La Asociación de Productores Agropecuarios de San José de las Hermosas, Tolima, integrada por doce personas en proceso de reincorporación y doce habitantes de la comunidad, contribuye a reconstruir los vínculos que fueron afectados por años de violencia.
Hablar de construcción de paz en el Tolima también significa mirar hacia las comunidades y reconocer el trabajo de quienes, desde los territorios, han decidido convertir sus experiencias, necesidades y propuestas en acciones para transformar las relaciones y fortalecer la convivencia.
En municipios que durante décadas estuvieron marcados por el conflicto armado, campesinos, víctimas, firmantes de paz, liderazgos comunitarios y distintas organizaciones sociales han asumido un papel fundamental en este proceso. Su trabajo parte de una idea sencilla pero profunda: la paz no termina cuando las armas dejan de sonar, sino que necesita mantenerse y construirse todos los días.
Partiendo de esa premisa, las organizaciones sociales se han convertido en espacios para recuperar la confianza, promover el diálogo y encontrar caminos comunes frente a las diferencias que todavía existen en los territorios.
A través de iniciativas comunitarias, procesos de participación, proyectos productivos, encuentros y acciones de memoria, sus integrantes contribuyen a reconstruir los vínculos que fueron afectados por años de violencia.
Una de esas organizaciones es AMOYAHER, la Asociación de Productores Agropecuarios de San José de las Hermosas, integrada por doce personas en proceso de reincorporación y doce habitantes de la comunidad, quienes trabajan para fortalecer el tejido comunitario.
Para Wilmer Sánchez, firmante del Acuerdo de Paz y líder de la asociación, cada iniciativa busca generar espacios de encuentro y participación, al tiempo que impulsa proyectos que responden a las necesidades de la comunidad y demuestra que la reconciliación se construye cuando hay un trabajo colectivo.
“Es un buen trabajo que hemos venido realizando de la mano de diferentes entidades, y que ha posibilitado realmente encontrarnos con las víctimas e ir creando lazos de paz. Si nos unimos podemos crear muy buenas alianzas y lograr que muchos proyectos se puedan dar”, afirma Sánchez.

Foto: Agencia de Desarrollo Rural – Entrega de Reconocimiento a Asovireforma
En este camino, las víctimas del conflicto también cumplen un papel fundamental al mantener viva la memoria de lo ocurrido y participar en la construcción de propuestas que promuevan la verdad, la dignidad y la transformación de las condiciones que hicieron posible la violencia.
Ejemplo de este trabajo se encuentra en la Asociación de Víctimas de la Vereda Nueva Reforma de Ataco - ASOVIREFORMA, un proceso comunitario que reúne a habitantes afectados por el conflicto y que ha encontrado en los proyectos productivos una forma de fortalecer el arraigo y aportar al desarrollo de su territorio.
La asociación ha participado en iniciativas para fortalecer la producción de café, demostrando que la reparación y la construcción de paz pueden avanzar cuando las víctimas se organizan y convierten sus necesidades en propuestas que benefician a la comunidad.
Arnulfo Pulecio, vocero de la asociación, es enfático al señalar que mejorar la calidad de vida de los campesinos también es construir reconciliación:
“En esta tierra hay familias que nunca habían tenido acceso a insumos o ciertos equipos que fortalecen la producción de café, y ahora tener la posibilidad de que, a través de programas, la asociación pueda recibir y entregarles cosas para facilitar el trabajo, eso también contribuye a construir paz”, señaló.
Y es que, en el Tolima, cada municipio enfrenta retos diferentes. Por eso, son las propias comunidades quienes muchas veces conocen mejor las necesidades y las alternativas para avanzar.
Desde el campo, las juntas campesinas, los colectivos de víctimas, los procesos étnicos, las asociaciones comunitarias y otros espacios de participación aportan una mirada construida desde la realidad cotidiana.
En ese sentido, las organizaciones sociales cumplen una función que va más allá de sus proyectos particulares: ayudan a mantener viva la conversación sobre cómo construir territorios donde las diferencias puedan tramitarse sin recurrir a la violencia.
De ahí que sostener la paz sea una responsabilidad compartida. Las instituciones tienen un papel esencial, pero los procesos comunitarios demuestran que la reconciliación se construye desde abajo, desde las veredas, los barrios, las asociaciones y los encuentros entre personas que alguna vez estuvieron separadas por el conflicto.
Y en este territorio tolimense, esas voces son las que continúan trabajando para que la paz deje de ser solamente una promesa y se convierta en una experiencia cotidiana. Una tarea que requiere tiempo, confianza y participación, pero que encuentra en las organizaciones sociales uno de sus principales puntos de apoyo