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Foto: Colprensa. Sábado 8 de diciembre de 2018.

Belisario Betancur a través de sus versos

 

 

La obra poética de Belisario Betancur es corta pero sustanciosa, y su publicación estuvo siempre muy ligada a la voluntad de los amigos.

 Son alrededor de 40 poemas que aparecieron, primero, en dos ediciones de la revista Golpe de Dados que dirigía el poeta Mario Rivero. Luego, por insistencia de María Mercedes Carranza, se reunieron en un solo libro bajo el título de “Poemas del caminante” (publicado por Villegas Editores en 2003).

La poesía parecía ser para Betancur un ejercicio íntimo, que nunca fue parte de su vida púbica y que de hecho fue interrumpido por su carrera política: revisando las fechas de los poemas, notamos que hay una producción considerable durante la década de los 70, después apenas uno de 1982 (junio, antes de asumir la presidencia) y luego la inspiración vuelve entre 1993 y 2000.

El tono es clásico. Y la mayoría de los poemas son escritos durante viajes. De ahí seguramente el título genérico de “Poemas del caminante”. Son producto de la admiración que le causa encontrarse en ciudades extranjeras y frente a culturas diferentes. Está, por ejemplo, esta visión personal de Jerusalén:

 

Aquel día fue creada además el alma de la piedra,

antes del muro, antes del salmo,

antes del templo y de la tarde.

Piedras brotaban como si fueran

manantiales de dura luz sonora:

subían y descendían las escaleras

hacia el mar, el incienso y la plegaria.

Después nos encontramos con un puñado de poemas dedicados a Nueva York, la capital del mundo. No es raro que las calles de Manhattan o el puente de Brooklyn inspiren algo de poesía en lengua castellana. Para la historia quedan los versos del mexicano Juan José Tablada o del peruano Carlos Oquendo de Amat. En el caso de Betancur, su fascinación se centra por un instante en Central Park:

 

Caen ateridas las llamas del invierno.

Cruzando el Central Park pierdo el recuerdo.

Voy a escapar porque ya no hay regreso.

Todo lo tengo, todo, menos el tiempo.

Más adelante en los “Poemas del caminante” viene una sección extensa dedicada a la India, un país que parece haberlo fascinado a raíz de un viaje que emprendió a finales de la década de los 90. Hay alusiones a los dioses, a sus colores y a sus olores, todo escrito en un tono que recuerda los versos del escritor bogotano Jorge Zalamea. De hecho, Zalamea parece ser una lectura de referencia para Belisario Betancur, porque aparece incluso en un epígrafe de otro poema posterior. Volviendo a los poemas que se recogen en un apartado llamado “Éxtasis en India”, uno de ellos, escrito en la ciudad de Jodpur, dice:

 

India es olor. La podredumbre

es sepultada hondo por el sándalo.

Ganisha ríe olores desleídos.

Ya no podré vivir sin recordarlos

Frente a todo este desfile de imágenes de viajes, ¿hay cabida para los paisajes colombianos? Hay que decir que Colombia no está demasiado presente en sus versos, o al menos no de manera evidente. Son más las alusiones a la mitología griega o a los pintores del Renacimiento italiano (incluso hay una sorprendente evocación de “la guitarra de Eric Clapton”). Y sin embargo, el paisaje cafetero colombiano, que sabemos que hace parte de su infancia, está presente en un poema muy sentido, que aparece sin fecha, y que lleva el título de “Nocturno”, a la manera de José Asunción Silva. Que sean estos versos una buena manera de recordar su sensibilidad y su humanismo:

Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.

Sobre las hojas de plátano,

sobre las altas ramas de los cámbulos,

ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima

que crece las acequias y comienza a henchir los ríos

que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.