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Las culturas musicales en Colombia también se leen

Por: Luis Daniel Vega

El paradigma folklorista de los trabajos canónicos de Emirto de Lima, Guillermo Abadía Morales o Daniel Zamudio atravesó la orientación de la investigación musical en Colombia durante más de cincuenta años. A finales de los ochenta y gran parte de los noventa, Egberto Bermúdez, Ana María Ochoa y Carlos Miñana desvirtuaron los vicios de la musicología clásica en Colombia. A partir de allí, el panorama ha cambiado notablemente: se escriben más libros, los enfoques –que convergen entre los estudios culturales, las ciencias sociales y el periodismo- diversifican el diálogo y, sobre todo, hay una reflexión crucial en lo que tiene que ver con la memoria.

Aun en ciernes, la investigación de las prácticas sonoras locales ha vivido un auge significativo en la última década. De eso dan cuenta los esfuerzos editoriales del grupo de investigación Valores Musicales Regionales de la Universidad de Antioquia, la Asociación para las Investigaciones Culturales del Chocó (ASINCH), la Universidad del Valle, el Fondo Mixto de Cultura de Nariño y la colección Culturas Musicales de Colombia. Esta última, adscrita a la Editorial Pontificia Universidad Javeriana, ha publicado cinco libros que nos ayudan a discernir, objetivamente, algunos aspectos sustanciales de nuestro devenir sonoro.

En 2007, bajo el marco del Congreso de Formación Artística y Cultural para la Región de América y del Caribe, Carolina Santamaría, Juan Sebastián Ochoa y Manuel Sevilla se plantearon muchos interrogantes respecto a la investigación de las músicas en Colombia. De las dudas pasaron a la acción y tres años más tarde fundaron la colección Culturas Musicales en Colombia (CMC). Para ello contaron con el apoyo financiero de la Facultad de Artes de la Universidad Javeriana y la complicidad de Nicolás Morales Thomas, quien para ese entonces, en calidad de director, le había dado un refrescante giro a la editorial de la mentada institución educativa.

Más allá de los viejos paradigmas esencialistas, el romanticismo de museo y la exotización de la multiculturalidad, la colección parte de una acertada mezcla de miradas: desde la musicología hasta la antropología, pasando por la historia y la sociología. Además, para despejar cualquier duda que se tenga respecto a la frialdad del lenguaje académico, han conseguido mediar entre el rigor científico, el ensayo y licencias que van de lo literario a lo periodístico. Sumada a estas decisiones, la línea editorial responde al interés de resaltar prácticas musicales que han tenido lugar en el país, independientemente de su origen. Aquí un detalle gramatical –la preposición “en”- nos indica que en la colección podríamos encontrar volúmenes dedicados tanto al reguetón y la carranga como a la cumbia y el rock.

El primer título de la colección está dedicado al Pacífico colombiano. Aunque la mayoría de investigaciones aquí recopiladas se concentran en la marimba de chonta, hay otras que dan cuenta de ejercicios sonoros presentes en el norte del litoral y los territorios interandinos. Músicas y prácticas sonoras en el Pacífico afrocolombiano (2010), contiene, por ejemplo, estudios sobre las Adoraciones del Niño Dios en Santander de Quilichao, la tradición de los violines caucanos en la región del Patía, las cantadoras de Tumaco y  las canciones de la familia chocoana Castro Torrijos

A este le siguieron El libro de las gaitas largas. Tradición de los Montes de María (2013), un riguroso trabajo etnomusicológico de Federico Ochoa Escobar acerca de la música de gaitas y Mujeres en la música en Colombia. El género de los géneros (2012). El segundo es un compendio único dentro del campo de la “musicología de género” en el que Carmen Millán de Benavides y Alejandra Quintana, a través de una variopinta recopilación de artículos, ensayos, entrevistas y documentales, nos descubren parte del complejo y desdeñado universo estético que se desprende de la participación de las mujeres en las prácticas musicales colombianas: la exploración electroacústica de Jaqueline Nova, el trabajo de la compositora Alba Fernanda Triana, el papel de las mujeres en la chirimía del norte del Pacífico, las biografías fascinantes de Etelvina Maldonado, Alba Lucía Potes y Claudia Gómez, el frenesí de las matronas bullerengueras y la historiografía detallada de las pianistas decimonónicas que jugaron un papel crucial en el ambiente musical de ciudades como Buga, Medellín, Cali y Bogotá e Ibagué.

Travesías por la tierra del olvido: modernidad y colombianidad en la música de Carlos Vives y La Provincia (2014), quizás la lectura crítica más profunda de la obra del ídolo samario, y el análisis minucioso que Doris Arbeláez Doncel hizo de las transformaciones del joropo en el libro El arpa llanera y su tradición en el Torneo Internacional del Joropo (2016) cerraron lo que podríamos llamar un primer ciclo de la colección.

La repentina partida de Carolina Santamaría y Juan Sebastián Ochoa a Medellín dejó en un limbo de cuatro años al proyecto. Cuando creímos con triste resignación que el capítulo estaba cerrado, la colección Cultura Musicales de Colombia ha tomado un nuevo aire.

Tambores de América para despertar al viejo mundo 

“El Grupo de Danzas Folclóricas Colombianas fue creado por los hermanos Delia y Manuel Zapata Olivella con el objetivo de presentar a audiencias urbanas la cultura musical y dancística de los pueblos afrocolombianos de las dos costas”, cuenta el percusionista Urián Sarmiento en su tesis Los Gaiteros de San Jacinto y la industria discográfica, 1951- 1980 (2019). En ese mismo documento se notifica que la primera gira internacional del grupo inició el 4 de julio de 1956 con un contingente integrado por Erasmo y Roque Arrieta, de Mahates (Bolívar); Antonio Fernández, José Lara y Juan Lara, de San Jacinto (Bolívar); Lorenzo Miranda, de San Basilio de Palenque (Bolívar); Julio Rentería, de Tadó (Chocó); Madolia de Diego y Óscar Salamandra, de Quibdó (Chocó); Leonor González Mina, de Robles (Valle del Cauca); Salvador Valencia, de Guapi (Cauca), y Teresa Gutiérrez, de Riohacha (Guajira).

El viaje, que se extendió casi dos años, incluyó conciertos en ciudades como París, Pekín, Moscú, Shanghái, Nanjing, Berlín Occidental y Berlín Oriental, Praga, Madrid, Barcelona y Toledo. Durante mucho tiempo los pormenores de tamaña desmesura han estado en los febriles terrenos de la imaginación y el rumor de una crónica escrita por Manuel Zapata Olivella ha pasado de boca en boca: “Que yo vi el manuscrito, que yo sé quién lo puede tener”, le oímos a varios fabuladores convencidos.

Pues resulta que el cuchicheo era cierto, la crónica –titulada Tambores de América para despertar al viejo mundo- si la escribió el loriqueño y, lo más increíble, ¡sesenta años después vamos a tener la oportunidad de leerla! 

La curiosa historia de cómo llegó a editarse este libro pertenece al lugar del azar, la curiosidad, la constancia y la suerte. Para no estropear la sorpresa, podemos adelantar que se remonta al año 2002 cuando Juan Sebastián Ochoa fue a visitar a Manuel Zapata Olivella en su habitación del Hotel Dann Colonial en el centro de Bogotá. El resto de los inauditos malabares del destino –como el archivo fotográfico que Julio Rentería mantenía guardado y los enredos para conseguir los derechos de publicación- los podrán encontrar próximamente en el prólogo del sexto título de la colección Culturas Musicales de Colombia, que, si me permiten la emoción desnuda y sin pudor, será un acontecimiento de proporciones legendarias.