La historia indígena de los glaciares en Colombia
¿Has escuchado hablar de Dulima, Kumanday o Gonawindua? Estos son los nombres con los que los pueblos indígenas que habitan los territorios del Tolima, el Eje Cafetero y la Sierra Nevada de Santa Marta (SNSM) conocen a nevados como el Tolima, el Ruiz y la Sierra Nevada.
En algunas de sus cosmogonías, estos territorios son espacios sagrados donde cualquier intervención humana puede alterar el equilibrio natural. En otras, son lugares dónde habitan deidades. Incluso, algunas consideran la nieve como un elemento de alto valor cultural y evitan al máximo tocarla.
Muchas de estas visiones coinciden en la necesidad de preservar estos ecosistemas, hoy en riesgo de extinción. Según el Ministerio de Ambiente, desde finales del siglo XIX hasta 2022, el área de los glaciares en el país se ha reducido aproximadamente en un 90%.
Los glaciares en Colombia y su dimensión ancestral
La Sierra Nevada El Cocuy o Güicán, también conocida como Zizuma, alberga el glaciar más extenso del país. Su extensión alcanza 12,8 km², y se extiende por territorios de Arauca, Casanare y Boyacá. Allí se encuentra el pico Ritak'uwa, que alcanza los 5.410 metros sobre el nivel del mar.
Para el pueblo U'wa, que ha habitado esta región durante siglos, las nieves perpetuas son morada de sus divinidades y fuente de sabiduría espiritual para los Werjaya, sus autoridades tradicionales. Se trata de un espacio sagrado que solo ellos pueden ver, y al que en muy raras ocasiones acceden en búsqueda de conexión espiritual.
El siguiente nevado con mayor extensión es el Volcán Nevado del Ruiz, también conocido como Kumanday o Cumanday. Su nombre proviene de los pueblos Quimbayas y Carrapas que originalmente habitaron la zona, y suele traducirse como “blanco hermoso”, en referencia a su apariencia y al respeto que inspira en las comunidades.
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El Volcán Nevado del Huila, o Wuila, se ubica entre los departamentos de Huila, Tolima y Cauca. Su nombre indígena lo debe al pueblo Nasa y significa "montaña salvaje". Este volcán, así como las lagunas cercanas, tienen relevancia para las comunidades indígenas que lo rodean, y lo reconocen como punto de conexión con la naturaleza.
La Sierra Nevada de Santa Marta, conocida para los cuatro pueblos que la habitan como Gonawindwa o Gonawindúa, es considerada el "corazón del mundo". Para los pueblos Arhuacos, Koguis, Wiwas y Kankuamos, allí se encuentra el origen de la humanidad, y cualquier tipo de intervención en sus nieves puede generar desequilibrios naturales.
Las personas no indígenas no tienen permiso para subir hasta la nieve, y solo sus autoridades ancestrales pueden acceder a estos lugares sagrados en ocasiones especiales.
La lista de glaciares que persisten en Colombia la completan Dulima y Poleka Kasue. El Volcán Nevado del Tolima, o Dulima, recibe el nombre de una cacica del pueblo Pijao que fue condenada a la hoguera por los españoles por defender a su pueblo de la conquista española. Tras su muerte se la consideró como la "diosa de las nieves".
Por su parte, Poleka Kasue o el Volcán Nevado de Santa Isabel proviene de la lengua Quimbaya y su traducción es "doncella de las nieves", "doncella blanca" o "princesa de las nieves". Según el Ministerio de Ambiente, es el nevado más vulnerable actualmente y podría desaparecer en los próximos años.
Un vestigio ancestral en riesgo de desaparecer
El 21 de marzo se conmemora el Día Mundial de los Glaciares para concientizar sobre la necesidad de preservar estas masas de hielo que surten de agua potable a comunidades cercanas. En Colombia, los seis glaciares suman apenas 33 km², y solo entre 2021 y 2022 se estima que su área se redujo en 1,11 km².
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Los glaciares en Colombia son vestigios de la última glaciación. Entre los siglos XV y XIX alcanzaron cierta estabilidad debido a condiciones climáticas favorables, pero desde entonces su tendencia ha sido de retroceso constante.
Científicos estiman que, de mantenerse el ritmo actual, los glaciares ubicados por debajo de los 5.000 metros sobre el nivel del mar podrían desaparecer hacia mediados de este siglo, llevándose consigo no solo ecosistemas estratégicos, sino también una parte de la memoria ancestral del planeta.