El vallenato vive en Cañaverales, corregimiento de San Juan del Cesar, junto a niños y jóvenes que se reúnen cerca del manantial que da vida a este territorio para aprender música vallenata en guitarra. La formación hace parte de Territorios Sonoros para la Paz, una iniciativa gratuita que busca fortalecer las raíces culturales y acercar a las nuevas generaciones a la música tradicional.
Al pie de un cauce que conduce al manantial, entre el sonido del agua y el paisaje que rodea a la comunidad, las guitarras comienzan a hacerse escuchar. Son niños y jóvenes que llegan a este espacio para aprender acordes, pero también para encontrarse con una parte de la historia de su territorio y descubrir en la música nuevas formas de expresar lo que sienten y de construir paz.
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Hugues Martínez, director del proyecto y reconocido compositor de este corregimiento, destaca que uno de los propósitos es que este conocimiento pueda mantenerse y transmitirse entre generaciones: “Nosotros lo que queremos con este proyecto y esta escuela es dejarles un legado y que ese legado continúe de generación en generación, así como lo hemos heredado nosotros de nuestros bisabuelos, de nuestros abuelos, de nuestros padres”, señaló.
El vallenato en una nueva generación que continúa el legado musical de Cañaverales
El proyecto busca mantener viva una tradición que en Cañaverales tiene profundas raíces. Este corregimiento ha sido cuna de compositores vallenatos que encontraron en sus paisajes, sus historias y en la vida cotidiana inspiración para convertir experiencias en canciones.
Uno de ellos es Franklin Moya, quien comenzó a componer desde los nueve años y con el paso del tiempo vio sus obras llegar a las voces de reconocidos intérpretes de la música vallenata como Diomedes Díaz, Jorge Oñate, Beto Zabaleta, Farid Ortíz, Silvestre Dangond, entre otros.
Hoy, ese legado, que alguna vez comenzó entre los paisajes de Cañaverales, busca continuar en las manos de una nueva generación. Los niños afinan sus guitarras, siguen cada acorde y empiezan a escribir sus propios caminos en la música, acompañados por el mismo territorio que durante décadas ha inspirado a sus compositores.
La música y el entorno natural, una conexión que inspira
El proyecto musical también busca fortalecer el vínculo de los participantes con el entorno. La formación incorpora elementos relacionados con la identidad y las actividades tradicionales de la comunidad, entre ellas la agricultura, que ha tenido un papel fundamental en la vida de Cañaverales.
Para Geania Gámez, lideresa afro de la comunidad, ese diálogo entre cultura, naturaleza y aprendizaje es fundamental para que los niños conozcan el valor del manantial y comprendan por qué su protección hace parte de la memoria de Cañaverales. “Aquí lo que nosotros queremos es que ellos sepan qué importancia tiene este territorio, por qué el entorno natural, por qué el agua que vemos aquí es tan importante para poder tocar una guitarra, para poder inspirarse”, manifestó.
Entre los participantes está Nashiran Fragozo, una de las niñas que encontró en la guitarra una conexión con su historia familiar y con la memoria de sus antepasados. “Me gusta la guitarra porque tenía un abuelo que tocaba y me gustaba cómo sonaba, entonces así me fui enamorando de este instrumento”, expresó.
En este rincón del sur de La Guajira, donde durante años la comunidad ha levantado su voz para defender el manantial y oponerse a proyectos de minería que amenazan el territorio, hoy comienzan a escucharse otros sonidos: el de las guitarras que reemplazan el eco de los conflictos y se convierten en símbolo de esperanza para la paz.