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Los guarapos de San Jacinto (Bolívar)

Por: Luz Celeste Payares Simanca“Yo creo que soy la persona más conocida en San Jacinto, Bolívar”, dice con orgullo Marlon “El de los Guarapos”, mientras vierte en un vaso la bebida que hace 49 años vende en la plaza principal de este municipio montemariano.

Por: Luz Celeste Payares Simanca

“Yo creo que soy la persona más conocida en San Jacinto, Bolívar”, dice con orgullo Marlon “El de los Guarapos”, mientras vierte en un vaso la bebida que hace 49 años vende en la plaza principal de este municipio montemariano.

Su puesto de trabajo es un carrito de tres llantas, que lleva en su centro un barril de madera, con capacidad de 80 litros, en el que almacena el guarapo diario. Verde, rojo y naranja, son los colores que siempre han identificado el puesto de Marlon, quien a sus 64 años, asegura estar feliz y agradecido con su pueblo por apoyarlo en esta labor.

El guarapo más popular de San Jacinto

“Lo principal es la panela criolla, de hoja, es mejor, más natural, la cultivan aquí en San Jacinto. Le echo piña, limón, pero lo que más da el sabor es la madera, el barril. Si lo hago a parte, no queda igual, tiene que ser el barril porque ese ya está curado”, explica Marlon y hace hincapié en que sin el barril, el sabor no tendría ese toque de fermentación que solo él ofrece en toda la tierra de la “hamaca grande”.

Bajo una gran sombrilla verde, atiende a quienes se acercan a su puesto, que no tiene nombre, pues con sus colores lo identifican. Mantiene canecas de basura, para que quienes disfrutan el guarapo junto a él depositen el vaso. Su valioso barril, que lo ha acompañado por más de 20 años, lo mantiene cerrado y le pone un pequeño candado cuando debe hacer alguna diligencia durante su jornada de trabajo.

“Dame uno de mil ahí”, dice uno de sus clientes. De inmediato Marlon toma una de las 20 cubetas de hielo que tiene en el carrito, le quita la bolsa y la tritura con un pica hielo en un cucharón de hierro, mismo que utiliza para revolver y servir el guarapo en un vaso desechable, al que le pone un pitillo.

El dinero lo guarda en una mochila, típica del municipio, que simboliza su lazo con esa tierra. Al terminar de atender a sus clientes, lava sus manos con agua y jabón, y las seca con un paño rojo; con otro ahuyenta las moscas que llegan al lugar atraídas por el dulce de la panela, materia prima del guarapo.

Si el cliente tiene prisa, Marlon vierte la bebida en una bolsa, le hace un nudo y la entrega con un pitillo. Pero no solo los habitantes de San Jacinto le compran, los conductores de camiones de reparto, le hacen “la seña”: con los dedos le indican la cantidad y el precio, sea de 500, 700 o mil pesos. Marlon lo sirve y lo lleva hasta donde el cliente esté.

“Casi no me gusta llevar guarapo fuera de mi puesto porque me da mareo y me da miedo que alguna moto me atropelle, pero ajá, la necesidad. Con ganas de vender tiene uno que hacerlo”, asegura Marlon y aclara que mientras vende su atención es solo para los clientes. “A la gente no le gusta que uno no los atienda rápido, se molestan”.

Al comenzar la pandemia por el Covid-19, Marlon tuvo que dejar de salir a las calles, como todos los demás. Si bien se le dio la opción de vender a domicilios, asegura que decidió no hacerlo, porque no le gustaba, no era igual. Así como su avanzada edad y una enfermedad de base no le permiten exponerse al virus.

Tras la reactivación económica, volvió al negocio, pero dice no tener las mismas ventas que antes y menos por la temporada invernal y la ausencia de los niños que asistían al colegio.

La historia del guarapo está ligada a la historia en San Jacinto

Edilberto Antonio Nieto Brieva, o Marlon “El de los guarapos”, como lo conocen todos en San Jacinto, Bolívar, comenzó a vender esta bebida como sugerencia de su padrastro, en 1971, a sus 14 años. En ese entonces, trabajaba donde un señor conocido en el pueblo. A los dos años de aprender del negocio, decidió independizarse.

En esos primeros años vendía todo el día, y por las noches, se iba hasta el teatro Santa Isabel. “En la tarde me venía del puesto que tengo al teatro y vendía en la noche hasta que no se acabaran las películas. Daban dos películas en la noche, a veces sábados y domingos eran vespertina y se acababan más tarde. Cuando se acababan entonces yo venía a recogerme a mi casa a dormir, para ir al día siguiente a trabajar”, recuerda.

Asegura que anteriormente el panorama era distinto, había más vendedores de guarapo y las personas compraban más, puesto que no había nevera en los hogares y buscaban formas de refrescarse. La poca presencia de gaseosas y otras bebidas envasadas en el municipio, también influía en la alta demanda del guarapo, sobre todo en verano.

Los vasos que empleaba en ese entonces eran de vidrio, 12 en total mantenía en el puesto, los cuales lavaba minuciosamente después de cada uso. Muchas veces llegaban tantos clientes a la vez, que debían hacer fila mientras los demás terminaban de beber. Así él rápidamente lavaba y servía nuevamente las porciones de cinco pesos.

En ocasiones los clientes o incluso él mismo, los rompían por accidente, por lo que constantemente compraba repuestos. Todo eso cambió cuando los vasos desechables llegaron al municipio. A pesar de ello, mantiene en su carrito los 12 orificios donde ubicaba los vasos de vidrio. Ahora los usa para poner el gel antibacterial y los vasos de aluminio, con los que mide el guarapo para llevar en bolsa.

Había tardes en las que Marlon debía irse corriendo del puesto, dejar su carro y esconderse, por la presencia de actores armados en el municipio. “Pasé bastante susto y miedo porque uno no sabía ni qué era lo que estaba pasando, por qué motivos eran ni nada de eso, daba una preocupación. Mucha gente se fue de aquí, los que tenían para dónde coger, pero uno no tenía la facilidad. Había que aguantarse lo que viniera”, recuerda Marlon.

A pesar de eso y la ausencia de clientes durante ciertas épocas del año, Marlon nunca ha dejado de vender. “Hay días que me dan ganas de dejar el negocio, me decepciono un poquito, pero aja ya yo se que eso es de sol, de verano, de calor. Me tranquilizo, espero que venga la época buena”, explica.

Casi cinco décadas después

Marlon no es un vendedor más de San Jacinto, se ha convertido en un referente para el municipio. “El año pasado me hicieron una mención de ICULTUR, una exaltación como gestor del municipio y por ahí otras más pequeñas”, dice con orgullo.

También se emociona al recordar la música de los Hermanos Lora, artistas sanjacinteros, quienes una vez lo mencionaron en su canción “Huellas Imborrables” con la línea “y pal guayabo un guarapo donde Marlon”. Mientras lo aborda la reminiscencia tararea alegremente el ritmo de la música detrás su tapabocas.

Hace cuatro años, durante el tiempo en que Marlon se recuperaba de una cirugía que le practicaron, uno de sus hijos se hizo cargo del negocio familiar: los guarapos no quedaron solos. Al recuperarse regresó, pero solo por las tardes. “Uno se acostumbra a que cuando no está en el trabajo se siente incómodo, uno en el trabajo se distrae. Yo me siento contento ahí en la tarde. Eso sí que ya todo el día no me agrada mucho, porque no estoy para eso”, asegura.

“Hay mucha gente que se siente agradecida con el buen nombre que tengo con el personal, entonces yo me siento agradecido con el pueblo, porque el pueblo me reconoce lo que he hecho”, dice. Sabe que su guarapo es especial y seguirá atendiendo a sus clientes como hasta ahora, con calidad.

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