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Hay un piano en San Juan de Betulia

Un proyecto voluntario que une a quienes han visto el poder la música. Pedagogos, pianistas, violinistas, saxofonistas, fotógrafos.

Por: Laura Galindo - Directora Señal Clásica

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- Hay un piano en Betulia, me dice Edy. Yo no lo he visto, pero dicen que es blanco. La que lo vio fue Sofía, dizque lo bajaron entre cinco de un camión. Pero a nosotros nos gusta agrandar todo y a lo mejor fue solo uno. ¿Será que un piano pesa mucho? El camión sí lo vi, está parqueado detrás de la iglesia. Lo trajeron para los conciertos. El de mañana es en el parque. Ojalá no llueva. Aquí calienta bueno, pero cuando se dice a llover, es a llover.

San Juan de Betulia es un municipio al occidente de Corozal y al oriente de Sincé. De agrícolas y ganaderos. De corozos y guayabas agrias. De diabolines y arroz con coco. Es una tierra arcillosa en la que los días aprietan con 30 grados y las noches respiran con brisas de sabana. Una en la que el tiempo existe, pero no amarra. Las horas pasan, pero no definen. Una en la que se trabaja duro sin dejar de cantar.

A las cinco de la tarde, el parque principal se llena de curiosos. Llegan de Corozal, de Sincelejo, de Sincé. Hay un piano en Betulia y el portal de la iglesia está por convertirse en escenario. Atriles, luces, micrófonos. Una consola. Un standard de jazz en tempo medio para probar sonido. “PianoMóvil, un viaje musical por Colombia”, se lee en los programas de mano. El sol resiste unos minutos más antes de apagarse del todo, se abren las puertas y, desde el atrio, dos hombres empujan un piano blanco hasta la entrada. Es verdad: hay un piano en Betulia.

Foto Laura Galindo

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“PianoMóvil es el resultado de soñar con llevar un piano por toda Colombia en un camión que se abre y se convierte en escenario de conciertos gratuitos y al aire libre”, dice Diego Franco, su director. Es un proyecto voluntario que une a quienes han visto el poder la música. Pedagogos, pianistas, violinistas, saxofonistas, fotógrafos. Que le habla a los niños, a los jóvenes, a los ancianos. Que a través de donaciones, alianzas y trabajo duro ha estado Bogotá, Sopó y Ciudad Bolívar. Es una idea sin patrocinadores ni mecenas que crece con el esfuerzo de quienes creen en él. PianoMóvil es un acto de fe. Uno que contagia, uno que inspira.

Foto Laura Galindo

La idea ronda en la cabeza de Franco hace varios años. “El trabajo de un pianista es muy solitario. Es un instrumento que uno tiene en su casa y pocas veces tiene oportunidad de compartir”, dice. Es cierto. Desde sus comienzos, el piano fue concebido como una pieza de salón. Una estructura grande y pesada, capaz de producir varios sonidos a la vez y de moverse con agilidad entre el registro más grave y el más agudo. Un instrumento que, en Colombia, fue símbolo de riqueza y elite.

Foto Laura Galindo

En el siglo XIX, cuando aún no existía la música grabada, las familias adineradas incluían entre su mobiliario costosos pianos traídos de Europa. Aprender a tocarlos era parte de las obligaciones de cualquier señorita soltera. Coser, cocinar y tocar en las fiestas eran requisitos mínimos para poder casarse con un hombre de grandes apellidos. Con el tiempo, el ejercicio de la música se hizo cada vez de formas más profesionales y el piano pasó de las casas a las universidades. De la esfera social a la academia, pero siempre para los más adinerados y los más cultos. Siempre solo para unos pocos.

Foto Laura Galindo

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El bochorno del medio día se hace insoportable. Los ventiladores están al máximo y el agua helada queda tibia en minutos. Los niños de San Juan de Betulia esperan impacientes. Que es para hacer una canción, me dice uno. Que no, que es para aprender música, le grita otro. Que tengo aquí 100 abuelos esperando, dice un hombre por teléfono. Son seis. Es cierto, a los betulianos les gusta agradarlo todo.

Foto Laura Galindo

- El violín es el bebé en la familia de las cuerdas - dice Andrea Rodríguez, del equipo de PianoMóvil -, ¿el qué?

- ¡El bebé! - gritan los niños en coro.

- Luego sigue la viola, que es un poquito más grande. Luego el chelo, que ya nos mostró Eliana y por último el contrabajo. ¡Clau! Múestranos como se toca el contrabajo.

Claudia, también de PianoMóvil, se para erguida, sonríe y finge tener un contrabajo en entre sus brazos. Con la mano derecha simula el arco y con los dedos de la izquierda pisa las cuerdas de un diapasón imaginario.

Foto Laura Galindo

- ¿Lo vieron? - pregunta Andrea-. El contrabajo es el más grande, antes está el chelo, antes la viola y de primeras…

- ¡El bebé! - gritan los niños al tiempo.

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El parque está lleno y una luz azul, más de faroles que de luna, cae sobre un piano Ritmüller de media cola. Edy y Sofía están en la primera fila. Los niños del pueblo insisten en sentarse en las escaleras de la iglesia para estar más cerca. Los viejos llegaron hace rato para coger silla. Los más escépticos se quedaron en las esquinas por si se les antoja irse antes. No ha llovido, pero Sofía insiste en que el bochorno de la noche no es otra cosa que señal de lluvia.

Diego Franco se sienta en el piano. Espera unos minutos con las manos sobre las rodillas y la cabeza gacha, respira hondo y marca el bajo de un re bemol. Un arpegio sereno, una exhalación. Los ancianos se enderezan en sus sillas, los niños cierran los ojos en un impulso instintivo por escuchar mejor. La si re mi fa mi si re, canta la melodía. Un sollozo, un soplo de nostalgia. En las esquinas ya no queda nadie. Ni en las casas ni en las tiendas. Todos han llegado al parque porque hay un piano en Betulia.

Foto Laura Galindo

Mi fa mi si re. Franco prepara los últimos acordes. Un lamento. Un suspiro. El cielo se abre y caen las primeras gotas. Gruesas. Pesadas. Impertinentes. Nadie se mueve. Huele a tierra húmeda. El piano apaga su sonido y San Juan de Betulia estalla en un aplauso.

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