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Matachines del Tolima, demonios y guerreros de la cultura pijao

De la cultura tolimense el ícono más importante es el matachín, seres mitológicos representados en el folclor que se vive durante las fiestas de San Juan y San Pedro.
Cenuver Giraldo

Los matachines, con sus trajes coloridos, hechos de retazos de telas de múltiples clases y sus máscaras zoomorfas creadas por artesanos modernos, no fueron en sus orígenes como los vemos hoy en cada desfile durante la Celebración del Festival Folclórico Colombiano en el Tolima, como se aprecian en las festividades del Corpus Cristi en el Guamo, del San Juan en Natagaima o del San Pedro en El Espinal.

Al contrario de la alegría que deviene de las celebraciones donde participa el matachín en la actualidad, su génesis se remonta a la sabiduría chamánica, a las estrategias de guerra y los rituales religiosos de los indígenas Pijao.

Narra Nelson Martinez Criollo, Chamán de la comunidad de Los Seborucos en Chaparral, Tolima, que los curanderos de la antigua nación pijao usaban máscaras realizadas con greda gris durante sus rituales de curación.

Matachín

Entre sus saberes conservados desde la tradición oral, manifiesta que los curanderos “se ponían las máscaras y hacían gritos desgarradores de sanación” que en la cultura blanca se conocen como exorcismos, chamanismo o espiritualidad.

Los Pijao usaban el miedo como medicina.

Para los pijaos, el miedo ayudaba a espantar los males, por eso, cuando el curandero estaba realizando el ritual, invocaba a los espíritus quienes se manifestaban en extraños seres que el enfermo confundía con demonios y al salir corriendo se espantaban también las enfermedades que aquejaban al doliente.

Aquellas manifestaciones mitológicas eran representaciones de miembros de la comunidad, quienes con sus máscaras reforzadas con cortezas como calcetas de plátano y pintadas con colores extraídos del achote, el dinde, el curador y el sangregado, interpretaban la aterradora escena de espanto y sanación.

Los matachines como estrategia de guerra

Con la llegada de los españoles a las tierras de los Otaima (Ortega), los Nataima (Natagaima) y los Coyaima, los pijao tuvieron que enfrentarse a la ambición europea y basados en el camuflaje de la iguana y del camaleón, popularizaron entre sus prácticas el uso de los trajes conocidos como los primeros matachines del Tolima.

Por esa época que se remonta a finales del siglo XVI y principios del XVII, los europeos se encontraron con una gran resistencia por parte de los indígenas de esta región, quienes se hacían invisibles entre la vegetación por sus trajes de harapos, musgos, plantas, hojas secas, cortezas, bejucos, iracas y otros elementos naturales; invención que hoy se continúa utilizando por parte de las fuerzas militares durante sus incursiones en zonas de conflicto donde predomina la vegetación.

Matachín

Señala Gildardo Aguirre, reconocido folclorista tolimense que la palabra “matachín” o “matacho” significa “defensa de” mientras que Nelson Criollo lo explica desde la lengua pijao como la traducción de la frase “a mí no me matan”.

En otras culturas el término se relaciona con la palabra “matador” que, en todo caso, guarda la relación etimológica con el uso que se le dio a esta práctica como estrategia de combate, un campo en el que los pijaos fueron de los más feroces y salvajes guerreros.

El mestizaje del cristianismo y los rituales indígenas

Establecidos en las tierras del Tolima y ante las dificultades de los sacerdotes para convertir a los indígenas al cristianismo, entablaron invitaciones amables a las comunidades para participar de rituales religiosos en los cuales esperaban identificar a los chamanes o mohanes quienes eran en su momento los caciques o líderes de las tribus.

Sin embargo, la desconfianza sembrada en los pijaos por los doscientos años de historia de colonización, los llevó a participar de estas reuniones utilizando los atuendos, con los cuales resultaba imposible para los españoles identificar a los líderes, distinguir si aquellos eran hombres o mujeres o incluso saber si el chamán se encontraba entre los invitados.

Según Gildardo Aguirre, “fue la misma religiosidad la que no permitió que los matachines desaparecieran” pues en el ejercicio de aculturación, los mismos sacerdotes, para introducirlos en rituales católicos, adoptaron los matachines como una representación del bien.

Cabe señalar que en las tradiciones españolas, unos personajes similares a los del matachín son las mojigangas o las jarramplas, las cuales se remontan a las festividades religiosas en cuyas representaciones, al igual que en las de los matachines contemporáneos, también se impone el bien sobre el mal.

La comparsa de los matachines

En la actualidad, la comparsa de los matachines integra al diablo y una virgen o una mujer matachina, como protagonistas de un juego en el que el diablo intenta por todos los medios atraparla. Los matachines intervienen, algunas veces protegiendo a la matachina y otras veces encerrando al diablo. Ellos corren, saltan, caminan, hacen paso de rajaleña acompañado con movimientos de hombros, brazos y troncos.

El diablo por su parte hace pantomimas, persigue a la virgen, trata de entrar a donde ella se encuentra, se hace el caído, corre, se sienta, se revuelca y patalea tras nunca poder cumplir su cometido.

Matachín

La coreografía en la que aparecen figuras propias de las danzas indígenas del sol, de la luna, de la perdiz y de la chicha, concluye con una barbacoa hecha con las varas de los matachines donde en lo alto se posa la matachina como señal del triunfo del bien que logró derrotar al mal. Todo esto ocurre en presencia de turistas que gritan y avivan la comparsa, motivan al diablo para que no desfallezca y gritan asustados cuando casi tiene a la virgen en las manos.

Los aplausos siempre acompañan el final de la presentación, aunque en el fondo, todos quisieran saber qué propósito tiene el diablo con la Virgen, pues durante siglos desde que hizo por primera vez esta danza en alguna celebración al sur del Tolima, el diablo jamás ha logrado atraparla.

 

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