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Según estudio, familias del campo dialogan más que en las ciudades

La investigación fue realizada por la Universidad La Salle en la capital del país.

Un estudio realizado durante un año en seis municipios y dos localidades con énfasis rural de Bogotá, por el alma máter, reveló que para las familias rurales colombianas regañar, preguntar y dar consejo también es dialogar.

Dicha investigación fue ejecutada por los docentes Ruth Milena Páez, Mónica del Valle, Yolima Gutiérrez y Mario Ramírez Orozco de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad La Salle.

Los académicos durante 12 meses se dedicaron a recorrer municipios como Neiva, Yopal, Quinamayó, Villapaz, Barranquilla, Ubaté y dos localidades con zona rural en Bogotá, Ciudad Bolívar y Sumapaz, para indagar sobre la definición de diálogo que tiene la familia rural y cómo ese concepto personal se relaciona con la construcción de la paz, precisa la institución.

Para los docentes, en el campo de Colombia, “nada es obvio, nada se puede suponer, y lo mejor es acercarnos directamente a ellos pues la gente ha vivido situaciones tan complejas que desarrolla nuevas formas y da nuevos sentidos”.

Dentro de las conclusiones principales destacamos los aspectos más relevantes del estudio que entrega una realidad rural en materia de diálogo que no se conoce en las grandes ciudades. Algunas de ellas que están compartidas en el estudio de la Universidad de la Salle:

Regañar, preguntar y dar consejo también es dialogar. Las familias entrevistadas incorporan en sus diálogos otras formas de enunciación particulares como el regaño, el consejo y la pregunta, lo cual hace que existan diferentes definiciones de lo que es entablar un diálogo. Cuando las cosas son en serio o hay situaciones importantes en la familia, entonces se dialoga. Lo demás, es conversar (chismosear, hablar de las novelas de la tv…), o sea, asuntos de menos peso.

Cuidadito con lo que dice en la calle. En el contexto colombiano, luego de 50 años de conflicto interno es evidente que al interior de las familias, el tema de la paz ha generado la creación de mecanismos de protección, de cuidado del otro y de lealtad, así como de creación de discursos diferentes para dentro y para fuera de la casa.

“Dialogar es muy bueno, pero no lo hacemos”. Las familias poseen saberes muy particulares sobre el diálogo, su importancia y sus formas de realización; no obstante, reconocen que no lo practican con frecuencia, tal como lo comprenden. Esto está atado a que saber algo (tener noticia) no garantiza que se le ponga en práctica.

El campesino cree que habla más que quienes viven en la ciudad. Las familias rurales participantes en esta investigación hacen distinciones importantes entre sus dinámicas y las que viven las familias urbanas y consideran que las urbanas poco dialogan, debido a sus compromisos laborales y a la “agitada vida que se vive en la ciudad”.

8 factores determinan las formas de diálogo de los campesinos. Las familias rurales de once departamentos colombianos consideran que no es lo mismo dialogar con miembros de su familia que con personas ajenas a ésta; por tanto, sus formas de diálogo están determinadas por aspectos como: frecuencia, participantes, nivel educativo, modo, tema, grupo cultural, contexto y ocupación.

No tener con quién dialogar no es fuente de agobio. Conectado con las noticias recientes sobre que Colombia se está envejeciendo, hay que señalar que 15 de los entrevistados adultos mayores coinciden en que sus hijos se han ido y viven solos. Se habla de la soledad en forma de broma, otras veces es recibida con decoro y entendida como fuente de tranquilidad.

Les gusta la ayuda de la tecnología. Pese a que algunas familias no dialogan con frecuencia debido a las distancias y las responsabilidades de sus miembros, sí buscan tiempo para conversar en familia. Pareciera que los dispositivos tecnológicos ayudan a fortalecer el diálogo en la familia.

Falta confianza. Según lo que las familias rurales entienden por diálogo es necesario repensar el diálogo como una interacción equitativa, reflexiva y problematizadora, no solo como la acción de hablar con otro. En este sentido, es necesario “estar disponible”, estar dispuesto a ceder, a escuchar, a cambiar, a confiar y a descubrir modos inimaginables de comunicarnos y aceptarnos.

Falta educación. Urgen proyectos orientados a fortalecer el espíritu del diálogo como un acontecimiento de vida, que es posible gracias a la vitalidad de la palabra enunciada, bien sea compartida o diferenciada, pero en todo caso, capaz de mediar en el entendimiento humano y social.

En la escuela hay que poner al estudiante en el modo “escuchar”. La educación dialógica es apuesta decisiva para aprender a escuchar en pro del desarrollo humano y el buen uso de las capacidades sociales y cognitivas del estudiante. Si no sabes escuchar, no te encuentras con el otro.

La recuperación crítica de la categoría diálogo como aporte a la construcción de paz. Su legitimación en las familias rurales, también muestra la posibilidad de resignificar la categoría familia rural y convertir el diálogo dentro de la misma, como un dispositivo para autoafirmarse, actuar en diversos espacios públicos con voz propia y mirada emancipadora.

La familia, la comunidad y la sociedad están llamadas a educar en el diálogo. Esto se traduce en una actitud de compromiso, de respuesta responsable y ética ante la presencia del otro, en donde se generen actos profundos de comunicación hacia la convivencia social y la construcción de paz.

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