En el municipio de Bojayá, en el departamento del Chocó territorio marcado por el
conflicto armado, pero también rico en cultura, paisajes y gente con una inmensa
capacidad de resistencia vive María Aurelia Moreno Mena, conocida cariñosamente
como Cioqué. Mujer de estatura baja, piel morena y una sonrisa que recibe a todo el
que se acerca, ha construido su vida a orillas del río Atrato, donde desde hace 35
años se dedica al arreglo de pescados. Llegó a este pueblo siendo muy pequeña,
acompañando a su madre; aquí creció, formó su familia tuvo nueve hijos, de
quienes le sobrevivieron cuatro y ha enfrentado desde niña retos que forjaron su
carácter: aprendió a trabajar desde los siete años, no sabe leer ni escribir, pero su
memoria aguda y su voluntad le permitieron capacitarse y salir adelante, además de
tender la mano a quienes lo necesitaban.
Su historia es un ejemplo de solidaridad y esperanza: trabajó de forma gratuita en
un comedor escolar durante seis meses, porque recordaba su propia infancia y
quería apoyar a los niños de su comunidad; sueña con que Bojayá cuente con
infraestructura como un hospital, y con que se creen fuentes de empleo para
jóvenes y adultos, para que nadie se quede sin oportunidades. Su figura es muy
querida y respetada en la zona: personas cercanas como Liney Yojana la describen
como alguien que siempre ayuda, que realiza su trabajo con esmero y que cuida a
todos los que viven en su casa con amor. En un territorio donde la masacre del 2 de
mayo de 2002 dejó una herida profunda, la historia de Cioqué, junto con la visión de
líderes comunitarios como el párroco Honorio Mosquera, muestra cómo la
adversidad se transforma en fuerza, unión y avance, convirtiendo el dolor en motivo
para construir un futuro mejor