Una estatua para Aníbal Velásquez, el ‘Rey de la Guaracha’
Utrecht, Berlín, Amberes, Toulouse, Atenas, Londres, Copenhague, Roskilde y otras ciudades europeas se han rendido a los pies de su majestad Aníbal Velásquez, el ‘Rey de la Guaracha’.
De Venezuela, México y Estados Unidos lo llaman a diario periodistas, melómanos, coleccionistas y seguidores de su música a recordarle lo grande que ha sido y que es el único y verdadero Mago del Acordeón.
Pero en Barranquilla, la ciudad donde nació y a la que ama profundamente, parece que su nombre y su arte están reservados solamente para que anuncie que faltan cinco minutos para el Año Nuevo y, después, para alegrar el Carnaval.
El Miércoles de Ceniza las emisoras comerciales —al menos las más escuchadas— y algunos picós dejan de programar sus éxitos hasta octubre, cuando vuelve a ser invocado para castigar con la guacharaca a la brujita de la placita de la vieja barriada.
Aníbal aprovecha ese lapso para refugiarse en las reverencias extranjeras, con giras extensas de hasta dos meses, hipnotizando europeos con la agilidad de sus dedos y la irreverencia de sus risotadas. Cuando vuelve a su castillo, en el bullicioso barrio Ciudadela 20 de Julio, apenas a unos metros del estadio Metropolitano, se encierra a pulir un nuevo ritmo que está creando, el Sucundú, o a fabricar turbos, enormes y potentes máquinas de sonido, como lo encontré la mañana víspera de su cumpleaños 90.
—Mi carrera musical, por una parte, me ha dejado satisfecho, porque me dio el modo de tener algo para comer, para vivir tranquilo. Pero por otra parte no—, revela el maestro en un instante de desasosiego.
Mirando en silencio la cámara parece enumerar las estatuas en honor a artistas que hay en Barranquilla: la de Esthercita Forero, en la carrera 43 con calle 74; la de Joe Arroyo (cartagenero), en el parque de Los Músicos; las de Shakira y Sofía Vergara, en el malecón. ¿Y la de Aníbal Velásquez?
—Esa otra parte es que no he sentido el apoyo ni me he sentido valorado por el gobierno local, que ni siquiera se ha interesado en ponerle mi nombre a algo (NdR: una estación del Transmetro, sistema masivo de transporte, tiene el nombre de Pedro ‘Ramayá’ Beltrán, nacido en Bolívar). Ni la Alcaldía ni la Gobernación, nada. O una estatua, para que yo siga siendo Aníbal Velásquez cuando me muera—, dice y vuelve a quedarse en silencio.
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Aníbal Velásquez Hurtado nació el 3 de junio de 1936 en el barrio San Francisco, de Barranquilla, a pocos metros del río Magdalena, en el hogar conformado por José Antonio y Belén.
—Ahora le dicen al barrio y que San Pachito. Yo no sé por qué, si el nombre es el de un santo. No respetan. Mi papá tenía una finquita de aquel lado del río que le decíamos ‘El Cocotal’. Y aparte teníamos una tiendecita que se llamaba ‘La Dalia’, una tienda grande de comestibles y esas cosas. Bueno, por ahí pasaba el tren ese que salía de Bocas de Ceniza para el terminal de acá de Barranquilla.
Con ese ferrocarril, Aníbal vivió lo que sería a su juicio un evento premonitorio. Como cualquier niño de su edad, revoloteaba por ahí cazando pajaritos. Un día el pie se le atascó en el riel justo cuando se escuchaba la locomotora acercarse. Uno de sus hermanos, como pudo, lo haló fuertemente del cabello y pudo salvarlo de una tragedia.
Años después, en 1971, cuando ya era un artista conocido, Aníbal Velásquez y su conjunto sufrieron un accidente de carretera que le segó la vida a la mujer de su hermano José ‘Cheito’ Velásquez y él terminó con el dedo gordo del pie derecho cercenado.
— Tenía un bus para el grupo, veníamos de Montería. Yo venía manejando, paramos en Turbaco a desayunar y le dije al otro chofer que me ayudaba ‘Maneja tú ahora, porque yo voy a desayunar’. Cogí mi pescado y mi pedazo
de yuca y apuré a los músicos para que se subieran al bus, que teníamos una presentación en Soledad. En una curva, el chofer se queda viendo a una joven en short y perdió la curva. ¡Dios mío, cada vez que me acuerdo de esa vaina me da no sé qué cosa!—, cierra los ojos y suspira.
De ese accidente, curiosamente, nació una frase inmortalizada en la canción ‘La Ronchita’, grabada por su acordeón y con la voz de José ‘Cheíto’ Velásquez: “Compadre Martínez, lo llaman por teléfono”. Hacía referencia a otro rey, Rosendo Martínez, ‘el Rey del Bombardino’, el mismo de ‘Vuélvelo a poné’ y quien logró un acople inexplicable entre su instrumento y el acordeón de Aníbal.
— Rosendo salió a caminar por el monte, como conmocionado por el accidente, se detuvo ante un árbol y los muchachos empezaron a gritarle: “Hey, hey, ¡qué haces allá!”. Y él respondió: “estoy llamando por teléfono”. Con ese episodio lo molestaban los músicos y salieron con eso en la grabación—, revela.
En el barrio San Francisco, Aníbal Velásquez tuvo su primer contacto con la música a través de una violina que empezó a tocar imitando los sonidos que escuchaba en la radio, en especial los vallenatos en guitarra de Guillermo Buitrago.
A los 10 años, sus padres decidieron mudarse al populoso barrio Rebolo, en la calle Belén, entre los callejones Bocas de Ceniza y Libertad. Allí conoció a Nelson Pinedo, ocho años mayor que él, otro de los grandes músicos nacidos en Barranquilla y quien hizo parte de la Sonora Matancera.
—Para esa época, ya yo estaba ducho en la violina y a mi hermano José se le dio por tocar una lata de avena como caja y a mi otro hermano un rallador como guacharaca. Armábamos unas guachafitas y Nelson pasaba con un cancionero en el bolsillo trasero del pantalón. Un día me lo mostró y me preguntó si era capaz de tocar la canción ‘Me voy pa’ Cataca’ de José María Peñaranda. Y lo hicimos. ¡Miércoles, eso se oía bonito! Ahí nos hicimos amigos y me decía: "Un día tengo que irme yo para para para el Cuba porque tengo que tocar con la Sonora". Fíjate, lo logró y grabó esa canción—, recuerda.
Conforme iba creciendo, Aníbal se interesaba más en la música. Un día descubrió que su hermano Juan Velásquez tenía un acordeón que escondía en el escaparate cuando se iba a trabajar como metalmecánico. Entonces, a hurtadillas, lo extraía y empezaba a machucar botones y a familiarizarse con las notas. Hasta que Juan lo agarró con las manos en el instrumento, Aníbal quiso correr despavorido, pero el amoroso hermano le dijo que, si quería aprender a tocar el acordeón, él mismo le iba a enseñar.
—Yo ahí fui desarrollando mi estilo, creando mi estilo. Comencé a tocar vallenato, era vallenatólogo. Y se me fue penetrando tanto, pero tanto el acordeón, que lo fui modernizando al estilo mío, pues. Y aquí estoy con varios estilos.
En efecto, Aníbal empezó su carrera musical interpretando los cuatro aires del vallenato: paseo, puya, merengue y son. La primera agrupación que conformó a los 15 años con su hermano Juan —su maestro— y los hermanos Carlos y Roberto Román se llamó ‘Los vallenatos del Magdalena’ y la primera pieza que publicaron fue ‘La Casa en el Aire’, de Rafael Escalona, en 1953.
En 1955, Roberto Román murió tras una riña en Cartagena y aunque el grupo se mantuvo con los hermanos Velásquez y el sobreviviente Carlos Román, había algo que ya empezaba a moverse dentro de Aníbal y que solo conjuraba moviendo sus dedos con agilidad endiablada, lo que llevó a llamarle ‘El Mago del Acordeón’, pues sacaba notas desconocidas en ese instrumento creado por alemanes.
Dos años después, creó su propio conjunto con su hermano José en reemplazo de Juan y justo ahí empezó a construirse la leyenda.
—Yo veía que, con el vallenato, la gente no bailaba. Se quedaba sentada solo escuchando. Y a uno barranquillero le gusta es bailar. Un día, estaba mi hermano José arreglando una caja vallenata. Él fue el inventor de la caja moderna, porque antes eran de cuero de chivo, él le quitó el cuero y le puso una película de radiografía ya que el cuero del chivo en tierra fría se destemplaba y él quería que sonara como un bongó. Bueno, total, estaba probando su invento y comenzó él ‘taque te taque te taque’. Y le digo: “sigue así, mi hermanito, sigue ese ritmo ahí”. Comencé a tocar el acordeón y saqué
el número ‘Mambo Loco’. No me salió letra, solo una risotada como grosera—, rememora el maestro.
Lo que acababa de nacer no solo era una pieza musical, sino el estilo que tanto buscaba Aníbal durante las extensas clases de acordeón con su hermano Juan. La manera de exteriorizar a través del fuelle la verdadera esencia barranquillera: desparpajada, alegre y contagiosa.
Después, en esos laboratorios musicales en Rebolo, llegó otro número y la consolidación de su título de ‘Rey de la guaracha’, pues tomó ese ritmo cubano y lo adaptó al acordeón barranquillero, una escuela que hoy cuenta con adeptos por miles alrededor del mundo.
—‘Guaracha en España’. Esa fue la que me sacó al mundo. Y sacó el ruido que había dentro de mí. Me internacionalizó, porque donde quiera que yo voy fuera del país, la primera que me piden es esa: ‘Guaracha en España’. Me hizo popular. La bauticé así porque al principio me sonaba a una mezcla de guaracha con flamenco, aunque la letra habla es de una linda morena que tiene un rítmico andar—, explica.
Pero esas no fueron las únicas creaciones de Aníbal y su hermano ‘Cheíto’. Ya habían interpretado varios boleros cubanos en acordeón cuando este último le mostró la melodía y letra de la canción ‘Quisiera amarte menos’, que posteriormente grabarían y que generaría la disputa sobre el verdadero padre de un nuevo estilo: el pasebol, una mezcla de paseo vallenato y bolero.
— La grabamos en Caracas. Y entonces, cuando vinimos de Venezuela, Alfredo Gutiérrez la escuchó y la grabó. Yo le pregunto a mi hermano que qué ritmo era, me dice que es como un paseo. Yo le dije: “no joda, me parece como bolero”. Para no pelear le pusimos pasebol.
Ese ritmo cadencioso es reclamado también por Rubén Darío Salcedo, prodigioso compositor sucreño, el mismo de ‘Fiesta en corraleja’.
— Falso, nosotros sí tuvimos una lucha con esa vaina en Sincelejo. Porque escuchábamos eso y al mismo Rubén Darío le reclamamos: “mire lo que anda usted diciendo”. Y solo nos respondió: “Bueno, ustedes saben cómo es la gente”. El pasebol es un ritmo creado por mi hermano y bautizado por los dos—, recalca de manera enérgica Aníbal.
Aníbal también supo meterle mano al piano con maestría, como consta en la pieza ‘Carruseles’. Ese instrumento, al igual que el acordeón, lo aprendió de manera autodidacta.
Melómanos estiman que Aníbal Velásquez ha grabado más de mil álbumes musicales. Algunas canciones se repitieron, porque decidió no ser artista exclusivo de ninguna casa disquera, grabó con todas, lo que lo hizo también conocido como ‘Todo sello’ Velásquez.
Pero el nombre artístico que más le gusta es el de ‘Sensación’, porque eso es lo que siempre ha buscado despertar entre los amantes de la música, un torrentoso río de emociones y sensaciones imparable, como su carrera y su estilo que ni siquiera con la creación en 1962 de Los Corraleros de Majagual por parte de Discos Fuentes pudieron frenar.
—Lo que pasa es que yo estaba pegado en la en la plaza. Los únicos que se oían aquí en Barranquilla eran Pacho Galán, la Sonora Matancera y Aníbal Velásquez. Tenía a los demás aguantados. Entonces vino Fuentes y se ideó Los Corraleros. Metió a Lisandro (Meza), a Alfredo (Gutiérrez), a Calixto Ochoa, a César Castro. Bueno, hicieron Los Corraleros para tumbarme. Pero yo creo que no pudieron—, se ríe.
***
Aníbal Velásquez, pese al éxito y la fama, nunca ha vivido por fuera de las barriadas de Barranquilla. De San Francisco se mudó a Rebolo, después al Centro y sus últimos 40 años los ha pasado en la Ciudadela 20 de Julio, al lado de su esposa Julieta Peinado Mendoza.
Es el rey en un castillo sin pretensiones de paredes y rejas blancas, que tiene una placa en la puerta con su nombre, como si fuera necesario que el mundo sepa que allí vive el más grande acordeonero nacido en esta ciudad.
Sus días los pasa escuchando música, reescuchando sus grabaciones para saber qué hizo bien y qué no salió tan bien.
—Muy pocos saben que yo estudié tres años de Medicina, que soy pintor y era el que dibujaba los afiches de las películas que se iban a proyectar en el teatro Victoria. También fui jefe de propaganda de Gaseosas Lux y si existe la
reencarnación, me gustaría volver en forma de avión, porque siempre me gustó la aviación—, dice el maestro.
Aunque cumple 90 años, dice tener la misma agilidad de sus años mozos para tocar el acordeón. En el cabello azabache, siempre tapado por un sombrero o una gorra, no asoma ni una cana y siempre está activo. Atribuye el secreto de la eterna juventud a su dieta basada en pescados y a charlas con su psicólogo de cabecera: el espejo.
— Yo me miro al espejo. Miro lo que me muestra el espejo. El espejo me dice: "Quítate esa vaina". Yo hablo con el espejo. Tengo una canción inédita en la que el espejo me regaña y me dice: “No seas tan pendejo, sigue adelante”. Yo le digo: “Cómo me veo, amigo mío, cómo me veo”. Si parezco un loco en esa vaina, me quito esa ropa. Si me veo una pata de gallo, hago la manera de quitarme esa pata de gallo. Una cana me la quito o me la pinto, lo que sea, pero no quiero estar viejo.
La vanidad y la figura de rockstar también son su sello inconfundible. Sus lentes son tan icónicos como los de John Lennon, lleva las patillas como galán de telenovela mexicana de los años 70 y un bigote cuidadosamente delineado. Huele a lociones costosas. De su cuello siempre cuelgan enormes cadenas de oro y tiene anillos tan grandes como su legado mismo. Se le cuentan seis tatuajes, uno con el rostro de su esposa Julieta y otro de él mismo con su acordeón terciado.
Como cualquier mortal, no quiere morir, aunque sabe que es inefable. Lo único que ruega es que sea de manera tranquila y que su esposa Julieta le meta una caja de fósforos y una vela en el ataúd, porque detesta la oscuridad. Además, pide que lo recuerden como siempre ha sido: “jocoso, cariñoso, mamador de gallo”.
Pero antes de morir, quiere ver por fin una estatua en su honor. Sabe que la merece, porque ningún otro artista barranquillero ha hecho lo que él ha logrado con un acordeón en el pecho.
—No joda, ¿van a esperar que me muera para hacerme la estatua? Ya muerto pa’ qué—, se pregunta.
Dios salve al Rey de la Guaracha. Y que su estatua perpetúe el ¡sucundú!