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Alicia adorada, la hermosa composición de Juancho Polo

Un homenaje para recordar a uno de los juglares del vallenato.

En La Provincia –zona geográfica y cultural que limitaba al norte con la Sierra Nevada, al oriente con los desiertos guajiros, al occidente con el río Magdalena y al sur con la Ciénaga Grande de Santa Marta- deambularon a lomo de burro los patriarcas de la música de acordeón, quienes tuvieron su gran apogeo entre 1880 y 1920.

Todos ellos (entre los que se encuentran Francisco Moscote Guerra, Pedro Nolasco, Luis Pitre, Andrés Montúfar y Fortunato Fernández) eran bardos silvestres que tenían un don elemental para hacer canciones e interpretar el acordeón. Sus tonadas sencillas y los versos primigenios –hermosas síntesis que se transmitían de forma oral- estaban inspirados en los detalles de la vida campesina como el canto de las aves, el color de la puesta del sol, el ruido de los arroyos cristalinos, los espantos y, por supuesto, amores y desengaños.

A una segunda generación de acordeoneros, surgida entre 1920 y 1950, le tocó vivir el inevitable tránsito de la época pastoril a la llegada de la radio y las grabaciones fonográficas. De ahí que sus cantos e interpretaciones se tornaran más complejos sin que se perdiera del todo la naturaleza rústica que habían heredado de los patriarcas. Entre los acordeoneros de la transición –de los que ya ninguno está vivo- cabe destacar a Chico Bolaños, Alejo Durán, Luis Enrique Martínez, Lorenzo Morales, Pacho Rada, Emiliano Zuleta, Samuel Martínez y Juancho Polo Valencia, este último, uno de los juglares más extraños que han habitado el universo del canto vallenato.

Uno de los dos hijos del matrimonio conformado por Juan Polo Meriño y María del Rosario Cervantes, Juan Manuel Polo Cervantes nació el 18 de septiembre de 1918. El lugar de su nacimiento se los disputan varios pueblos del Magdalena como Flores de María, Fundación y Concordia. A pesar del misterio, Sebastián Polo Hernández, primogénito del acordeonero, despejó la duda hace muy poco cuando le contó al periodista Héctor Castillo Castro lo siguiente: “Mi viejo nació en Candelaria, corregimiento del Cerro de San Antonio que llaman Caimán.

Pero en Flores de María lo quisieron más que en Candelaria. La estatua que existe en Candelaria se la hicieron unos primos míos; el Gobierno no ha hecho nada. Él aprendió a tocar en el viejo acordeoncito de pistones de mi abuelo”.

La aclaración de “Chan”, como es conocido Sebastián en el barrio Las Moras de Barranquilla, aparece en Recuerdos de Juancho Polo: la estrella fugaz del juglar errabundo, la fabulosa crónica de Castillo Castro, quien nos cuenta, también, que el legendario músico se inició con la gaita, tenía una preciosa caligrafía y admiraba con devoción al poeta payanés Guillermo León Valencia, de quien adoptó su apellido.

Famosas fueron sus incitaciones a la piquería. Desafió en vida a Pacho Rada, a Luis Enrique Martínez, a Don Abundio –seudónimo del cantante Tommy Arraut- y a Emiliano Zuleta, víctima de la artera pluma de Valencia, quien le dedicó “El provinciano”, “El pique” y “Lo dijo Juancho”. Además de encarnar como ninguno la figura del rapsoda pendenciero: trasnochador, camorrero, trotamundos y bebedor, Valencia escribió preciosos versos que aún sorprenden por la lúcida y espontánea forma en la que supo combinar elevadas reflexiones mitológicas, bíblicas, metafísicas y existencialistas.

Para la muestra, estas líneas de “Lucero espiritual”, una de sus más hermosas composiciones: “Lucero espiritual/ lucero, lucero/ lucero espiritual/ Eres más alto que el hombre/ Yo no sé dónde se esconde/ En este mundo historial/ Yo pensando en esa estrella/ Tiene figuras de un globo/ Yo te quiero a mi acomodo/ En mi tierra y fuera de ella”.

Además de “El duende”, “La muerte de Alfredo Gutiérrez”, El pájaro carpintero” y “Si si si”, el momento lírico más recordado de Juancho Polo fue la elegía en ritmo de son llamada “Alicia adorada”.

En 1942, el disipado mozo de rasgos indígenas, desposó a Alicia Cantillo en la parroquia del Cerro de San Antonio, ubicada en el corregimiento de Flores de María, donde fueron a vivir. Dos años más tarde Alicia quedó embarazada. Mientras se batía en una juerga monumental en Pivijay le llegó la noticia de que su esposa yacía enferma, presa de una letal hemorragia.

Obligado a emprender el regreso a casa, Juancho Polo llegó a Piñuela donde le avisaron que Alicia necesitaba medicamentos. Se devolvió a Pivijay donde continuó de parranda y no salió del trance etílico sino hasta unos días más tarde cuando, al arribar a Flores de María supo que su musa estaba muerta. A las cuatro y media de la tarde, en el cementerio, frente a la tumba de su amada, soltó el lastimero canto que inmortalizó tiempo después Alejo Durán, el primero en grabarla.

Sumido en la pobreza, el pendenciero de Candelaria, murió en 1978. Su muerte es rememorada por “Chan” de la siguiente manera: Él llegó en la noche el 21 de julio, después de una parranda en Fundación, se acostó en una hamaca y amaneció muerto el 22 de julio de 1978. Fue enterrado dos días después en Fundación.

Ese día yo me estaba bañando, iba a visitar a un primo que se había desnucando al tirarse a un río. Alicia, la hija mía, fue a llevarle el café y le tocaba la puerta y no se despertaba; llegó un muchacho, Andrés Pérez, empujó la puerta y lo encontró muerto. El señor Edgardo de León regaló el cajón; fue enterrado en una bóveda prestada, vino gente de todos lados.

Aunque durante muchos años fue reacio a registrar sus canciones en los surcos de los vinilos, Juancho Polo dejó para la posteridad 21 discos de larga duración prensados entre 1971 y 1978 por sellos como Fuentes, Tropical y Machuca. En uno de los últimos, titulado Jesús Cristo caminando con San Juan (Machuca, 1976), incluyó la canción del mismo nombre en donde aparece un verso premonitorio: “El día que Juancho muera/ queda su pueblo de luto, bajará una nube negra/ le llamarán el difunto”.

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