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Las historias que pasan por el puente Rumichaca entre Colombia y Ecuador

Tres migrantes venezolanos contaron sus esperanzas y desconsuelos en el recorrido que hacen diario miles de sus compatriotas buscando asilo en países de suramérica.

Por: Ingrid GarcIa Ilvira 

La frontera entre Colombia y Ecuador está dividida por el Puente Internacional de Rumichaca, lugar que cientos de venezolanos atraviesan para llegar a otros países de Suramérica en busca de mejores oportunidades.

Para quienes empezaron su travesía migratoria desde la frontera con Cúcuta (Norte de Santander), este lugar se convierte en la luz de esperanza para llegar a países dolarizados como Ecuador o de nuevas oportunidades laborales en Perú. Pero para quienes retornan, se convierte en el desconsuelo de tener que regresar víctimas de la xenofobia y la falta de oportunidades de empleo.

“No hay trabajo, hay xenofobia con el venezolano y no le dan trabajo, uno a los 40 o 45 años es considerado viejo en Lima y no hay oportunidades de empleo, entonces decidí devolverme”, expresó José Luis Méndez, uno de los migrantes.

Él salió de Barquisimeto (Venezuela) el 20 de febrero de 2018 y tras año y ocho meses de haber ido en búsqueda de mejores oportunidades a Perú, regresa con los pies ampollados, la mirada triste y el corazón cargado de resignación.

Su experiencia no fue grata, el lugar donde permaneció este tiempo estuvo rodeado de largas jornadas laborales a veces sin paga, y tuvo que soportar el rechazo y el señalamiento de muchas personas tan solo por su condición de migrante, situación que asegura, nunca eligió padecer.

A su regreso, y tras contar con pocas herramientas de acceso a la información, se tropezó con la crisis en Ecuador, donde las comunidades indígenas levantaron asonadas y protestas rechazando las medidas tomadas por el Gobierno de quitar los subsidios al combustible.

Si bien, para José Luis la situación es ajena a su entendimiento, la tuvo que padecer con agresiones que los protestantes lanzaron contra los migrantes. Además de caminar largas horas en compañía de mujeres y niños, durmiendo sobre laterales de las vías y buscando retornar a la frontera con Colombia.

“Tuvimos que dormir en una estación de servicio, pero luego nos sacaron y tuvimos que dormir en una carretera, teníamos mucho miedo y rezabamos como no tienes idea. Todos tuvimos que caminar kilómetros y kilómetros porque los indígenas en Ecuador tenían las vías tapadas con palos y piedras”, contó.

Otra historia es la que embarga el corazón de Zuleida Mayora, una mujer de 48 años de edad, proveniente del estado de Vargas (Venezuela), ella hace quince días emprendió el viaje hacia Perú en compañía de otras tres mujeres y cinco niños.

Zuleida asegura que no ha sido difícil su tránsito por Colombia, tal vez aduce que el hecho de viajar con niños hace que muchas personas les brinden ayuda, les den ‘cola’, como dicen ellos a los tradicionales ‘aventones’ en Colombia, y así pudieron llegar hasta la frontera con Ecuador.

“Gracias a Dios nuestro paso por Colombia ha sido bueno, en algunas oportunidades nos tuvimos que mojar por las lluvias pero todos juntitos y abrazaditos pudimos soportar con nuestros niños”, manifestó.

A su llegada a Ipiales, Nariño, municipio fronterizo con Ecuador, y ante la inclemencia del frío que arrecia con fuerza en sus cuerpos cansados, pero con la ilusión de estar más cerca de su destino, Zuleida y el grupo de acompañantes encontraron justo antes de cruzar el Puente Internacional de Rumichaca, una mano amiga que les brindó comida, acceso a servicios públicos y dormitorios.

Se trata del albergue Proyecto Paso a Paso, que con recursos de la cooperación internacional brinda ayuda a los migrantes que hacen su paso temporal por esta frontera. El proyecto brinda asistencia humanitaria, asistencia psicosocial y kits de aseo y de hidratación para quienes continúan su recorrido.

Emanuel Posso, es un joven universitario de 24 años de edad, se vinculó al proyecto en la parte administrativa y asegura que en un inicio el albergue recibía un promedio de entre 60 y 80 personas, pero a medida que la crisis migratoria fue incrementando, el albergue tuvo que ser ampliado a una capacidad de 350 personas.

“Gracias a las gestiones realizadas por Sandra Soto, la directora de este proyecto, hemos logrado conseguir aliados importantes que apoyan la labor del albergue como son el Programa Mundial de Alimentos, Organización Internacional para las Migraciones, CICR y Consejo Noruego”, explicó Posso.

Sin embargo, en los picos migratorios altos, como el mes de agosto, cuando Ecuador intensificó los requisitos para que ciudadanos venezolanos pudieran ingresar a su país, el albergue pasó a atender en promedio a más de 1.500 personas diarias en el área de comedor y en alojamiento hasta 700 personas.

El albergue está dividido en tres hangares: mujeres, hombres y familias; también cuenta con el servicio de comedor abierto para todas las personas y alojamiento.

Paso a Paso, al estar ubicado a pocos metros del puente, se ha convertido en el lugar de sosiego de los migrantes que van y vienen, unos con la esperanza de una mejor oportunidad de vida para sus familias y otros con la resignación de retornar a enfrentar la crisis de su propio país.

Según indicó Possol, las principales problemáticas que afrontan los venezolanos al cruzar la frontera es la falta de documentación exigida por Ecuador como la visa humanitaria, y la xenofobia que ha obligado a muchos a retornar. 

“Cuando las personas salen de Venezuela, salen con muchas ilusiones y esperanzas de mejorar sus vidas, pero cuando llegan aquí a la frontera con Ecuador y ven que tiene tantas dificultades de pasar, se derrumban moralmente y se desmoronan sus ilusiones”, indicó Posso.

Entre tanto Zuleida y José Luis coinciden en definir la situación como una oportunidad de vida, de esperanza y de fortaleza, pues su único objetivo es brindar calidad de vida y felicidad a sus familias.