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Leticia: la ciudad que baila al son que le pongan

Leticia: la ciudad que baila al son que le pongan

En la Amazonía también se celebraron las fiestas De San Pedro y San Juan. En la capital amazónica de Colombia, la colonia opita mantiene su tradición al ritmo de sanjuanero y rajaleñas.

Diversos fenómenos impulsaron la llegada de cientos de personas a Leticia, la tierra prometida. Uno de ellos fue la colonización promovida tras la guerra colombo-peruana, cuando el Estado colombiano identificó que allí habitaban más ciudadanos peruanos e incluso brasileños que colombianos. Esa realidad llevó al Gobierno a implementar estrategias para incentivar el poblamiento del extremo sur del país por familias colombianas. A ello se sumó la violencia bipartidista que azotaba el interior del país, provocando el desplazamiento de numerosas familias, especialmente desde el suroccidente colombiano, hacia la Amazonía.

"El Estado identificó aproximadamente 400 peruanos, 200 brasileños y unos 75 colombianos asentados en el casco urbano de Leticia. Eso encendió las alarmas y motivó el impulso de políticas para aumentar la presencia de ciudadanos colombianos en esta región", explica Jorge Picón, especialista en estudios amazónicos e investigador regional.

Las rutas fluviales eran el único camino posible para quienes buscaban escapar del conflicto. Y encontraron un terruño de tranquilidad; un lugar con carencias en servicios públicos y muchas limitaciones, pero también con inmensas hectáreas de verde y la oportunidad de comenzar una nueva vida.

Ese movimiento incentivó la llegada de comerciantes y jóvenes con deseos de emprender y "colonizar" tierras amazónicas. La mayoría provenía del antiguo Tolima Grande, sin desconocer a los nariñenses y familias de muchas otras regiones del país. Y como en esta tierra todo florece, fueron echando raíces, trayendo hermanos, tíos, primos y amigos, hasta conformar grandes colonias que aún hoy conservan parte de sus costumbres.

La ciudad que tiene nombre de mujer le abre la puerta a todo aquel que decide refugiarse en ella. Así, cuando los huilenses llegaron, no trajeron únicamente maletas; trajeron también el San Pedro, el sanjuanero, las rajaleñas y la nostalgia por una tierra que aprendieron a recordar bailando. Lo que comenzó como una celebración entre paisanos terminó convirtiéndose en una de las fiestas más esperadas por todos los leticianos año a año.

"Todo comenzó en los años 40, cuando llegaron a Leticia varios comerciantes del Huila. Entre ellos estaban doña Oliva Sánchez de Parra y su esposo, don Custodio Parra, quienes trajeron desde Timaná la pasión por el San Pedro", recuerda Alejandro Cueva, escritor leticiano.

Según las investigaciones de Alejandro Cueva, doña Oliva fue el alma de esta celebración. Organizó los primeros desfiles de las Fiestas Sampedrinas por las entonces destapadas calles de Leticia y hasta compuso un bambuco con sabor amazónico y alma opita: "Cachaza y Pirarucú".

Años después, la responsabilidad de mantener viva esta tradición fue asumida por Melquicedec Uní, un huilense oriundo de Saladoblanco, quien junto a nueve de sus doce hermanos y otros amantes de la cultura creó COROPITAM, la Corporación de Opitas en el Amazonas. Desde entonces, la organización mantiene viva la fiesta con desfiles de carrozas, verbenas populares y el tradicional concurso para elegir a la Reina del Sanjuanero en Leticia.

Por su parte, doña Nelly de Aguirre, a sus 90 años, continúa decorando, cortando telas, troquelando y almidonando flores, junto a su hija Pilar Aguirre lidera la confección de los trajes que visten a las participantes, desde las más pequeñas, con apenas unos meses de nacidas, hasta las adultas. Nelly es símbolo de vitalidad, alegría y amor por la cultura; cada año también desfila, celebrando una tradición propia, pero también de todos.

Durante las fiestas en Leticia las calles se convierten en ríos de raboegallos y sombreros, de carrozas y comparsas que avanzan al ritmo del bambuco. Una celebración en la que brasileños, peruanos, familias enteras y visitantes de muchas partes del mundo no participan como simples espectadores, sino como protagonistas. La jornada culmina con la presentación de las candidatas que representan empresas, entidades, barrios y una que otra colonia que sigue manteniendo vivas sus raíces.

Son semanas enteras de trabajo colectivo: familias que decoran carrozas, parejas que ensayan el sanjuanero y comunidades enteras que esperan con entusiasmo una de las celebraciones más tradicionales de Leticia.


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Hoy, aunque pequeña, Leticia es profundamente cosmopolita. Sigue bailando al ritmo del bambuco que aprendió hace más de 75 años, pero también baila al son que le pongan. Esa ha sido siempre su mayor riqueza: abrirles espacio a quienes llegan, hacer propias las tradiciones ajenas y convertirlas en parte de su identidad.

Año tras año son más los paisanos que hacen de este rincón del sur de Colombia su hogar. Quizá ese sea el mayor reto hacia el futuro: que cada nueva colonia conserve sus costumbres, las comparta con orgullo y fortalezca la diversidad cultural que hace de Leticia una ciudad única.

Leticia nunca ha bailado un solo ritmo. Baila el bambuco, la cumbia, el forró, el carimbó y cuanto compás llegue por el río. Y quizás ahí radica su verdadera identidad: en ser una ciudad que convirtió la diversidad en su mejor forma de bailar.

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