Durante décadas el Catatumbo ha estado marcado por el conflicto armado, la presencia de grupos al margen de la ley y los cultivos de uso ilícito. Esta realidad ha puesto a la región en el ojo público, y ha contribuido a la estigmatización y al rechazo. En medio de estas dificultades, las casas de la cultura se han convertido en espacios donde el sonido de los fusiles se opaca con trompetas, tambores y guitarras. A través de la música, la danza y las artesanías, estos lugares promueven el arte, la reconciliación y la convivencia pacífica.
Viajamos hasta el paisaje de Dios: Teorama, Norte de Santander, ahí está la Casa de Cultura Emiliano Santiago Quintero, principal centro artístico y cultural del municipio donde Dayana Durán, secretaria de cultura, promueve iniciativas para que el arte sea el encargado de borrar las huellas de un conflicto que no les pertenece.
“Yo creo que la cultura, el deporte y el turismo hacen que podamos llevar el conflicto, con un poquito de alegría, tranquilidad y tener a los niños enfocados en que la construcción de paz se logra es a través de una danza, de un balón, de los libros, en la biblioteca y no a través de un arma. La paz se construye con cultura, con deporte, plasmando las tradiciones y las historias de nuestros municipios”, recalca Dayana.
En otro punto de la región en El Tarra, Norte de Santander, considerada como “la tierra entre ríos”, se encuentra Sandra Ballesteros, secretaria de cultura, quien desde la casa de la cultura Monseñor Horacio Olave Velandia transforma la realidad para niños, niñas y adolescentes tarrenses.
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Llegar a cada rincón con procesos de formación artística ha sido la apuesta de esta gestora cultural quien considera que el arte sana, a pesar de las dificultades del conflicto que ha golpeado la región desde el 15 de enero de 2025, cuando grupos armados iniciaron enfrentamientos que causaron miles de desplazamientos y mantiene en zozobra a una población que clama por la paz.
“Ha sido un poco complejo, pero no es imposible hacerlo. Aquí en la casa de la cultura trabajamos mañana, tarde y noche mientras hemos podido, de manera que los niños no se envuelvan tanto en ese tema del conflicto”, enfatiza Sandra dentro de este recorrido a las casas de culturas.
En Teorama, las escuelas de música de viento, percusión, cuerda tradicional, danza folclórica y artes plásticas son parte del proceso de formación que tiene presencia en el sector rural. Por otra parte, en El Tarra tienen la oferta de formación en música, danza, artes plásticas y dos escuelas itinerantes, una de música tradicional y de danzas.
“Ahí prácticamente se puede decir que está garantizada una renovación generacional, porque son niños y niñas en cantidad que están en estas escuelas. Es decir, se garantiza que una tradición musical, cultural, se extienda por años porque hay un buen semillero, entonces probablemente vamos a tener muchos bailarines, músicos, artistas en pintura y demás por mucho tiempo”, enfatiza Dayana Duran sobre los recambios de generaciones a través de las costumbres musicales.
Una mirada desde los artistas
Para Nazly Gómez, beneficiaria de la casa de la cultura en Teorama, haber pertenecido a los procesos de formación artística le permitió, además de representar a su municipio, formarse en valores y principios de integración y amor por su pueblo.
En busca de su desarrollo profesional salió del municipio a los 16 años. Aún siente preocupación por las alteraciones en el orden público y recuerda como el grupo de danzas y la música le permitieron mantenerse alejada del conflicto en su niñez. La casa de la cultura siempre fue su refugio.
“Vivir en esas zonas es estar todo el tiempo en una constante zozobra. Tener la oportunidad de esos espacios hace que olvides todo lo que está pasando, te vuelves ajeno a eso. Estar inmerso en estos procesos culturales simplemente evita tener otros pensamientos y estar con interés de hacer parte de toda esa problemática social del conflicto”.
El Catatumbo es arte más allá del conflicto
En el Catatumbo funcionan alrededor de 11 Casas de la Cultura y espacios municipales de formación artística. Aunque no existe un registro regional consolidado que permita establecer con exactitud cuántos menores participan en estos programas, se logra evidenciar que son epicentros de cultura y la oportunidad para fortalecer la identidad, la convivencia y la participación de las nuevas generaciones.
“Mi mayor reto es llegar a los rincones más alejados de El Tarra, no descarto que las cosas mejoren para el corregimiento de Filo del Gringo y podamos estar allá, tenemos una casa dotada con dos escuelas, música tradicional y danza. Tenemos todavía este resto de año y el otro año y esperar que los niños allá tengan allá la música, la danza, el arte”, puntualiza Sandra.
Así se construye la paz y la tradición, experiencias como la de Dayana y Sandra son la muestra de que la estigmatización se contrarresta con arte y dibujando sonrisas en un contexto que parece estar empecinado en pintar de grises la la esencia de ser catatumbero.
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