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Memorias de Álvaro Díaz Manrique, un rockero muy rolo: quinta parte

Por: Luis Daniel Vega

A principios de la década de los setenta, la comunidad hippie y el establecimiento periodístico sostenían relaciones hostiles. Limaron asperezas el 22 de octubre de 1970 con un inusual cotejo futbolístico que culminó a favor de los melenudos. En la quinta parte de sus memorias, Álvaro Díaz Manrique –quien hizo parte del onceno- nos cuenta los pormenores de tan singular partido.

Melenudos futbolistas

Uno de los eventos más recordados a principios de la década de los setenta fue el partido de fútbol protagonizado por reconocidos periodistas de Bogotá y un seleccionado de “hippies vagos”, al decir de la prensa. Escenificado en el estadio Nemesio Camacho El Campín, tuve la oportunidad de involucrarme como jugador de este particular evento en el que dejamos la música a un lado.

El movimiento hippie en ese momento despachaba desde la calle 60 en Chapinero Sus oficinas principales eran el hoy recuperado parque Julio Flórez y el desaparecido Pasaje de la Novena, dos lugares que se convirtieron en el punto de visita obligatoria para ver a los peludos, a aquellos personajes que tanto denostaban los medios escritos. Con un comercio floreciente y regentado por nosotros mismos, el pasaje, el parque y su gente, se habían convertido en una fuente noticiosa de toda índole. Y no era para más si tenemos en cuenta, por ejemplo, que, desde los nombres de los locales de ropa, discos y afiches, algo llamaba la atención: Tanatos Afiches, El Escarabajo Dorado, Vampiro Editorial, Las Madres del Revolver, Zodiaco Discos. 

Archivo personal de Günter Schumacher

Permítanme traer a colación un hecho –y la manera en cómo fue tratado por la prensa- para exponer la polarización que debíamos soportar los peludos en esos años. Sucedió que, por iniciativa propia, la comunidad itinerante de “hippies colinos” –tal vez un cuento de ellos- improvisaron una verdadera brigada de aseo y se dieron a la tarea de limpiar el parque Julio Flórez. Levantaron toda la mugre que reposaba encima del escaso prado, recobraron macetas, sembraron en ellas plantas ornamentales, pintaron bardas, arreglaron andenes y replantaron la grama. La prensa, alertada por un vecino, publicó que “los colinos al no tener nada que hacer, habían limpiado un parque y, en su reinauguración, habían organizado un concierto con esa música para locos”. 

Una semana después, un periódico sensacionalista de la tarde, con una foto mal intencionada, planteaba en el informe de un reportero la verdadera razón, según él, del arreglo del parque. Contaba el gacetillero de marras que al caer la tarde los hippies colinos con transistores y cigarros se "apoderaban del parque". Al parecer, según el testimonio del periodista, a la gente de bien que habitaba el sector eso les molestaba. Y se molestaron tanto que no se dieron por enterados que aquellos “vagos” fueron quienes le dieron vida a un espacio que estaba abandonado. Como podemos ver, dos caras de una misma moneda 

Por otra parte, la represión policial - ¡cuando no! - hostigaba tanto a los negocios como a los visitantes del Pasaje de la Sesenta. La actitud abusiva de la fuerza pública se adelantaba principalmente los sábados, que era el día de más afluencia. Nosotros, que ejercíamos nuestros trabajos amparados por la ley, varias veces protestamos con vehemencia. Una vez fueron apresados varios jóvenes peludos y les acusaron de asonada.  Como podemos colegir era un continuo enfrentamiento.


En medio de esa tensa situación, sucedió que en la famosa tipografía Don Quijote de la calle 39 se encontraron casualmente el periodista político y Gonzalo Marín, propietario de El Escarabajo Dorado. Resulta que Hoyos, muy irrespetuoso, le reclamó a Gonzalo por su pelamenta: ¡le parecía excesiva! Se trenzaron en una agria discusión en la que Hoyos no cesó de emitir juicios desobligantes respecto a las entelequias de los hippies. Gonzálo, célebre por su don conciliador, terminó proponiendo dirimir el asunto con un partido de fútbol. Dicho y hecho. Hoyos, por su lado, se encargó de dar el grito de guerra entre sus colegas.

Y vean cómo es la vida y sus misteriosas coincidencias. Justo cuando Hoyos y Marín urdían el cotejo, muchos de los colinos nos encontrábamos en la sede del Seminario Mayor de la calle 100 con carrera 7, dedicándole tiempo al deporte, ¡jugando al fútbol en su pequeño estadio! Sin saber del encuentro y el reto futuro, ya nos estábamos entrenando. 

Recuerdo que al Seminario llegábamos en bandadas y éramos muy bien recibidos por los sacerdotes a quienes entreteniamos tardes enteras, al calor de un porro y afirmando superioridades al rodar de un balón. Varios empujamos con alegría la idea de Gonzalo: Potocho y su fina Crema de Frescura, El Escarabajo Dorado de la tribu de los Marín, Vampiro Editorial, mi equipo y otros grupos que alimentaron gratos momentos de sano esparcimiento; otro mentís para todas las babosadas que decían y escribían de nosotros.

El cuento para decir es que, frente al desafío futbolero de los periodistas, nosotros podíamos armar una selección respetable que rivalizara con suficiencia frente a aquellos dignos representantes del establecimiento. Y así fue.

El Tiempo, 22 de octubre de 1970

Con ocasión del partido, mucho se escribió, a favor y en contra. Entre todas esas voces, cito la del director de deportes del periódico El Espectador, Mike Forero Nougues, quien en una columna, escribió: Si un hippie fuma… inmediatamente se dice que está ‘enyerbado’. Se apresuran los juicios. Si un hippie juega al fútbol con velocidad, no se vacila en afirmar con ligereza que ¡el muchacho está… dopado! Tenía posiblemente mucha razón Stuart Mill cuando manifestaba que quien de una cosa solo conoce su propia versión, sabe poco de esa cosa. De los hippies se afirman cosas por lo que ellos muestran como si del “hábito se hiciera al monje”.  Y remataba su apunte el ponderado periodista con las siguientes palabras: “Los hippies son algo que ya pesa; que tiene un fondo espiritual innegable y que va a demostrar su solidaridad con los gamines bogotanos, en cuyo honor y en cuyo beneficio, se hará el partido que tanto ha alborotado al medio deportivo”. 

El publicitado encuentro futbolero se llevó a cabo con total normalidad el 22 de octubre de 1970 en un estadio con el aforo casi completo, supongo que en respuesta a la atracción que nosotros, como rarezas, habíamos suscitado. Nuestro juego con los periodistas se programó como apertura de una fecha habitual del campeonato local para la que no esperaban más de cinco mil personas. Fue así como en la antesala de la partida entre Junior y Santa Fe, se congregaron treinta mil curiosos que se morían de ganas por saber el desenlace de tan singular partido entre los hippies y los respetables y prestantes personajes de la prensa capitalina.

Al que en ese momento era el escenario más importante del deporte en Colombia, llegamos un equipo integrado, entre otros, por Potocho, Fabio Gómez, Blacky, Thur, Hernán Restrepo, Mario, Gonzalo Marín y el suscrito. Para la ocasión nos llamamos Crema de Frescura. Fue inolvidable: por un día tuvimos bus propio, camerinos, guayos nuevos y uniformes con la bandera de Colombia. Toda una parafernalia alrededor de unos jóvenes, que, no tengo pudor en decirlo, éramos muy auténticos y portavoces de ideas nuevas y renovadoras. Eso quedó demostrado en un evento simbólico en el que quedó demostrado que, por llevar pelo largo, llevar ropas vistosas y fumar marihuana no éramos un peligro para la sociedad. Fue un gran ejemplo de convivencia, sobre todo cuando estábamos siendo víctimas de la estigmatización.


Fue una fiesta y una lección para todos, en especial para la policía y los periodistas prejuiciosos Al equipo en el que sobresalían nombres como Daniel Samper, Guillermo Tribín, Yamid Amat, Álvaro García, Óscar Restrepo, Juan Gossaín y Augusto Calderón, le ganamos por 3 goles a 0, lo que al otro día fue registrado por la prensa como una goleada vergonzosa. Fernando González Pacheco fue el árbitro del partido y los jueces de línea eran la señorita Bogotá y una de las candidatas a ser señorita Cundinamarca. Potocho hizo uno de los goles. Al final, el dinero recaudado en la boletería le fue entregado al Albergue del Gamín.

Al día siguiente, Alegre Levy, en su crónica para El Tiempo, redactó: “La afición concentrada anoche en el estadio — 35.000 personas— jamás imaginara que los periodistas de su predilección iban a ser hombres gordos en su mayoría, de gafas o miopes, y de piernas tan feas. Por eso cuando aparecieron los hippies vestidos de blanco con cintas de colores sosteniendo sus melenas, vio con estupor que se trataba de unos ‘muchachos sanos rosaditos y hasta buenos mozos’, como decía una señora”

Salimos aplaudidos y bien recibidos, aunque fuera por poco tiempo.