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Independencia de Cartagena: la historia de nueve mártires que murieron por la libertad

Por: José Donado

Uno de los lugares más emblemáticos del Centro histórico y del turismo en Cartagena es el Camellón de los Mártires. A diario son miles los turistas y cartageneros que transitan por esta zona muy significativa en la historia de la independencia ciudad, donde se encuentran ubicados los bustos de nueve personas que sacrificaron su vida por la libertad de todo el pueblo cartagenero aquel 24 de febrero de 1816. 

Cartagena de Indias venía de un hecho sin precedentes, al ser la primera urbe que declaró su independencia del yugo español el 11 de noviembre de 1811 en el Nuevo Reino de Granada, pagando un precio muy alto, que ninguna ciudad del interior del país ni del resto del Caribe tuvo que afrontar.

Una gesta histórica liderada desde el barrio Getsenamí, el reconocido sector donde trabajaban entre 700 a 800 personas en un apostadero de la Marina, dedicadas a oficios como la confección y reparación de barcos, velas de barcos, calafeteros, carpinteros, herreros, entre otros oficios, como cuenta el historiador Sergio Solano. Entre ellos, Pedro Romero, considerado uno de los gestores de la Independencia de Cartagena. 

El sitio de Morillo

Cuatro años más tarde, el Imperio español decidió rescatar para sus reyes esa Cartagena que para entonces contaba con una posición envidiable en el continente americano. De acuerdo a documentos de la Academia de la Historia, una expedición de aproximadamente 10 mil hombres, liderados por Pablo Morillo, apareció en el Mar Caribe, arribando primero a Santa Marta y luego a Cartagena. 

En en el Corralito de Piedra algunos cartageneros al ver la inferioridad numérica intentaron huir. Unos lo lograron, otros fracasaron y algunos fueron atacados por las naves del llamado pacificador Morillo, quien venía de un asedio de 106 días. 

Pablo Morillo.

Los mártires 

Estando en Cartagena, Pablo Morillo desató un baño de sangre que venía antecedido de un panorama deprimente con cadáveres en las calles, y mucha gente murió de hambre debido al desabastecimiento. No contento con eso, quiso imponer un escarmiento a los cartageneros que valerosamente resistieron y defendieron la ciudad amurallada en 1816, entonces seleccionó a nueve personas para la pena de muerte, sin que mediara ninguna investigación previa ni legítima defensa.

En textos escritos por el historiador Juan Carlos Diaz Quilen se describe que en el Consejo de Guerra realizado el 19 de febrero de 1816 se ordenó condenar a sentencia de muerte a Manuel del Castillo, Martín Amador, Antonio de Ayos, Germán Pantaleón Ribón, Miguel Díaz Granados, Manuel Anguiano, José María Portocarrero, José María García de Toledo y Santiago Stuart.

Cinco días después se daría cumplimiento a la sentencia, uno a uno fueron trasladados, amarrados con ropas viejas, a la Plaza de la Merced para exponerlos a la vista de todos. Seguidamente un escribano se acercó a leerles la sentencia. Manuel del Castillo, Martín Amador, Pantaleón Germán Ribón, Santiago Stuart, Antonio José de Ayos, José María García de Toledo y Miguel Díaz Granados, fueron condenados a ser ahorcados y confiscados sus bienes, por los delitos de alta traición e insubordinación al rey Fernando VII. 

Así mismo, este Consejo de Guerra de los españoles condenó a Manuel Anguiano a recibir impactos de balas de las armas por la espalda y finalmente condenó a José María Portocarrero a ser ahorcado y confiscado sus bienes. 

Cuenta el historiador Díaz Quilen que, una vez leída la sentencia, los nueve condenados fueron llevados a las afueras de la ciudad amurallada frente a la Torre del Reloj, totalmente destruida y en postes de madera serían fusilados. Ocho de los nueve sentenciados fueron amarrados de los postes, mientras el restante, Manuel Anguiano, fue apartado y obligado a portar un uniforme de teniente-coronel español porque tenía que morir de espaldas. 

“Españoles bastardos", decía Pantaleón de Germán Ribón, uno de los pocos que no negó su participación en la independencia de Cartagena y siempre lo decía con orgullo. “La libertad de América es inminente", gritaba Martín Amador.

Unos minutos después, el oficial encargado de un pelotón de 20 hombres formados en dos líneas, la primera de rodillas y la segunda de pie, dio la orden de fusilamiento.  “Preparen, apunten, ¡Fuego!", gritó el oficial. La descarga había sido certera, los cuerpos de los próceres cartageneros murieron en el acto sin dejar que pronunciaran su última voluntad. 

Faltaba Manuel Aguiano, el hombre de origen cartagenero, quien en algún momento estuvo a las órdenes del Rey, fue llevado a uno de los postes de madera. Rápidamente le fue leída la sentencia: “Por crímenes de lesa Majestad, el consejo os a sentenciado a ser ejecutado de espaldas, como un traidor y degradado a simple mortal". 

El mismo pelotón se volvió a formar al tiempo en que los redobles de un tambor ambientaban el terror de este acto. Manuel fue volteado dirigiendo su vista al poste, que aún tenía la sangre de su compañero de lucha Miguel Díaz Granados. “Aquí muere un hombre libre. Viva Cartagena", gritó.

Una vez pronunciadas estas palabras 20 tiros dieron en su espalda, cayendo amarrado al poste. La escena no podía ser peor, ejecuciones de nueve mártires que daban inicio al terror del mal llamado pacificador Morillo en la Nueva Granada.