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La faena de las mujeres pescadoras de El Banco, Magdalena

Por: Gloria Morad

Por: Gloria Morad

“Yo tengo 23 años, pero parezco de 500 porque la trasnochada que uno se pega es bárbara”. Con estas palabras Yomira García responde cuando se le pregunta por la edad. No es para menos, lleva rato pescando de noche y vendiendo el pescado de día, ese esfuerzo le pasa factura a su piel tostada por el sol y cansada por la falta de sueño.

Yomira, al igual que casi todas las mujeres del corregimiento El Cerrito, vive únicamente de la pesca. La zona queda a cinco minutos de El Banco, Magdalena, un lugar lleno de casas de palma, solamente con luz eléctrica, sin alcantarillado, ni agua, ni ningún otro servicio. Hay un fogón de leña y las ollas con pescado fresco.

Estas mujeres aprendieron el arte de la pesca artesanal desde muy niñas, generalmente el papá les enseñó. Hicieron el bachillerato pero nada más, porque después llegaron los hijos y se dedicaron a buscar el sustento para ellos y de ahí en adelante el tiempo se les va en ilusiones a la espera de que algo cambie su situación.

Toda su vida han vivido a orillas del río Magdalena. No concibe la vida sin él, el río les da el agua con la que preparan sus alimentos, la sacan en grandes garrafones y le echan una pastilla de cloro o alumbre, lo revuelven por un rato y después de algunas horas de reposo el agua deja de ser turbia, se vuelve cristalina y con ella preparan sus alimentos.

El río les da la comida, el agua con la que se bañan y lavan y es por sus frescas aguas que viajan hasta El Banco para vender lo que recogen en la faena. Se ponen una bañera llena de pescado en la cabeza y caminan las calles del municipio, comenzando el día hasta las once de la mañana.

“Después que pesco, lo camino”, dice Yomira, caminar el pescado es recorrer las calles ofreciéndolo a todo pulmón. ¡Pescado fresco y salado!, grita después de haber pasado toda la noche en su canoa, pero no se deja dominar del sueño.

“Vender el pescado es duro porque hay que llegar a El Banco y luego le toca a uno ir a ‘detallarlo’, es decir venderlo por unidad”, y después se va para la casa porque la esperan sus tres hijos y allí la jornada continua.

“El río no da lo que daba antes, ahora la pesca ha disminuido por muchos motivos y nos toca durar toda la noche tratando de coger cualquier pescadito para vender y comprar arroz, lo del jugo; la carne está muy cara, una libra ya en siete mil pesos y me gano 20 en la noche, eso no alcanza”, dice Yomira.

“Aquí no se siembra porque los playones están anegados, la agricultura no sobrevive, solo vivimos del pescado”, enfatiza. Para Yomira y las mujeres de este corregimiento, como en muchos otros sitios a la rivera del río, es la pesca su único medio de sobrevivencia.

El río pasa silencioso por el frente de su casa, este río que si pudiera hablar ya estaría gritando que lo auxilien, ya no hay subienda, los pescados grandes se están acabando, pero aún así, la pesca es lo único que tienen.

Estas mujeres quieren pescar más que peces en el río, quieren pescar sueños que se hagan realidad, un cambio que signifique educación, salud, bienestar para sus hijos. Quieren que sean pescadores, pero también quieren que estudien, que vayan a la universidad que se capaciten.

“Yo quiero que el río recobre su fuerza pesquera, que las políticas públicas ayuden al Magdalena, si el río vuelve a tener pescados, nosotras ya no tendríamos que pescar de noche, ya lo haríamos de día y podríamos hacer otras cosas como estudiar o prepararnos”, alega.

Yomaira y sus compañeras de faena vuelven a la chalupa que las llevará de El Banco al corregimiento El Cerrito, que son como 20 minutos por río, porque navegan contra la corriente. Llevan en su bolsillo un poco de plata, pero en su corazón y su mente el deseo inmenso de que el río Magdalena llegue nuevamente con la subienda, mientras tienen la noche para soñar con un futuro mejor.

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