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La escultura 'El llanto del Zipa', en el parque principal de Zipacón. Fotos: Adriana Chica García

En esculturas de piedra tallan la cultura de Zipacón, Cundinamarca

Por: Adriana Chica García

Antes de la irrupción española en la provincia del Tequendama, el límite entre los pueblos amerindios de panches y muiscas era la zona de retiro del Zipa. Ahí, en todo el centro del parque principal de lo que hoy es Zipacón, el gobernante supremo del Zipazgo -una de las divisiones administrativas Muisca- desahogaba sus penas en llantos. Ahí, sus lágrimas están talladas en piedra, literalmente, para revivir la cultura que una vez quiso borrar la conquista. 

Por eso, Zipacón en lengua muisca significa ‘El llanto del Zipa’, el mismo nombre que adquirió la escultura de dos metros que lo representa, desde hace 25 años, en el centro del municipio cundinamarqués. Dos bustos de espaldas con la fortaleza de un cacique indígena de un lado y la vulnerabilidad humana del otro. Tallado en piedra sedimentaria durante tres meses con las propias manos de un zipaconense: el artista empírico Ángel Eurípides Agudelo. 

Ángel Eurípides Agudelo es matemático de profesión y artista empírico.

Aunque en realidad, Ángel no es de Zipacón propiamente. Nació en la vereda de Fuzga, de Chía, y a los 13 años fue adoptado por esa tierra de entre montañas. De eso hace ya más de 60 años; claro, se presume como un zipaconense más. Su historia y paisajes, de hecho, han quedado en sus manos y creatividad. Es a él a quien encomiendan la ilustración en escultura de la riqueza cultural del municipio. Y la transmisión de esos saberes creativos a nuevas generaciones. 

‘El llanto del Zipa’ fue su primera y gran donación a su tierra, por allá en 1992. Las lágrimas del cacique indígena son a su vez el rocío húmedo de las noches frías del municipio, esas que pegan en los parabrisas de los carros. O así lo describe el gestor cultural Fabio Parra Molina. “En este punto -dice frente a la escultura en el parque principal- el Zipa se aislaba para llorar sus penas, para dejar sus tristezas y para meditar”. 

El lado del busto donde se ve al Zipa llorando.

El rostro de los bustos, de facciones fuertes, no es solo el reflejo de los rasgos característicos indígenas, es el de uno de los habitantes de Zipacón, a quien Ángel esperó sentado en un muro de la iglesia para encontrar la inspiración. “Duré varios días, quería un hombre de aspecto muisca. Hasta que apareció, él nunca lo supo, pero el resto de la gente sí, desde ahí lo empezaron a llamar Zipa, hasta su fallecimiento”, cuenta el artista. 

Como todas sus demás obras, ‘El llanto del Zipa’ se moldeó de un bloque de piedra de labor de las areniscas de la sabana de Bogotá, de entre 6 y 8 metros -de seis toneladas de peso por cada metro cúbico-. El material lo trae en volquetas desde Bojacá, Sibaté o Soacha. Le hace un desbaste para quitar las partes grandes que no necesita, luego lo empieza a tallar a punta de cincel y martillo, y le da textura con una buzarda o una lija, dependiendo de cómo quiera que se sienta. 

El artista talla su próxima obra en la vereda El Ocaso.

Ángel dice que para que los rostros tengan buena expresión se les pasa lija. Al tacto las esculturas son lisas, algo ‘polvorosas’ y de un color claro, casi amarillento. “Antes de empezar el trabajo con la piedra se hace una maqueta a escala en arcilla o yeso. Ahí se van corrigiendo los errores hasta que queda la que será guía para la escultura final”, explica Ángel. Eso no siempre lo supo hacer, al principio las sacaba a ojo. 

Los 10 años de edad es el primer recuerdo que tiene de sus primeras talladas en madera. Pero fue hasta llegar a Zipacón cuando dice haber descubierto su vocación, luego de conocer los esfuerzos de divulgación artística del periodista y gestor cultural Carlos Pinzón Moncaleano y los llamados ‘amigos de Zipacón’, que no eran más que unos intelectuales y artistas de todo el país que fueron sus amigos personales. 

Algunas de las esculturas del artista en la Casa de la Cultura del municipio.

“Ese movimiento cultural que nació en los setentas fue el ‘caldo de cultivo’ que necesitaba para desarrollar mi trabajo, ahí vi mi futuro”, manifiesta Ángel. Pese a ello, decidió estudiar Matemáticas en la Universidad Pedagógica Nacional, en Bogotá. En la capital vivió varios años, dos de los cuales se dedicó a la enseñanza, tras obtener el título profesional. No duró, el arte lo llamaba y lo hizo regresar a Zipacón a dedicar su vida a ella.  

Desde entonces no ha hecho otra cosa diferente que esculpir en piedra. Un encargo mal obrado, “que no tenía capacidad de realizar y, por supuesto, quedó mal”, cuenta, lo obligó a estudiar de forma autodidacta con libros, y formarse hasta obtener un título honorífico en artes plásticas. Ahora sus obras están en todo el departamento de Cundinamarca; en Anolaima, Faca y hasta en la Universidad del Bosque, de Bogotá, para la que realizó una escultura con el símbolo de la institución. 

La escultura de la clave de sol realizada en honor al Festival de Música Clásica.

En el parque central, además de ‘El llanto del Zipa’, está una escultura de una clave de sol que hizo con la ayuda de 60 alumnos de la Escuela de Artes Plásticas de Zipacón, que dirige, como homenaje a los 40 años del Festival de Música Clásica que se realiza cada noviembre. “Es en la que más me he demorado, imagínate coordinar a personas de entre 8 y 65 años -ríe-. Pero la idea era que aprendieran el oficio al tiempo, incluso tuve residentes artísticos de España y otras partes de Colombia”.

Ahora dedica sus tardes a una escultura de tres metros con la que representará la vida campesina de la zona rural de El Ocaso, la vereda de clima caliente de Zipacón. Un campesino con poncho y sombrero, abrazado a su esposa y con su hija entre ambos. Es un recuerdo a su propia familia, dedicada a la papicultura. “El arte es el reflejo de lo que somos, por eso le dedico mi vida”, dice con una amplia sonrisa y las manos llenas de polvo blanco.