Era la primera vez que lo veía. Caminaba solitario por la plaza municipal de su pueblo. Llevaba un pantalón de lino blanco, una camisa a azul a cuadros, un sombrero negro de ala ancha y un tapabocas que recordaba que seguíamos en pandemia. Se veía vigoroso.
Debía estrechar su mano, sentir el pulso con el que se digitan los acordeones y la firmeza con la que saludan los hombres que han pasado gran parte de su vida lidiando con el ganado. Se quedó pensando unos segundos y se acercó a mi oído. Una sonrisa se dibujó en mi rostro.
―Dígales a esos del Gobierno que estoy necesitando una ayuda ―lo susurró acompañado de una sonrisa noble y pícara, que dejó ver luego de bajar el tapabocas hacia su mentón.
Fue un encuentro fugaz. En el camino de regreso estuve pensando en qué tan cierto sería su comentario. Quizá un poco en chiste, un poco realidad. Volví al año siguiente y lo encontré nuevamente en la plaza de su pueblo, esta vez, sentado junto a unos investigadores paisanos que rendían homenaje a su cumpleaños 90.
―Nafer es el músico vivo más longevo del mundo― aseguró uno de ellos con tanta solidez, que, aunque era producto del apasionamiento de los que investigan el folclor de estas tierras, casi lo creo.
A la mañana siguiente lo visité a su casa. Era la segunda conversación que tenía con él. Esta vez más extensa. Lo encontré en su terraza en una silla tipo Rimax blanca, bajo el cobijo de un árbol de mango que funciona como una sombrilla de encaje todas las mañanas, después de hacer su recorrido matutino. Toma una taza de café en cada parada donde lo saludan. Regresa a su terraza a recibir visitas, a tomar otras tazas de café, a esperar que los minutos pasen frente a su sombrero o a que alguien le llegue con algún recado.
En menos de una hora recibió cuatro visitas espontáneas que cortaban la poca conversación que lograba con él. Una de ellas fue de los miembros de la familia Gutiérrez de Piñeres, que le obsequiaron un sombrero color gris y que, de inmediato, cambió por el que tenía puesto. Su semblante también cambió.
―Uno sin sombrero no se ve bien ―afirmó mientras lo acomodaba en su cabeza con esa misma sonrisa noble y pícara que dirigía nuevamente hacia mí.
Los Gutiérrez de Piñeres eran los dueños de la Hacienda Santa Bárbara de las Cabezas. Un territorio extenso en el Cesar que tenía como uno de sus puntos de partida El Paso y limitaba con Valledupar. Eran cerca de 78 mil hectáreas. Ahí trabajó Nafer junto con sus hermanos Luis, Alejo, y su hermana Sabina. Ahí aprendió a tocar acordeón, a los 7 años, sin muchas instrucciones.
―El acordeón no lo enseña nadie. Eso es una cosa empírica, no tiene pentagrama de nada, yo salía del monte tocando pito ―respondió con un dejo de molestia tras hacerle la pregunta más obvia, a veces necesaria.
Estaba sentado al lado del llamado “rey del tono menor”, con sus 80 canciones grabadas en esa tonalidad. Su toque particular le dio en 1967 la corona del Festival de la Leyenda Vallenata y luego declarado fuera de concurso. A sus 90 años estaba literalmente fuera de concurso en todas las batallas, menos la del amor. Esperaba al día siguiente para irse a Valledupar, donde lo esperaba su novia.
―Tuve 12― se quedó pensando unos segundos cuando le consulté por sus hijos y luego rectificó. ―No, son más, tuve como 17.
También tuvo decenas de batallas, o piquerias, como se dice en el vallenato. La más recordada fue contra Samuelito Martínez, otro juglar de la región, exactamente la La Loma. Cuentan, aquellos mismos investigadores apasionados, que su hermano Luis le reventó un acordeón en la cabeza a Samuelito en medio de una de estas disputas en las que se mostraba la destreza con el instrumento.
―Eso es una historia muy larga. Eso es como lo de Emiliano y Morales ―respondió como cuando se quieren evadir las explicaciones.
Entendí que Nafer no quería ahondar mucho en el tema ni en ninguno de los temas. Esa mañana vestía un pantalón de gabardina gris, zapatos cafés y una camisa de un amarillo apagado que acompañaban a su nuevo sombrero. Se veía aún vigoroso, a pesar de que usaba un marcapaso. Me convertí en un simple acompañante mientras pensaba que en la próxima visita debía traer obligatoriamente un sombrero. Por ratos pensaba también en su situación económica.
Entré a la sala de su casa a ver las medallas y trofeos. Me tranquilicé cuando sentí que el olor que emanaba de su cocina, era sopa de costilla y no de piedras. También cuando supe que sí recibía un pequeño auxilio por su condición de juglar y que sus hijos estaban pendientes económicamente de él.
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Al despedirme le dije que era una entrevista que alguna vez publicaría en algún medio en Bogotá para que los del Gobierno supieran que estaba necesitando ayuda y que cuando eso pasara, le llevaría el impreso personalmente. Nuevamente apareció su sonrisa híbrida a la que le correspondí.
La publicación que nunca vio la luz y nunca compré el sombrero para su colección que, aunque sus hijos no conocen la cifra exacta, aseguran que son más que la descendencia que dejó. Nafer, incluso con 93 años, no era el músico más longevo del mundo, como aseguraban los investigadores de su pueblo, pero sí el mayor coleccionista de sombreros y canciones vallenatas en tono menor.