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El amor por el campo, el trabajo constante y las plazas de mercado: lecciones que dejó Yeison Jiménez

Desde Corabastos y entre jornadas de mucho trabajo nació la voz de Yeison Jiménez, una historia de superación que se convirtió en himno para miles de sus seguidores.
Luis Cuellar

La música popular colombiana encontró un nuevo aire con la voz de Yeison Jiménez. No fue solo un cantante: fue el reflejo de miles de historias que nacen en la madrugada, entre bultos, canastos y manos curtidas por el trabajo. Su música habló del campo, del sacrificio, de la familia, del amor propio y de la dignidad del trabajador colombiano.

Desde muy joven, Yeison construyó su camino en Corabastos. Allí no solo trabajó: allí se formó, allí aprendió el valor de la palabra, la lealtad y el esfuerzo. Y nunca lo olvidó. Por el contrario, convirtió esos orígenes en bandera. Sus canciones, su forma de hablar, sus videos musicales y hasta su estética siempre rindieron homenaje a las plazas de mercado, a los campesinos, a los coteros, a las vendedoras, a esa Colombia invisible que él decidió hacer protagonista.

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Su reconocimiento no llegó con su muerte: llegó en vida, y fue genuino. Aun cuando llenaba escenarios internacionales, regresaba a cantar en privado para quienes lo vieron crecer. Cambiaba las tarimas gigantes por los pasillos de Corabastos, para cantarle a su gente, a los mismos que lo acompañaron cuando aún soñaba con salir adelante.

Tal vez por eso su partida duele tanto. En redes sociales muchos escriben: “se murió alguien de la familia”. Y no es exageración. Sus canciones estuvieron presentes en los momentos más íntimos: en el despecho, en la celebración, en el trabajo, en la esperanza. Cantó al dolor, sí, pero también al progreso, al sueño de tener algo propio, al deseo profundo de darle una vida mejor a los seres queridos.

Yeison Jiménez logró algo que pocos artistas alcanzan: conectar con la vida real. Porque no solo en el campo se sueña con estabilidad, con una casa, con un futuro digno. Ese sentimiento atraviesa a todo un país. Y allí estaba su voz, acompañando silenciosamente a millones.

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Manzanares, Caldas, le entregó a Colombia un hijo que fue querido en todos los rincones. No hace falta ser fan de su música para sentir tristeza hoy. Porque más allá del artista, queda la imagen de un hombre humilde, trabajador, agradecido y profundamente humano. Un campesino hecho canción. Un sueño hecho voz. Un legado que no se apaga.

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