mentira en sentido extramoral: “¡ay de la funesta curiosidad que pudiese mirar, por una vez, hacia fuera y hacia abajo, a través de una hendidura del cuarto de la conciencia y vislumbrase entonces que el ser humano descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños sobre el lomo de un tigre!”.

La tercera confesión es que me siento perdido. Hay tanta información por todos lados que me aturdo y no sé en qué creer. Supongo que por eso me refugio en las cosas concretas: lavarme las manos con mucho cuidad y tantas veces como sea necesario, salir de casa una vez cada quince días a comprar lo indispensable, tratar de mantener una mínima rutina de ejercicio físico para no morir de sedentarismo, ayudar a mi hijo con las actividades que le envían de su colegio, preparar un almuerzo balanceado los días que me corresponde, ver con mi esposa películas ligeras por la noche (para adormilar el desconcierto y el encierro) y cumplir con mis trabajos a tiempo.

Así iban mis días, hasta que apareció la posibilidad de compartir estas sensaciones con alguien al otro lado del planeta, alguien que ha vivido y leído más. Él es Fernando Savater, filósofo y escritor español ampliamente reconocido por obras como Ética para Amador, Invitación a la ética o La hermandad de la buena suerte. A él le escribí pidiéndole que me concediera una entrevista para hablar de estos temas que me preocupan. Con su gran amabilidad me respondió lo siguiente: “En realidad me pasa como a todo el mundo, no sé cuándo ni cómo acabará esta epidemia, ni mucho menos cómo quedará el mundo del mañana. Pero si quieres que comparta con vosotros esa ignorancia, puedes llamarme”. Y lo llamé. Hablamos largo y aquí comparto la transcripción de esa conversación.

Buenas tardes, don Fernando. ¿Cómo está, cómo le ha ido?

Bueno, acá estamos, encerrados, como supongo que le pasa a la mayoría de la gente. Yo tengo la suerte de que tengo acá una casa en San Sebastián en que, asomándome al balcón, puedo ver a los lejos el mar y la playa, que siempre es un alivio. Y, bueno, por una parte, vivo solo, lo cual tiene sus contraindicaciones. Pero en este caso tengo toda la casa para mí, puedo pasear por la casa. Algo es algo.

¿En este momento qué es lo que más está extrañando de salir?

Bueno, a mí me gusta mucho pasear. Sobre todo, estos días tan buenos. Está haciendo acá un tiempo delicioso, muy primaveral, templado, muy agradable. Y pasear por la ciudad, sobre todo al borde del mar, me gusta mucho. Y luego lo que más echo de menos son las carreras de caballos, que me las han suprimido en todas partes, entonces estoy huérfano de caballos y eso lo siento mucho.

¿Usted en algún momento se imaginó, en esos universos fantásticos que a veces explora, una situación en la que el mundo entero esté encerrado?

Hombre, yo he leído mucha ciencia ficción. Soy un lector de ciencia ficción, entonces he leído muchas novelas en que ocurría, por una razón o por otra: había plagas, cuarentenas, momentos incluso del exterminio de la especie humana, que solo quedaban dos o tres supervivientes o que no quedaba nada o que todo el mundo estaba escondido en cuevas o, en fin. Hay muchísimas novelas de plagas, de ese tipo, no exactamente de virus, pero sí con muchos motivos. Pero, claro, una cosa es leerlo en la novela y fantasear un poco sobre el tema y otra cosa es padecerlo en carne propia.

¿Usted cree que en este momento de aislamiento, pero también de hiperconectividad, estamos dejando entrar más personas a nuestras casas que antes, cuando podíamos salir?

Bueno, más conexiones con gente sí, es verdad. Yo ahora tengo largas conversación por medio de internet, whatsapp, etc. con gente que antes apenas cruzaba una palabra o dos palabras, y ahora me mandan historias sobre lo que están haciendo: su vida, lo que están leyendo, una película que han visto. Yo hago lo mismo con personas que antes teníamos apenas una relación. Ahora tenemos una relación casi forzosa. Le mandan a uno bromas, le mandan a uno chistes, en fin, cosas. Bueno, sí, es verdad. Creo que, gracias a esta hiperconectividad, tenemos un poco más aliviada la soledad.

¿Qué siente sobre esta situación en la que, en este momento, toda la humanidad está hermanada en un dolor?

Primero, es verdad que, por una parte, a veces se queda uno impresionado cuando ve imágenes de los hospitales, en fin, de tantos lugares donde hay gente sufriendo. En el propio país, en los países vecinos, en el mundo entero. Siempre uno lamenta más o tiene más preocupación por los que son más próximos, ¿no? Los dolores abstractos, pues, son… La humanidad es una cosa muy digna y muy hermosa, pero pocos sentimos dolores a escala de humanidad. Siempre sentimos a escalas mucho más cercanas, más próximas: vecinos, familiares, etc. En cualquier caso, es verdad que estamos ahora preocupados por mucha más gente que antes. Antes se preocupaba uno por alguna persona concreta, ahora hemos ampliado muchísimo el campo de nuestra vulnerabilidad. Nos damos cuenta de que los seres humanos somos todos vulnerables y estamos conscientes de la vulnerabilidad humana a una escala mucho mayor que en otras ocasiones.

¿Cuál sería, en este escenario de pandemia que estamos viviendo, el lugar que tendrían las humanidades y las artes?

Yo creo que las personas que estamos un poco más protegidas contra la angustia y el hastío de la situación de encierro, somos las personas que tenemos gusto por la literatura, por el cine, por el pensamiento. La cultura siempre es una forma de ocupar el tiempo mucho más rica y mucho más variada que cualquier otra. Yo siempre, cuando me preguntaban qué diferencia hay entre una persona culta y una persona inculta, decía que las personas cultas necesitan mucho menos dinero para pasar los fines de semana o para las vacaciones. Es decir, las personas incultas siempre necesitan estar gastando grandes cantidades de dinero en viajes, en compras, en exotismos, porque no tienen nada adentro. Son como esos países que tienen que importarlo todo del exterior porque ellos no producen nada. Mientras que las personas cultas producen su propio contenido: una música, un libro o una conversación les basta para enriquecerlos y para entretenerlos e, incluso, para hacer que se les olviden las situaciones más dramáticas en que viven. De modo que yo creo que, bueno, a escala colectiva, lógicamente importan la medicina, que busca soluciones a la epidemia (que todos queremos que encuentren cuanto antes) y la economía (que a todos nos preocupa porque hay muchísimas personas que están perdiendo sus empleos y que están en unas circunstancias verdaderamente dramáticas, y dentro de unos meses todavía, probablemente, el drama será mayor y la penuria económica será todavía mayor). Desde el punto de vista colectivo estas son las mayores preocupaciones. Ahora, desde el punto de vista personal, yo creo que la mayoría de las personas que tenemos la suerte de tener unas aficiones culturales, estamos entregados a nuestros libros, a nuestras películas, a nuestra música y eso hace, bueno, que estemos pasando a veces ratos deliciosos, a pesar del dramatismo de la situación.

¿Usted está teniendo la oportunidad de escribir en este momento?

Escribir, escribo poco, la verdad. Yo ahora leo mucho y releo cosas que leí hace tiempo. Me vuelve a gustar recuperarlas. También me gusta mucho el cine. La verdad, solo tengo que cumplir un compromiso semanal con mi periódico, de una pequeña columna de trescientas palabras que tengo que hacer todas las semanas. La verdad es que estoy con poco entusiasmo escritor ahora.

¿Cree que es útil estar reflexionando en este momento sobre las consecuencias de la pandemia o deberíamos, más bien, darnos el tiempo de vivir esta situación y en unos meses, cuando salgamos, pensar lo que nos pasó como sociedad?

Pues sí. Yo creo que es mejor esta segunda opción. Yo estoy viendo a muchas personas que tienen la obligación de decir grandes cosas morales, filosóficas. En fin, cómo vamos a cambiar de vida, cómo tenemos que mejorar nuestra conducta. Bueno, a mí todas esas cosas me parecen vaciedades, francamente. Las cursilerías, los predicadores, en estos casos de epidemias, aparecen por todas partes y todo el mundo se pone “estupendo”, a decir cosas así, truculentas y sonoras. A mí todo eso me parece un poco absurdo, un poco ridículo. En fin, hay una alarma justificada y hay una preocupación científica por resolver clínicamente, medicamente, la epidemia. Y luego hay una preocupación muy fundada de que tenemos parada la productividad, tenemos parado el motor económico de los países, y eso es una cosa muy preocupante. Pero fuera de esas preocupaciones, buscarle otras proyecciones metafísicas al asunto me parece un poco perder el tiempo.

Una pregunta que le envía mi hijo. Estaba hablando con él sobre las funciones de las cosas y, de un momento a otro, me preguntó: ¿papá, para qué sirven los humanos? Entonces le transfiero a usted la pregunta, con la esperanza de poderle dar una respuesta a él…

Bueno, los niños son los filósofos espontáneos. Yo creo que los niños de cuatro, cinco, seis años son filósofos y todos hacen las preguntas filosóficas. De hecho, en los diálogos de Platón a Sócrates le acusaban de hacer las preguntas tontas que hacen los niños. O sea, que las llamamos tontas porque no sabemos contestarlas, porque son preguntas que nos dejan sin contestación. Les decimos: “ya cuando seas mayor, ya sabrás, ya te enterarás luego…”. Eso es simplemente quitarnos el problema de encima, es que no sabemos lo que son las preguntas. Y, obviamente, la pregunta de para qué sirven los humanos es una de esas preguntas. Hay que decir no: los humanos no sirven, porque las cosas que valen no tienen por qué ser, digamos, útiles, en el sentido de los instrumentos, de las herramientas, a pesar de que a veces nos empeñamos en considerar a las personas desde el punto de vista utilitario. Las personas no están en el registro utilitario, están en otro registro, que es el de la dignidad, el valor. Pero el niño intuye algo de que, efectivamente, los seres humanos a veces nos tratamos unos a otros como si fuéramos herramientas, ¿no? De ahí la pregunta esa que le hizo.

¿Ha pensado en el día de la salida de la cuarentena, que ojalá sea pronto, en qué va a hacer?

Creo que es usted muy optimista en eso de que “en seguida vamos a salir”. Yo no lo veo. No lo veo tan pronto. Desgraciadamente me parece que todavía nos queda bastante tiempo por delante, porque, además, el tiempo es relativo. A mí si me dicen que tengo tres meses de vacaciones, digo “hombre, ¿sólo tres meses? Pues se me van a pasar muy pronto”. Pero si me dice usted que tengo que pasarme otros tres meses aquí encerrado en casa, es que me dan ganas de suicidarme. O sea que el tiempo es relativo. Yo creo que todavía nos queda bastante tiempo, aunque a lo mejor, objetivamente, un mes o mes y medio o dos meses no sean tanto tiempo en sí mismo, pero lo vamos a pasar como un tiempo muy largo. Y desde luego estoy deseando que acabe este encierro y que podamos empezar una vida normal. Hombre, procuro no obsesionarme, claro, procuro no estar dándole vueltas constantemente a eso porque… En fin, cuando uno esta en una situación mala, estar pensando “y ahora otra vez y otros cinco minutos y más tiempo”, bueno, esa es muy mala estrategia. Hay que pensar, o intentar pensar, en otras cosas más agradables. Pero sí, estoy deseando que acabe esto, por supuesto.

¿Las redes sociales nos estarán haciendo un bien al compartir tantas miradas, a veces apocalípticas, sobre la situación?

Hay de todo. Pero las redes también dependen de lo que uno quiera. Yo creo que tenemos que ser selectivos, no podemos tragarnos todo lo que nos dan. Al principio, cuando pasó esto, estaba demasiado tiempo pendiente de noticias, informaciones, de cosas más o menos exóticas que me llegaban de un sitio o de otro. Ahora ya, simplemente, voy a alguna cosa muy concreta, alguna noticia. Y, por lo demás, procuro estar pensando en otra cosa, recibiendo información de otros temas porque, si no, es muy obsesivo. Y, sobre todo, en las redes se llenan de fake news, de mentiras o de exageraciones, o de profecías apocalípticas, en fin. Yo creo que no hay que dejarse obsesionar porque se vuelve uno loco con esas cosas.