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Foto: Fausto García.

Un comentario sobre ‘Lo que no tiene nombre’, de Piedad Bonnett

Por: Eduardo Otálora Marulanda.

Cuando se vive de los libros (de leerlos, comentarlos, presentarlos, analizarlos, recomendarlos y, cuando hay suerte, de escribirlos) leer se convierte en un oficio lejano a esa idea romántica de que uno se puede sentar en un mullido sofá con una copa de vino, una lámpara de luz cálida tras el espaldar y una obertura de música clásica acompañando. El mundo del “lector profesional”, si se me permite llamar así a quien vive de leer, es mucho más parecido al de una persona que trabaja en un agobiante cubículo de un metro cuadrado y que tiene sobre el escritorio una torre de informes por revisar, corregir, llevar a legalizar con firmas y, luego, radicar en la oficina jurídica para ver si, por fin, se puede deshacer de ellos. Sin embargo, a veces, entre esas torres de libros pendientes por leer se mete uno que no estaba planeado, que ni siquiera tenía un lugar en la fila. Sólo se atraviesa, se instala frente a los ojos y abre sus palabras. Muchas veces pasa que, pese a ese atrevimiento, no hay click y, entonces, ese al que llamé “lector profesional” cierra al atrevido libro y sigue, como minero terco, escarbando en los libros que debe leer. Pero también pasa, las menos de las veces, que ese libro y el lector se conectan y, entonces, la torre de lecturas pendientes pasa a un segundo plano y las fechas de entregas se vuelven elásticas, porque no se puede parar de leer al atrevido.

Esta larga introducción es sólo para decir que eso me pasó con ‘Lo que no tiene nombre’, de Piedad Bonnett. El libro estaba en mi casa en una de las torres de “por leer algún día” y yo lo había relegado a la categoría “cuando esté en vacaciones y terminé de escribir mi novela”. Es decir, lo había puesto en el cajón más lejano. Pero un día, diseñando un programa de lecturas, lo recordé, lo busqué en su torre y me dije (sin saber que me auto engañaba): “sólo lo ojeo, para ver si tiene el tono que necesito para el ejemplo que busco”. Ojeé el título, luego los potentes epígrafes de Peter Hendke, Paul Auster y Blanca Varela; después me aventuré, temerosamente seducido, al índice; y, al final, ya confesamente picado por la curiosidad, leí de un tirón la primera parte, titulada ‘Lo irreparable’. Entonces me supe perdido y entendí que, por la noche, porque no iba a parar de leer, debía escribir unos correos electrónicos informando que demoraría un día en emitir un par de conceptos que adeudaba. Sí, me perdí en ese libro.

Piedad Bonnett publicó ‘Lo que no tiene nombre’ en 2013, luego de que en 2011 se suicidara su hijo Daniel. Lo hizo, en sus palabras, para darle “[…] a tu vida, a tu muerte, y a mi pena un sentido. Otros levantan monumentos, graban lápidas. Yo he vuelto a parirte, con el mismo dolor, para que vivas un poco más, para que no desaparezcas de la memoria. Y lo he hecho con palabras, porque ellas, que son móviles, que hablan siempre de manera distinta, no petrifican, no hacen las veces de tumba. Son la poca sangre que puedo darte, que puedo darme”.

Este es un libro que se presenta como un doloroso entramado de, al menos, tres líneas. Por un lado se cuentan una seria de anécdotas sobre la vida de Daniel, rescatando, casi rasguñando, tanto los momentos bellos como los más oscuros. Por otro lado se narran las situaciones angustiantes que vive la familia al saber que a uno de sus miembros se lo está tragando la esquizofrenia. Y en esta madeja de la trenza brilla, por supuesto, la voz de Piedad Bonnett, la madre, en una narración en primera persona plena y desnuda, que abre la puerta a la tercera madeja que se teje en este libro, la de la poeta y académica que también es Piedad. Ese tercer grupo de textos reflexionan, a partir de referentes filosóficos, psicológicos, sociológicos y poéticos, sobre esa acción misteriosa y contundente que es el suicidio. Reflexiones que no llegan a respuestas, sino, por desgracia, a una tormentosa seguidilla de dudas y nuevos dolores y más preguntas y más necesidad de saber por qué un hijo amado escoge lanzarse desde la terraza del edificio donde vive.

Entonces, en esa sumatoria, en esa trenza, el libro fue para mí un lugar de encuentro con el dolor de Piedad y su familia, que es un dolor al que le temo. Entre mis mayores miedos también está el de la muerte de mi hijo amado, sentir la incapacidad de poder rescatarlo de sus pesadillas para sentarlo en mis piernas y decirle, afirmarle, jurarle, que todo va a estar bien, que siempre voy a estar para él y que nunca dejaré que la muerte le toque ni una uña. Pero sé que es mentira. Por eso también me dolió este libro, porque Piedad Bonnett me recordó que el camino a la muerte es el único seguro y que, a veces, es tan corto que ni nos damos cuenta de que estamos vivos.

Por eso, luego de que se atravesó este libro y de que terminé de leerlo, volví a escribir correos electrónicos informando a los otros trabajos pendientes que también me demoraría. Atragantado por los trabajos se me estaba olvidando que, antes de cualquier torre de libros por leer están las torres de cubos que le gusta construir y tumbar a mi hijo, que antes de escribir informes están las batallas entre autobots y decepticons que nunca terminan porque él decide que los reconcilia y enemista solo para seguir jugando.

Y sí, yo quiero seguir jugando con él, hasta que la vida nos dure.