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Toño Fernández: un hombre que era más que todo el mundo

Por: Jorge García Usta. (A Te o Balar) El día que la gaita encontró a su hombre no hubo ninguna gracia de más. Salía a llevar unos animales al arroyo y apenas vi las aguas, oí los pitos. En la lejanía, pitos tristes, vainas bonitas. Era Manuelito Lora, el que venía criando esos sonidos con un fitoco desconocido.

Por: Jorge García Usta.

(A Te o Balar)

El día que la gaita encontró a su hombre no hubo ninguna gracia de más.

Salía a llevar unos animales al arroyo y apenas vi las aguas, oí los pitos. En la lejanía, pitos tristes, vainas bonitas. Era Manuelito Lora, el que venía criando esos sonidos con un fitoco desconocido.

Y yo que siempre he sido más que inteligente, era un gran ignorante. La única vez que lo fui, después nunca más. Lo único que hacía entonces era arrastrar los animales a sus bebedizos y andar por el monte a pata limpia. Fui siempre hombre de monte, de estar con cosas solas.

Así que cuando oí a Manuelito, le pregunté: Y qué pito es ese. Gaitas, ¡no ves? dijo él, sin reparar la lelura que yo tenía. Me acerqué y las aguaité. Y le dije muy bobo ¿Y cómo es que un pito de estos saca bullas tan bonitas? Gaitas, repitió Manuelito, como si no hubiera nada más que decir.

Cuando veníamos por el camino, se lo dije: Quiero una aparata de esas. Y Juan Meléndez, que era el hacedor de esas anímalas, me miró como poca cosa. Yo le volví a echar la súplica: hazme un parcito, Juan. Y le añadí: la quiero con maracas, para el domingo. Y en qué voy yo, dijo él, mientras yo seguía mirándole el bullicio del ojo. Dije: en una carga de ñame. Ya está, dijo él.

Y se comenzaron a perder por el camino, dejándome a mí solo. Con toda esa fregantina en el corazón.

Ese domingo, yo cité a Manuelito Lora en el propio monte, porque Papa y la otra gente se iban de la finca para San Jacinto y el monte era nuestro, con todos sus arrestos. Y vino también Manuel Bárrelo, primo mío, de lejos. Estaban, pues, los hombres debidos.

Nos pasamos el día pitando por esos montes de Dios. Venía Meléndez con los fitocos y yo y Manuel, que estábamos en la misma fiebre de los primerizos, nos cogíamos. La gaita era entonces un enredapita: pifú, pifú, ffofafi. Yo pitaba el fitoco como me entraba la gana. Y Manuelito me decía: eso no es así, eso parece un sácame con bien. Dale mano como para mujer y lengua para lo mismo.

Así empezamos. Era cosa de amor que no se podía publicar, como los grandes amores, porque nadie gustaba de esas cosas. En toda la región, la gaita era de mal ver, cosa de plebes.

Pero qué va, con nosotros no se pudo. Yo vi todo el mundo de esos fitocos. Nada más, imagínese usted, una cabeza como la mía.

El principio del hombre

Durante mucho tiempo, Toño Fernández fue, en público, apenas un labriego más, cuya impresionante fuerza física -similar a la de Juan Lara- le permitía echarse en la espalda desnuda tres grandes bultos de ñame. En privado, ya era un gaitero de buen ver al que el código macho de su padre obligaba a ocultar la gaita, bien arropada como cosa sagrada, en el techo del rancho. Él lo comprendía: ni él ni su madre tenían herencia musical, y Fernández mencionó siempre su talento como un hallazgo personal.

Su padre conoció su pasión musical de manera casual, en medio de una fiesta. Uno de los músicos debió irse y alguien llamó a Fernández para que ocupara su sitio, a sabiendas de que su padre estaba arrebujado entre la multitud. Después del primer toque, el viejo soportó la andanada de sus amigos que le decían: "Ese hijo tuyo toca", mientras él respondía: "Qué va a tocá, qué va a tocá".

Después, Fernández mismo lo citó a una sesión en privado y tocó sólo para él la gaita con una minucia de baquiano del viento, y el viejo lo reconoció: "Eso está bueno, Toño", y lo dejó andar en la música, pero le prohibió asistir a la escuela, a pesar de que el viejo maestro de la región, Juan Damián Zuleta, no dejaba de hablarle de los primores de la inteligencia de Toño.

Fernández arrastraría siempre la amargura de no haber aprendido a leer debido a la intransigencia (a la que calificaba de ‘torpeza’) de su padre, a quien sólo en una ocasión se atrevió a enfrentar con la solicitud de ir a la escuela.

- Nada de eso, Toño. Tú vas es para el monte - respondió el viejo.

Pero entonces Fernández convirtió esa carencia en una fuente de desafíos y se obligaba a memorizar interminables, áridas y engoladas parrafadas de poesía amorosa, y a repetirlas. “Yo no sé cómo retenía todo ese carajal de vainas. Qué cabeza”, gustaba decir. Ya se estaba sumergiendo en el río de la cultura popular, al que él lograba topar todavía en su anchurosa unidad, deseoso de refocilarse con los espléndidos bastimentos de la poesía campesina, la narración oral, el repentismo y la gaitería, y de tomarse el mundo.

Por eso antes de atravesar el pantano de la adolescencia y mientras enjalbegaba casas en Plato, Magdalena -oficio que duró un año- Fernández se trató con músicos como Pacho Rada y Romualdo Acuña y con los decimeros fogueados del lugar, con quienes terminó de aprender la hechura de versos. Luego, tuvo un regreso jubiloso a San Jacinto: “Ya esto estaba en lo mejor. Había gaiteros por montón. Yo hacía mucho verso en décima, y como era muy rumbero, la gente me ponía a cantar hasta encaramado en una piedra. Había siempre un gentío detrás de mí, y cómo me llovía el ron, mano. Parecía un dios".

Si algo caracterizaba la personalidad de Fernández era su sentido de aventura y su audacia sin fronteras. Como se sentía inteligente y podía someterse a una disciplina casi desconocida en el medio, vivía probándose a sí mismo, en lances muy arduos con músicos mayores. En casa de su abuela, se ponía a tocar con Federico Luna, que ya era hombre de famas; pero su mayor felicidad como gaitero aprendiz, fue vérselas con una de las leyendas de la región, Teófilo Mendoza, padre del gaitero Mañe Mendoza, y según se decía, "un hombre que era más que todo el mundo". O sea, dice Fernández, "lo mismo que fui yo después".

Los oficios

Su paulatina y creciente nombradla como músico cambiaría su vida y la de su pueblo. Para entonces ya iba a casa solamente a cambiarse de ropa, pues se la pasaba cantando en las cantinas y plazas, recorriendo fiestas, bebiendo ron por galones y acostándose con mujeres ocasionales. La célebre trashumancia consolidó su orgullo. Pero cuando menos se pensaba, cambiaba de oficio. Volcó, en una ocasión, todo su interés hacia la mecánica, aprendió a componer motores y montar trapiches, criando otra fama paralela que le permitió ganarse la vida. O se metía de sepulturero donde hallaba otros motivos de cantar.

Ya poseía un incomparable don repentista. Era capaz -como lo demostró muchas veces ante delegados culturales y funcionarios curiosos, -de elaborar décimas perfectas a partir del mero anuncio de un nombre, una imagen, una palabra. El repentismo era un medio que aumentaba sus simpatía públicas (lo que contribuyó después a consolidar su jefatura en el grupo de gaiteros) y, también, desbordaba la línea de su orgullo: años después podía asegurar que en un torneo de decimeros "volvió nada" a Julio Gil Beltrán, el mayor decimero de la región, un verseador superior a Fernández en ese campo.

La verdad de las giras

Antes de salir en 1954 para el interior del país, un territorio casi inédito para la música folklórica costeña, los gaiteros eran conocidos y respetados en el litoral. Encarnaban una fuerza sin antecedentes y carecían de remilgos y pretensiones para mostrar su arte: se trepaban en buques fluviales, atravesaban trochas y parajes sin nadie, y hasta ensayaban sus cantares en galleras o patios, y se presentaban igual en estadios de béisbol que en teatros cerrados.

Por eso a los pocos días de iniciarse la gira al interior y cuando el buque que los llevaba se varó en Salgar, ellos se bajaron, se montaron en una camioneta y desde allí tocaron. Fernández mostró su voz, una suma de vaquero, coplero y cantador, donde estaban todos los registros del candor y el lamento de su tierra. Era por entonces el de los gaiteros un estilo en su única y transitoria pureza original: el gusto de hacer música sin necesidad de recibir dinero, sólo por estar felices y por producir felicidad a los otros hombres.

Dos años después, con el grupo consolidado y la música afamada, se pensó en la gira por Europa y Asia, una iniciativa sin antecedentes para la música folklórica costeña, aún desatendida en su propio país. A distancia la fábula periodística inventó una expedición de felicidad que no existió; la gira fue, como todas las aventuras del arte popular, una epopeya de desamparo, alegrada por el desenfado de sus gestores.

No todos los viejos gaiteros se deslumbraron con la idea de ir a Europa, aunque ello significara prestigio y prometiera dinero. Nolasco Mejía, quien había encontrado su casa sin mujer y sus hijos descalzos al regreso de la gira por el interior, le dijo a Fernández: "Yo no voy. Ese viaje me puede desgraciar más, mano".

Fernández, cuya sana y silvestre ambición era comparable con su talento sin tacha, no se encandiló con la propuesta de los hermanos Zapata Olivella, la acogió de inmediato y la impuso en su hogar, donde primaba la palabra del jefe. No hizo mayores consultas a su mujer. Encarnación, ni ofreció ideas sobre el amparo económico de la familia durante su ausencia. Su alma y su destino necesitaban ese viaje, todo lo demás tendría arreglo. Alistó sus ropas de cantar que eran casi las mismas de vivir, envolvió sus fotutos de viento y desapareció del pueblo para mostrarle al mundo "la mandarria que ha dado esta tierra".

El viaje se había decidido el mismo día de la muerte del padrastro del músico Andrés Landeros: se irían por el río Magdalena. Sobre Fernández recayó la responsabilidad de terminar de reunir los músicos. A Juan Lara lo hallaron él y José Lara en Magangué donde era arreador de agua y cuidandero de casa, pero conservaba intactos los talentos. Tenían diez años de no verlo y Lara seguía siendo el mismo aventurero de antes y resguardaba los mismos temples de Fernández.

Más que un torneo glorioso, la gira por Europa y Asia fue para ellos una prueba cultural y un desafío vivencial. Descubrieron y desmitificaron un mundo distinto al suyo, que no pudo quitarles nada ni pudo darles nada. Por lo demás, fue una incesante aventura y una ensarta de hambres y maravillas. Las multitudes que los recibían y vitoreaban sólo alcanzaron a gozar de su música deliciosa y decidora, no de sus ocurrencias y avatares. En las ciudades populosas y desconocidas, andaban por las calles uno detrás de otro, como una "hilera de huevos de iguana". En el viaje hacia Moscú, a Fernández no le interesó tanto el paisaje de sorpresas como un pequeño, cómodo y labrado banquito, que él esperó que desocuparan para sentarse a todo gusto. En Shangai. China, no dejó de pensar en Barranquilla, pues según él "las dos ciudades son igualitas". En un lujoso hotel de Moscú, los Lara, en cueros, descubrieron frente a un espejo todos los vericuetos de su vigorosa desnudez y los celebraron con una escandalosa jarana.

Pero la situación económica de la delegación musical se fue volviendo grave. Aunque fueron capaces de emocionarse cuando en Checoslovaquia les entregaron a cada uno un ramillete de flores y una bandeja de comida, ya no estaban dispuestos a continuar encerrados en los hoteles de paso mientras Zapata luchaba por conseguirles presentaciones. Acordaron echarse, furtivos, a la calle, para ganar dinero y Fernández, el líder, depuraba sus mañas para ocultar los instrumentos. En París -donde vivieron un año- el hambre se hizo desesperante y sobrevivieron gracias a que, según Fernández, "Dios me hizo a mí con habilidades", pero en Barcelona tuvieron dificultades adicionales por provenir de países de gobierno comunista.

-Esa gente es fregá -dice Fernández-. Pero allí de nada servía tocar porque esa plata no vale nada. La plata ahí es botá.

-¿Y cuánto ganó?

-Yo que sé. Yo me gasté toda la plata. Esas mujeres bellas lo llamaban a uno.

-¿Y le cobraban mucho?

-No que va, no es caro allí. Andábamos sin oficio y malcomíamos, pero no nos atacaba mucho el hambre. ¡Mujeres lindas! Fue un buen tiempo. Imagínese, yo ni me acordaba de mi tierra.

El rostro del país

Antes de la aventura de los gaiteros, Colombia no tenía mayor resonancia artística en el mundo. Los viajeros europeos del siglo pasado habían pintado, en sus crónicas, un país áspero y desarticulado, encinturado por un río caudaloso, en cuyas márgenes habitaba una población mestiza, brava y supersticiosa, sin dios ni ley pero con músicas y danzas. Algunos políticos como Laureano Gómez descreían del valor cultural de un país mestizo y según él, genéticamente, decadente. Hacia los años 40, mucha de la intelectualidad costeña, atontada aún por el servilismo hispanista, vivía avergonzada, de espaldas a su mundo. Mientras muchos letrados de los burgos imitaban símbolos y emociones en revistillas olvidables, en los montes perdidos, hombres broncos, sin saber leer ni escribir, recogían y modelaban aires musicales, empeñados en serles fieles a sus misteriosos abuelos.

Muchos años debieron pasar para que parte de esa intelectualidad se acostumbrara a respetar el folklor, mirándolo con ojos de verdad. En San Jacinto, había nacido Clemente Manuel Zabala, una de las personalidades fundamentales de la cultura costeña en este siglo, descubridor del talento periodístico de García Márquez, y quien-desde periódicos y revistas y cargos públicos de Bogotá cuando escribía a sus familiares en San Jacinto les pedía un buen bloque de queso, un botellón de suero y noticias de los gaiteros.

Fue él quien indujo a Manuel Zapata Olivella a buscarlos para su gira por Europa, pues conocía no sólo su calidad musical sino su significación cultural y los arrestos de su filosofía. El campesino de la región, dedicado a sembrar ñame, yuca y tabaco en la tierra que le alquilan los latifundistas, no cree que el arte deba ser la ocupación única de un varón común. Se le podrá apreciar el cantar la noche de incendio del sábado, pero el lunes deberá ir a deslomarse contra la tierra caprichosa y el bravo verano, pudiendo también en medio de las faenas o al final de ellas, dar noticias de su amor y su pena, en décimas, en gritos, en melodías, pues tampoco entendía hasta hace pocas décadas, la separación entre el arte y la vida.

Para él, todo puede ser el resultado de una "necedad", palabra que define la mezcla de curiosidad y persistencia que le ha permitido sobrevivir a la ruina, al abandono y a la violencia. La vida es una asombrosa necedad. Se necea la mujer, la tierra, los animales. La gaita se aprende neciando. La muerte sólo le cambia de tierra a las necedades. La obra musical de Fernández es el más necio (acucioso) inventario de las necedades de su mundo. Y Zabala sabía que Fernández era el gran necio.

Por eso cuando éste conoció a Zapata Olivella, lo llevó a la Esquina del Puente en San Jacinto, desenfundó su gaita junto con los otros músicos y no se puso a hacer discursos previos de cacorro sobre sus méritos individuales. Apenas le dijo:

-Pida.

La disputa interna

Después de la gira por Europa, los gaiteros visitaron muchos países: Panamá, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Honduras. Curazao, Ecuador. La visita a México fue uno de sus mayores éxitos. Al verlos con el sombrero vueltiao y las abarcas tres puntás, en el teatro Hidalgo y en el bosque de Chapultepec, los mexicanos les decían "los indios colombianos", y todos ellos, cerraban gozosos los ojos.

Al regreso se habían gastado en baratijas de recuerdo, el dinero ganado y pensando en la cara de sus mujeres lograron que su representante Jaime Gutiérrez Piñeres, les consiguiera una grabación con la compañía CBS. Catalino Parra cantó dos versos y Toño Fernández tres versos de la inmortal canción "La maestranza", pero esa yunta prodigiosa no impidió que años más tarde con la separación del núcleo legendario entre Parra y Fernández se suscitara una rivalidad interminable, pero agazapada, que se manifestaba con frecuencia mediante un gracejo irónico, una alusión despectiva.

El grupo había sido posible gracias a la comunidad de orígenes sociales y musicales de sus integrantes, todos ellos tributarios de una cultura originaria. Parra, aunque pertenecía a una zona geográfica algo diferente que privilegiaba el bullerengue y otros ritmos de esa parentela, era un percusionista formidable.

Los Lara recuerdan que a la hora de unirse con Fernández todos eran músicos campesinos andariegos, mal pagados y mal mirados, a los que la briosa juventud defendía de los estragos del desorden personal. Ellos y Fernández se habían tratado con los últimos gaiteros de la montaña, que aún tenían en la voz el rastro indio, y aunque bajaban a veces al pueblo a mostrar sus artes, no alcanzaron a grabar un disco, hecho que Fernández lamentó siempre.

La unión de los Lara y Fernández, tres temperamentos distintos, no fue un proceso rápido. Tocaban ocasional-mente fiestas juntos, hasta que los ensayos les permitieron un acople único y les mostraron el camino. La vinculación de Parra al grupo -ocurrida con la aparición de Zapata Olivella y la idea de una agrupación más estable y seria- siempre fue reclamada por Fernández como una decisión suya, al igual que todos los contratos, contactos y giras del grupo en esa época. Cuando alguien quería contravenir sus decisiones, Fernández le decía:

-Hazte jefe.

José Lara señala que la separación surgió por varios motivos: debido al pleito entre Parra y Fernández, ocasionado por la canción "Josefa Matía", por la inscripción exclusiva del nombre de Fernández ante Sayco, lo que, según Lara, les impedía recibir los beneficios que ellos creían merecer; por la necesidad de democratizar la conducción del grupo, una tarea compleja entre cantores y campesinos empecinados en mostrar sus méritos individuales, y que había llevado a impugnar poco a poco, la condición de Fernández como cantor mayoritario del grupo, ya que Juan Lara y Catalino Parra tenían, también, buenas voces.

José Lara asegura que después de las Olimpiadas de México hubo un amago de reconciliación para grabar un disco, pero Fernández ya no estaba interesado en esa unión. Tenía grupo propio y sus condiciones como músico y compositor seguían siendo excelsas. Varias veces reiteró que su férrea conducción del grupo había sido una de las razones del éxito en una tierra de artistas indisciplinados y de méritos de una sola noche. Su amistad con Juan Lara prosiguió más allá de las discrepancias grupistas; y era pródigo, extrañamente pródigo, en la alabanza de las virtudes musicales de Lara. Sin embargo, su distancia de Parra se mantuvo inalterable.

Ambos, Fernández y Parra, compusieron canciones donde la inventiva popular alcanza un alto grado de pureza y originalidad; a veces, como es usual entre los trovadores de la tierra, reelaboraron coplas y cantares que pertenecían al reino comunal de la tradición oral, o que eran reclamados por otros autores campesinos, como son los casos de "La maestranza" de Toño Fernández y "Manuelito Barrios", de Catalino Parra.

Uno era el mohán de San Jacinto, el pueblo de mayor linaje en la gaitería, el otro vivía en Soplaviento, un pueblo de pescadores ingeniosos, sobre el Canal del Dique; ambos poseían una inteligencia poco común como artistas populares, sólo que la de Fernández logró ser más diversa. Parra es mestizo con algunas facciones negroides, por lo que Fernández se refería a él, entre la gracia y la sorna de sus relatos, como "el negrito". Fernández era un indio acerado y creía que la música de gaita era de hegemonía india, opinión que compartían los Lara.

Pero a pesar de esta incesante rivalidad -condimentada hasta con chistes, y tal vez por ella- se respetaban a su manera, y en público mantenían una compostura invariable. Sólo que Fernández, tal vez también por los terrores numerosos que cercaban su vida, no se daba tregua en afirmar que el linaje de la música estaba en la gaita, no en los tambores. Parecía una batalla pueril por dejar constancia de una jerarquía innecesaria. Parra se sonreía de todo aquello, estático, humilde. Fernández insistía en creer que gaitero era el que tocaba la gaita o cantaba; lo demás era compañía.

La destrucción del pasado

Veinte años después, San Jacinto no era el mismo de antes, pues, según Fernández, las tradiciones verdaderas estaban casi aniquiladas. Calificó los carnavales como "un desorden" y afirmó que las ruedas de fandango no eran ya las mismas, desde que él y Juan Lara dejaron de ser sus animadores.

Treinta años atrás el pueblo tenía pocos radios, ni un solo televisor y ninguna discoteca, y los sábados en las tiendas -como Fernández recordaba- las muchachas pedían "dos libras de arroz, una de sal, un tantico de ajo y la ñapa en Toño Fernández", y él cantaba en la puerta. El hombre de San Jacinto conservaba sus recursos orales y narrativos, rondados por la poesía, y aún hablaba con los muertos y creía que lo sobrenatural era otra dimensión de la vida.

Con los años, al abandono cultural y a los espejismos del Estado, que nunca desanimaron a los gaiteros, se sumó una influencia externa más poderosa y corruptora: la del comercialismo sin alma, que, curiosamente, terminó involucrando otra música autóctona, -la llamada vallenata, pero en su deterioro temático y en su abyección rítmica- al lado de la avalancha informe de músicas extranjeras, y sobre todo, extrañantes, que son flor de un día, pero fueron cercando y secando la amplitud de las raíces y el honor social de la música de gaita. Esta durante años sólo despertó indiferencia y desprecio entre los jóvenes. Los músicos sanjacinteros vieron surgir, impotentes, toda una historización -con gurúes, teóricos, festivales y una maquinaria comercial aplastante- que proponía la soterrada hegemonía de la música vallenata en la historia musical del litoral, esa música que ellos conocieron desde siempre como música de acordeón, y componían y tocaban en sus ritmos esenciales con un sabor original. Fernández era, antes del apogeo comercial del vallenato, un destacado creador de merengues y paseos, ritmos que no pertenecían en particular a ningún folklor sectorial de la costa.

Andrés Landeros -un músico campesino que se inició con los gaiteros y anduvo con ellos, -se había presentado en dos festivales vallenatos ganando en ambos el segundo lugar, ante la inconformidad del público que advertía ya los indicios de manipulación del evento y la aparición de intereses extramusicales y de círculos familiares. Alejo Durán, el mohán del acordeón, se había negado a ser manipulado como jurado del festival vallenato; era uno de los pocos bienvenidos en la región de San Jacinto, por una sola razón: su fidelidad a los sabores originarios de la música popular frente a la mentira comercialista.

Pero los gaiteros más lúcidos -viejos como Fernández y jóvenes como Eliécer Meléndez- veían que su pueblo se precipitaba hacia la misma disolución cultural de otras regiones, lo que era la más dolorosa paradoja para la propia trayectoria histórica y las ansias sociales de los artistas populares costeños. La mayor parte de estos se levantaron no sólo contra el opresivo medio social sino contra las órdenes paternas, muchas veces violentas, que descalificaban el arte popular o trataron de implantar su desprecio en los hogares.

Aquellas prohibiciones y estigmas pueden entenderse como la correa de transmisión doméstica de viejos complejos culturales que, sobre todo, despojaban al pueblo de su voz interior. Además, los músicos y trovadores populares eran considerados -gracias a la inevitable bohemia que acompañaba y enriquecía la tradición trovadoresca- como una cáfila de borrachos ociosos, gentes de perdición.

Pero aún así la gracia radiante de los cantores terminó imponiéndose. Eran, además, al lado de la industria artesanal lo único que el pueblo podía mostrar al visitante.

Un desobediente excepcional

Desde los tiempos en que su padre se oponía a verlo convertido en gaitero y para toda su vida, Toño Fernández fue un desobediente excepcional; de no haberlo sido, no hubiera podido ser lo que fue. Desobedeció los escrúpulos de su padre y de los viejos campesinos de su misma vereda que consideraban el oficio de músico de gaita como una ocupación indigna. Desobedeció las propias tradiciones predominantes en el albor público de la gaita que privilegiaban la modalidad del son corrido y le incrustó letras de maravilla a las melodías. Desobedeció las obligaciones domésticas y se fue en la gira histórica por Europa y Asia. Desobedeció las prescripciones médicas sobre su salud y las humillaciones de los hospitales y se venía a reposar los achaques en su casa, cerca de la costilla de Encarnación González. Desobedeció las invitaciones permanentes a ser servil con la villanía comercialista que le paseaba hacedores de rancheras vueltos millonarios de la noche a la mañana y le pedía adulterar los elementos auténticos de su arte.

Esa desobediencia, criada desde cuando era un niño espantado y feliz en la soledad del monte, era la sustancia de su espíritu y logró afianzarle una de las mejores conquistas: el orgullo. Cuando ese espíritu ya no tuvo cuerpo para seguir manteniendo el orgullo en alto mediante la música ante la multitud, el hombre comenzó a morirse.

Saldos del orgullo

A sus 70 años a Toño Fernández le ha quedado -como restos triunfales de un naufragio- un orgullo invariable que magnifica sus recuerdos, vuelve arrogante su palabra, pero no borra el terror del fondo de agua de sus ojos ni lo amista con las vecindades de la muerte. Algunos de sus amigos dicen que el orgullo está justificado por una vida creadora casi incomparable. Ahora, es un recurso contra el olvido, que lo acompañará a la tumba, pero es un recurso que no cesa: lo lleva a considerarse no sólo el mejor gaitero de la región sino el mejor compositor, el mejor cantor, el mejor repentista y el más completo de los folkloristas.

Sin titubeos ni rebuscamientos, casi sin darse cuenta, durante horas enteras. Fernández lo dice, lo acentúa, lo repite hasta el cansancio o un pausado delirio. Como quien se limita a desempolvar una vieja verdad manifiesta, ya aceptada por los otros hombres y el tiempo.

Su prodigiosa memoria no ha sido suficiente para retener toda su obra, aunque en los últimos años ha hecho grabar algunas canciones. Cuando Fernández está melancólico, su memoria se engatilla. Entonces muchos cantos y décimas que habitaron su memoria, comienzan a convertirse, con los años y el desengaño, en rastros titubeantes de una imagen, flecos de un instante, pasto del olvido.

Y ya no vuelven. Sólo a veces entrecerrando los ojos, peleando con un enemigo invisible e infinito, Fernández logra traer de vuelta un verso de cantar, un trocito de décima. En una ocasión, tras muchos minutos de concentración pudo volver a cantar una décima hermosa y obscena que les cantaba a las mujeres por las calles de Madrid. Mostró su risa agreste, que desapareció sin ahondarse y se quedó en silencio.

-Fíjese -dijo entre pícaro y desolado- A veces sale algo.

Días de monotonía

Después de ser abandonado por la música y la multitud, la vida de Fernández está dominada por una monotonía de lidia ardua y por miedos numerosos, inconfesos, de los que se defiende como puede: sentándose en la colina de su casa a hablar pestes de los muchachos que se emborrachan en las cantinas cercanas; a destacar, como un rito, su diferencia con otros compositores que se hicieron ricos y estúpidos, arropados por el aluvión comercial o el poder oficial; a esperar que, de pronto, a la caída de la tarde, un viejo como él, de abarcas y sombrero, se acerque a ofrecerle sus respetos y a comentar los viejos tiempos.

Los años lo volvieron aún más arisco, según recuerda Adolfo Pacheco, gran músico y uno de sus amigos más leales. Fernández dirigía a veces, su recelo sin rumbo hacia el mundo. Su cuerpo había comenzado a pagar la extensa deuda con una vida de alcohol, tabaco (llegaba a fumarse más de 50 cigarrillos en un día) y trasnochos, la vida corriente del cantor popular que tenía que irse por pueblos y parajes, y estropearse el corazón para hacer versos perdurables y gastarse el cuerpo para extender la alegría. Hace pocos años en una fiesta de amigos, Fernández se apartó con el rostro contraído en una mueca. "Me duele el mulengue, me duele", dijo. Debió operarse una pierna en un hospital de Barranquilla, se voló de la convalecencia y pagó los gastos con el dinero producido por su canción "La mica prieta".

Después, una enfermedad de origen respiratorio y a la que él no hacía caso, como si fuera una mujer necia, lo arrancó de cuajo del cantar y lo apartó de la plaza. Al alcalde del pueblo, que quiso obligarlo a cantar en una fiesta familiar, Fernández lo amenazó con cantar sobre el padre de aquel, recién muerto, de modo, dijo, "que usted y yo lloraremos juntos".

Algunos homenajes con políticos a bordo y admiradores ocasionales le produjeron cierto alivio pasajero, pues en ellos pudo reiterar su grandeza, aunque siguió confundiendo el hecho posible de su muerte con el de la muerte de la música de gaita.

Sin embargo, las noticias de las muertes de sus viejos amigos gaiteros -de Nolasco Mejía, de Juan Lara, entre otros, -la pequeñez de sus ingresos económicos y la destrucción de los modos de la vieja cultura pueblerina, lo pusieron de frente a su peor soledad.

“Yo nunca fui llorón”

De repente, mientras construye, con su voz de ráfagas, el último espejismo de su suave vanidad, Fernández se calla. Todo su rostro de indio -sus ojos pequeños y poderosos, sus pómulos enfáticos, su boca empuñada- se congestiona. Parece el de un hombre que lidiase un animal bravo, mortífero. Un instante después, Fernández llora.

Ni siquiera cuando llora, aquellos ojos se ponen en paz con el mundo exterior. Después de cinco años de haber dejado la música para siempre, Fernández llora, llora sin pudor y con matices; a veces el llanto se rompe en un suspiro, a veces es un lagrimeo convulso, al que todos en su casa parecen adaptados. Alza a veces una mano explicativa para decir:

- Mire, qué vaina, yo que nunca fui llorón.

Abre la boca otra vez, mira al perro lánguido, costilludo, echado a sus pies y quiere hablar. Sus ojos elaboran una nueva mirada, tal vez más viril pero su boca no obedece. Entonces se rinde y llora, como los hombres de su tierra: sin apartar el rostro.

Entonces da una de las muestras más patéticas de que en Fernández ha habido un poeta grande. Indica que no soporta el recuerdo porque es la vida.

-Son la misma pendejá- dice y va terminando de llorar.

Gaiteritos, no más

La vida de Fernández es ahora una batalla perdida contra la última monotonía. Por las tardes saca su taburete y se sienta en la puerta de la calle, a rumiar recuerdos y ver pasar gentes cuyos rostros ya no le entusiasman. De una cantina cercana salen los borrachos y él los mira. Dice enseguida algo rápido, acusador e ininteligible.

Cuando se decide a dar una vuelta por el pueblo, Fernández recibe saludos en las esquinas. Ahora de regreso a casa, se detiene a ver un grupo de gaiteros jóvenes que tocan la música con más esfuerzo que ensueño. Oye la voz del juvenil cantor y sus ojos se entrecierran.

-Pura pendejá- farfulla.

-¿No le gustan?

-Ya aquí no hay nada. Esto se acabó. Puro gaiterito. ¿Qué será de todo esto cuando yo me muera?

Vuelve a mirarlos intensamente. Después inicia en firme el tránsito hacia la loma Santander, donde está su casa. Por los corredores de las casas, pasan muchachas airosas, de pechos pujantes y faldas breves. Huelen a jabón de monte, a lona nueva, a confite de anís. Fernández siente el cambio de olor en el aire suyo.

-Mujeres- dice. Apaga la voz para añadir: Ya ahora no se puede pues hay que calentar mucho antes y si la cosa no funciona, hay algunas mujeres que se ríen, y eso no lo aguanta un hombre. Mejor se queda uno con su viejita y en cualquier rato hace su travesura.

Sigue subiendo la loma. De repente, se detiene y jadea.

Viejos hombres lo saludan, ceremoniosos, y él responde con un monosílabo montaraz pero cordial. En la cercanía se oyen los pitos endebles de los jóvenes gaiteros.

-Me da rabia cuando oigo estas cosas. Por eso es que no salgo. Cuando Toño Fernández cantaba, eso se oía desde la plaza hasta la carretera.

“Ya borré la vida"

Fernández se convirtió en un animal cansado, sedentario, huidizo y de costumbres inalterables. "Por ejemplo -decía-me acuesto y ya no sueño. Me mando a no soñar. ¿Para qué? Ya borré la vida". Una de esas costumbres que comenzaron a presagiar su muerte fue el inesperado temor por la música. Muchos músicos, a la hora del retiro, saben refugiarse en una nostalgia atónita pero llevadera, que no les impide oír ni celebrar con amigos las canciones de su vida. Fernández se apartó de la música como de una trompada.

Confiesa que no sabe por qué, pero no puede oírla, no quiere. Incluso, hizo vender las dos gaitas que quedaban en su casa, y su alcoba adquirió una desnudez inmerecida que a él le parece plácida.

-Así es como tiene que estar -dice desde su hamaca, custodiado por el perro.

Ha ido más lejos: prohibió que se cante en su casa. Las nietas saltarinas que ayudan a su mujer Encarnación deben ingeniárselas para cantar cuando él no está.

-Ya ellas saben lo que les pasa conmigo- amenaza Fernández-. En esta casa no hay cupo para esa vaina.

Jugando la vida con un perro

Fernández se revolvió en la hamaca y terminó de despertarse de la siesta. Enseguida comenzó una larga pelotera con el perro de la casa. Un perro flaco, sin raza ni gracia, que sabe interpretar la soledad arisca de su dueño.

Aunque el perro esté lejos de sus abarcas. Fernández lo amenaza diciéndole que como se las coja le pega. El perro conoce esa invitación. Entonces da la vuelta por la sala y hociquea las abarcas, antes de retirarse hacia la puerta dando saltitos. Fernández vuelve a mirarlo con una dureza especial y le muestra el puño. Otra vez el perro da la vuelta y otra vez Fernández.

En este juego pueden demorar hasta una hora. Al final, el tenso rostro del viejo parece el de alguien que se está jugando la vida. Cuando el perro pone fin al juego saliendo al comedor, Fernández se incorpora en la hamaca y se pone las abarcas. Entonces dice:

-Un día de estos va saber este animal lo que es bueno.

El viejo entre tantos recuerdos

En vísperas del almuerzo, Fernández, descamisado y obstinado, indaga por la comida con varios ruidos estripados, hasta que lo tranquiliza su mujer, que es la única que conoce todos esos sonidos descalabrados en que ha concluido su voz de mando. En vez de hablar, Fernández se acompaña de gesticulaciones muy veloces, de unos ojos que siguen irradiando un fulgor autoritario y un abundante recelo. Su mujer, Encarnación, oye sus relatos, sin levantar la vista de la máquina donde cose vestidos. Durante días lo oyó hablar sin interrumpirlo. Sólo una vez lo hizo.

Nos quedamos los tres en la casa, pues había comenzado a caer una tempestad arrasadora que quería destrozar los canales de desagüe. El patio estaba iluminado por los relámpagos, pero Fernández, impasible, seguía comiendo su almuerzo con una cuchara y las migas de comida las hacía bolitas antes de tirárselas a los animales: el perro y las gallinas, los patos y los cerdos.

-Pruchi, je hay para todos -les dijo. Luego mencionó algo confuso sobre la lluvia y el hombre, y dijo que en Europa no llueve como aquí. Su mujer, Encamación, dijo de repente:

-Todo el mundo habla de Europa, de los que se fueron a Europa, pero no de las que nos quedamos aquí.

Contó enseguida cómo, durante la famosa travesía a Europa, sus pequeños hijos salían a vender bollos por las calles para ganarse la vida y mantener la honra de la casa, en medio de la espera angustiosa que duró años; cómo no recibían una sola línea de carta en un pueblo que tampoco preguntaba por ellos y comenzaba a considerarlas viudas; recordó que algunos amigos iban a darle noticias de ilusión sobre las aventuras de su marido y sus amigos en países remotos, con nieve y trenes, donde eran aplaudidos y famosos. Y recordó el día que Toño apareció por la casa. sin rastros de aquel triunfo tan lejano, y más que un hombre triunfante le pareció un machetero más que volvía a su casa, cansado. al atardecer. Pero era el final de aquello que a las mujeres de los gaiteros les pareció un bullanguero pero peligroso disparate.

Encamación asumió esa soledad sin hombre como otra imposición del destino y su amor siguió igual, abastecido por las costumbres de la lealtad. A lo que más se atrevió fue a desanimar a sus hijos de la música y a desdecir, en voz alta, de los gaiteros borrachos.

Oyéndola hablar ese día. Fernández se quedó callado en la silla. Dejó de hacer bolitas de comida y los animales se dispersaron. De repente, soltó un pujido y comenzó a llorar, y los animales alborotados regresaron a sus pies para pedir más comida. Su mujer se puso en pie y fue hacía él:

-Ya mijo, eso ya pasó, ya- dijo ella, mientras le sobaba la cabeza.

San Jacinto, 1987- 88

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