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Sandra Valencia, la campesina antioqueña que decora chivas

La primera chiva que Sandra Isleny Valencia se atrevió a pintar fue la de su padre.
Mi país
Fotos: Daniel Santa.
Daniel Santa
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La primera chiva que Sandra Isleny Valencia se atrevió a pintar fue la de su padre. ¿Cómo fue? Tomó una colcha de su cama, cubrió la trompa del carro para no ir a mancharlo de colores y se trepó, como si en verdad supiera lo que estaba haciendo, para decorar el frente. Sucedió en el 2015, después de ver por televisión, desde la remota vereda Yarumal de Abejorral, el reportaje de un grupo de alegres decoradores de chivas homenajeados en la Feria de las Flores.  

Son, entonces, siete años los que lleva Sandra entre colores. Y aunque ostenta otros títulos y experiencias, hoy solo hablaremos, o mejor, observaremos, la que mejor describe su vida. A sus 33 años dice que, cuando pinta, olvida hasta las horas del día y, de paso, sus problemas. Y agrega: “La vida es más linda a color, es del color que usted la ponga: si la quiere ver negra, la pone negra”.

Sandra se dedicó a decorar chivas, y de paso a manejarlas, no precisamente porque lo hubiera soñado, sino porque “la vida me lo puso delante”. Es un trabajo sutil, profundamente silencioso, aunque sea el más festivo de los oficios. Ama los días de sol porque los colores parecen saltar de las maderas, y porque la pintura se seca mejor. En fin… es mejor que usted lo vea por cuenta propia. 

XX

En la casa de Sandra Valencia hay un espacio de colores y maderas abierto a la luz. Compás, reglas, pinceles, pinturas: las cosas más esenciales aguardan por ella. 

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Entonces, comienza… los primeros giros de compás son fríos, un tanto inseguros. No importa: es el principio de un colorido y caluroso día. Sandra va afinando el pulso. 

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Cuánto detalle encierra cada círculo. En este oficio la magia sucede escondidas, en el secreto de las pequeñas cosas. Hay que observar de cerca.

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Juega, de verdad juega. Cambia rápidamente de color. Empapa de rojo el pelo del pincel. El amarillo espera su turno. Y el verde… no, hoy no es su día. 

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Y como si intuyera la vitalidad de lo que Sandra ha hecho, un visitante viene a recorrer con sus patitas este diminuto laberinto de colores. De algún modo se siente identificado. ¿Será por ese amarillo de puntos negros?

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Es como un tejido que va creciendo, lleno de caminos, sobre la alegre superficie del cedro. El final de una pinta da pie a otra; un blanco sol va extendiendo sus rayos. 

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Allí limpia el pincel: Sandra se colorea a sí misma. Lo extraño sería ver sus manos limpias. He aquí el testimonio de un millón de trazos.

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La secreta profundidad de unos ojos que miran, tal vez satisfechos, ese abanico de colores. ¿A dónde irá a parar cada pieza? Retazos de sí. 

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¿Cuántos se habrán detenido a mirarla? Es una de las muchas decoraciones que cubren de gracia a “La Tigresa”, la chiva de la familia Valencia Pavas que recorre los caminos entre Abejorral y La Unión.

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Tres llaveros que, respondiendo al consejo popular, llevan la firma de Sandra, conocida por todos como “La Mona”. 

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La perfección geométrica, el brillo del color, la arquitectura de las formas, las manchas del tiempo. Así es una chiva, así este arte nacido del pueblo; así es la mente de Sandra. 

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Sobre sus piernas el nombre de la finca en que vive con sus padres (Gloria Inés Pavas y Francisco Javier Valencia), y sus dos hermanos. ¿Cuánto en este cuadro? 25 horas pincel en mano. 

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Un momento para bromear. En el fondo, esta es su forma de ver la vida. 

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Va por caminos de pantano, como una exposición rodante. ¿Qué concepto emitiría un crítico del arte? El punto es que aquí, en Antioquia, nos encanta. 

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