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Nohemí Insandará, la primera acordeonera de Nariño

Desde la zona rural de Pasto, Nohemí Insandará llega a la senda del carnaval para vestirla de música y alegría.
Foto: Cortesía Daniel Botina.
Sandra Eraso

Nohemí Insandará aprendió a tocar instrumentos y acompañar su voz con las tonadas de la raspa, la guitarra, el piano, la timba y el acordeón, en tiempos en que “eso era una vergüenza, yo solita, solita aprendí.” 

A 2.820 metros sobre el nivel del mar, ubicado en el extremo suroriente del municipio de Pasto, se levanta el corregimiento de Jamondino. Un hermoso y tranquilo poblado de verdes praderas, rodeado de cultivos de legumbres y hortalizas, que vieron nacer hace 64 años a Nohemí Insandará.

Es una mujer de rostro alegre, mirada amable y sonrisa permanente. Una mujer de manos fuertes que han sentido la textura de la tierra y las raíces de sus plantas, las mismas con las que toca el acordeón y viste de música la senda por donde desfila cada año en el Carnaval de Negros y Blancos.

Con delicada sonrisa y voz fuerte, Nohemí Insandará cuenta cómo inició su amor por la música, heredado de sus padres. De la mano de su madre, creció entre coros celestiales, despedidas al viaje eterno, la novena del nacimiento y los viernes de pasión.

Pero su sueño más allá de cantar era aprender a tocar los instrumentos, lo que logró de manera autodidacta, mirando a escondidas a los músicos que ella y su madre acompañaban en los coros.

“Empecé con percusión menor, mirando a los maestros de los conjuntos y como yo era inquieta para la música, yo los miraba y se me hizo fácil. Pero en ese tiempo era difícil que una mujer cogiera un instrumento, pero yo insistí dentro de casa donde nadie me viera”, cuenta Nohemí.

 Así aprendió a interpretar los instrumentos y cuando su madre se independizó del grupo de cantoras, siguieron las dos acompañando los eventos religiosos y culturales del pueblo, y sin importar los comentarios, madre e hija recorrieron las veredas aledañas.

Cuando llegó el amor, formó un hogar, al cual llegaron cuatro hijos. Entre las labores del campo y del hogar, la música se esfumó de su vida durante un periodo de siete años.

La vena artística se regó a su descendencia y de sus cuatro hijos, tres se dedicaron a la música desde la academia. Desde entonces retomó sus actividades musicales, dejó de ser acompañante para ser la directora de su propio grupo y se las arregló para salir con sus instrumentos de acuerdo con las necesidades de las presentaciones donde acudía.

El Carnaval de Negros y Blancos reúne a los corregimientos dentro de la festividad, lo que llevó a Nohemí y a su familia formar una murga, una de las modalidades que hacen parte del desfile magno del 6 de enero con el que culmina el carnaval.

Un desafío para ella, pues en aquel entonces en el carnaval solo participaban hombres en los eventos protagónicos. Para las mujeres estaban actividades como la costura, el arreglo de los talleres o los oficios generales.

Pero, así como aprendió a interpretar los instrumentos insistió en la creación de su propia murga y a pesar de las críticas y burlas avanzó en su proyecto. Formó la murga Los Zarcillejos, en honor a la flor que siempre ha sembrado en su parcela.

“El carnaval no era visto como algo para mujeres, era para hombres, me decían -eso es durísimo, eso es de horas y horas de recorrido, usted si acaso llega a la plaza de Nariño y se queda ahí-, pero yo, acostumbrada a trabajos pesados, tenía la seguridad que podía cargar el acordeón durante el desfile”, asegura Nohemí. 

Nohemí lleva siete años vistiendo la senda del carnaval con su magia, con las notas de los fuelles, con el tocado de colores. Se viste con follado y alpargatas, trenza la vida con música y le impregna el toque femenino al Desfile de Blanquitos que se lleva a cabo cada 6 de enero.

Y desde el campo pasa sus 365 días del año labrando la tierra cuando el sol la visita y en las noches su recinto es el ensayadero que dibuja lo que serán sus próximos pasos por la senda del carnaval. Donde será ovacionada por el público a quien incita a bailar y cantar en torno a la expresión particular que turistas y propios gritan al verla pasar: ¡Qué viva Pasto, carajo!

Nohemí Insandará Botina, es la señora del acordeón, quien con manos fuertes de mujer teje la vida desde el campo, siembra frutas, hortalizas y los bellos zarcillejos, flor insignia de la ciudad, a lo cual le hace homenajes con su voz, con su vida, con su historia. 

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