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¿De qué se reían en la Edad Media?

Los intelectuales y los clérigos del Medievo se atenían a la opinión de Aristóteles, para quien la risa era un atributo humano esencial. Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
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Pontifical de Guillaume Durand (copiado en Aviñón c. 1357, marginalia añadidos a finales de siglo). París, Bibliothèque Sainte-Geneviève, Ms. 143, fol. 145v.
Raúl González González, Universidad de León

¿Reía la gente en la Edad Media? Probablemente muchos piensan que no. A fin de cuentas, somos carne de tópico: nuestro sentido común (ese “todo el mundo sabe que”) nos dice que la época era sucia, oscura, misógina, terraplanista y, en general, cualquier cosa que no nos guste. Que todo eso sea mentira es lo de menos, porque cumple una función: esa creencia nos reconforta, nos hace sentir superiores a las gentes del pasado o a otras culturas “que aún siguen en la Edad Media”, y eso basta.

Por eso, “todo el mundo sabe que” el Medievo era una época especialmente lúgubre, donde reinaban el miedo, la angustia y la represión: supuestamente, la risa estaba incluso condenada por la Iglesia, que atenazaba con su poder omnímodo a las masas.

Y sin embargo, nada de eso es cierto. Hasta tal punto que los habitantes de la Edad Media real podían tomarse unas libertades para el humor que a ojos del presente resultan cuando menos chocantes.

Las canciones de Isabel y Fernando

En la biblioteca del Palacio Real de Madrid se conserva un libro (un “códice”) maravilloso: el Cancionero musical de palacio. Gracias a él podemos conocer la letra y partitura de cientos de canciones que sonaban en la corte de Isabel y Fernando de Trastámara, los “Reyes Católicos” españoles.

No pocas de ellas fueron compuestas por Juan del Enzina, nacido en las tierras del viejo reino de León, que acabaría siendo prior de la catedral leonesa. Una de las más curiosas, titulada “Si abrá en este baldrés”, narra cómo a tres mozas parece quedárseles corto, en algún sentido, ese misterioso objeto. La edición actual del diccionario de la Real Academia Española conserva aún la voz baldrés o baldés, que define como “Piel de oveja curtida, suave y endeble, empleada especialmente para guantes”. Las versiones anteriores añadían, tímidamente, “y otras cosas”.

Página del _Cancionero Musical de Palacio_ en el que se reproduce 'Si abrá en este baldrés', con tachados posteriores que suprimen del texto todas las apariciones de las palabras 'pija' y 'carajo'.
Página del Cancionero Musical de Palacio en el que se reproduce ‘Si abrá en este baldrés’, con tachados posteriores que suprimen del texto todas las apariciones de las palabras ‘pija’ y ‘carajo’. Patrimonio Nacional, Real Biblioteca de Palacio

Como el siglo XV era algo menos mojigato, podemos conocer la verdadera naturaleza del objeto en cuestión gracias al anónimo texto satírico conocido como las Coplas del provincial. En él se preguntaba sin remilgos “a cómo vale el valdrés / por falta de cuerpo de hombre”.

Cabe sospechar que, medio milenio después, en las cortes reales ya no se cantan esas cosas. O, al menos, no se ponen por escrito. Con el correr de los siglos, nuestros oídos parecen haberse vuelto mucho más sensibles al escándalo que los de los Reyes Católicos.

Las risas del clero

En el París del año 1414, una epidemia de tos ferina dio pie a una canción humorística muy popular entre los niños que se reunían en cuadrillas para hacer los recados de la tarde. Su estribillo decía así: “Vuestro coño tiene tos, comadre / Vuestro coño tiene tos, tiene tos”.

Pintura que retrata a un bufón riéndose en la coronación de un rey.
Fragmento de ‘Cómo Enrique Curtmantle, hijo de la emperatriz Matilde, fue coronado rey de Inglaterra’, de David Aubert, ‘Histoire abrégée des Empereurs’: París, BnF, Arsenal ms. gallica.bnf.fr / Bibliothèque nationale de France

Pocas cosas hay más humanas que ese recurso a la risa como mecanismo liberador frente al miedo que produce una epidemia. Por eso sorprende que, mientras que un clérigo de la época no tuvo reparos en recoger estas palabras textualmente en su crónica (conocida como Diario de un burgués de París), la historiadora que preparó en 1990 una edición de la misma para el gran público se sintiese obligada a censurar el vocablo malsonante.

Un milenio antes, el 13 de agosto de 1099, la elección papal se celebraba en esta ocasión en la venerable basílica romana de San Clemente de Letrán. La ceremonia tenía lugar a la vista de unos frescos entonces recientes que cubrían las paredes de la iglesia, en los que se narraban los milagros del santo titular.

En uno de ellos, situado muy cerca del altar, la risa cobra un especial protagonismo. A la manera de una viñeta de tebeo moderno con bocadillos, podemos ver allí a varios personajes acompañados de sus frases respectivas. El efecto cómico se produce por contraste: San Clemente se expresa solemnemente en latín, y los paganos que intentan apresarlo sin éxito dicen zafiedades en lengua vulgar (sus palabras son, de hecho, uno de los testimonios escritos más antiguos de los romances itálicos). El jefe de los paganos emite una orden crudamente realista, posiblemente el más hilarante de los textos fundacionales de una lengua: “Fili dele pute traite” (“¡Hijos de puta, arrastrad!”).

No parece que la broma disgustase a los prelados allí reunidos, ya que eligieron como papa precisamente al cardenal al frente de la basílica, Raniero de Bleda, quien adoptaría el nombre pontifical de Pascual II. A diferencia de nosotros, las gentes del siglo XI encontraban espacio para el sentido del humor incluso en los asuntos sagrados.

Inscripción de San Clemente, detalle de un fresco de finales del siglo XI en la basílica subterránea de San Clemente de Roma.
Inscripción de San Clemente, detalle de un fresco de finales del siglo XI en la basílica subterránea de San Clemente de Roma. Affreschi della Basílica di San Clemente

La culpa no es del Medievo

De hecho, la comicidad era un elemento esencial de la cultura medieval en todas sus manifestaciones: arte, literatura, música, rituales, costumbres

Claro que la Edad Media, como cualquier otra época, tuvo sus fanáticos, sus inquisidores, sus eunucos, sus predicadores de rostro enjuto y corazón helado, sus enemigos del cuerpo, el placer y la alegría. Pero a lo largo de aquellos siglos nunca dejaron de ser una minoría, incluso dentro del clero. En general, los intelectuales y los clérigos del Medievo se atenían a la opinión de Aristóteles, para quien la risa era un atributo humano esencial. Por eso cuando, allá por el año 1000, el monje Notker escribía en la abadía de San Gall (en la actual Suiza) un libro de definiciones, no encontró otra mejor para el ser humano que la de “animal racional, mortal, capaz de reír”.

No fueron los tiempos medievales sino otros posteriores los que erradicaron la estación carnavalesca, las cencerradas, la fiesta de los locos, la risa pascual o las travesuras de la víspera de Todos los Santos. La anulación de la risa, como la doma de los cuerpos, es un fenómeno mucho más reciente de lo que nos gustaría creer. Tanto, que todavía está en marcha. Y a qué velocidad.The Conversation

Raúl González González, Profesor de Historia Medieval, Universidad de León

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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