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Foto: Colprensa. Junio de 2018.

La verdad sobre los incendios forestales en Colombia

Juan Ricardo Pulido

Por: Juan Ricardo Pulido

De acuerdo con el Instituto Distrital de Gestión de Riesgos y Cambio Climático, un incendio forestal se puede definir como el fuego que se propaga sin control, consumiendo material vegetal ubicado en áreas rurales de aptitud forestal y cuyo tamaño es superior a 0.5 hectáreas.

Reportes de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres señalan que en lo corrido de este año, es decir, en apenas cinco meses, 25.000 hectáreas de bosque han sido consumidas por las llamas en Colombia.

Ese tipo de incendios está acabando con nuestros recursos naturales.  Más del 90% de los incendios registrados en el país, tienen origen antrópico, es decir, causados por el hombre. Es natural entonces, que Colombia se ubique en la undécima posición entre los países con mayor pérdida de superficie forestal en los últimos 25 años, según Naciones Unidas.

Mucho más que una colilla

Aunque es cierto que muchos de los focos de estos incendios corresponden a descuidos o hechos accidentales, en la actualidad la lupa está puesta en prácticas que tienen que ver más con procesos de colonización, ampliación de frontera agrícola o como recientemente se ha mencionado ‘potrerización, que no es más que acabar con la capa forestal y crear un potrero.

No es casualidad que los mayores focos de incendios forestales se hallen en los departamentos que cuentan con enorme potencial petrolero o que se ubiquen en territorios por los que se espera, pasará la ‘marginal de la selva’. Zonas como la carretera que conectaría a Ecuador con Venezuela, atravesando la espesa selva colombiana, atravesando la puerta a la Amazonía, por los departamentos de Guaviare, Caquetá, Vichada y Meta.

Para Jorge Contreras, biólogo de la Universidad Nacional de Colombia, con experiencia en el Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional y el Instituto de Investigaciones Amazónicas SINCHI, las quemas extensivas tienen un fin. 

Las zonas de potencial para explotación petrolera fueron definidas hace más de seis décadas. Ante la salida de estas áreas de la guerrilla de las Farc, el único impedimento es que los terrenos a explorar no representen riqueza biológica.  Que los sitios que se adecúen para exploración sísmica, ya hayan sido transformados. En otras palabras, que encuentren un potrero, no un área boscosa.

Las cifras no mienten

Por su parte, Veruzca Nieto, administradora de empresas, cofundadora de la ONG Vivos VZW​, quien lleva 5 años acompañando a las comunidades del Área de Manejo Especial de la Macarena AMEM Macarena, los hallazgos y las cifras obtenidas hablan por sí mismos.

Dentro del área del manejo especial del territorio de la Macarena, cercana a los 5 millones de hectáreas, en tan solo tres meses fueron hallados 9 mil 80 focos de calor, de los cuales, 5 mil 439 benefician a bloques petroleros, que cuentan con licencias otorgadas antes de la firma de los acuerdos en zonas de conflicto.

Allí no existía la posibilidad de adelantar estudios para medir el impacto ambiental al otorgar estas licencias.  "Los únicos beneficiados de esos incendios forestales, son unas empresas que han obtenido licencias viciadas de corrupción", señala la experta.

Mil años de historia que podrían desaparecer

En la región amazónica en el departamento de Guaviare, se encuentra  Cerro Azul, a 47 kilómetros de San José del Guaviare.  Allí, escondido hace más de mil años, yace un conjunto de pictogramas que fueron elaborados en las rocas por tribus indígenas. Esa riqueza de orden arqueológico y también biológico estuvo seriamente amenazada el pasado mes de febrero.   

Cuenta Diego Pedraza, antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, conocedor del patrimonio arqueológico de la Serranía de La Lindosa, que fue la comunidad quien alertó, tomó las acciones y logró frenar el avance de esta tragedia.

“Fue José Noé Rojas desde Cerro Azul, quien durante una semana estuvo dando gritos de auxilio porque se estaba quemando el cerro. Y no fue escuchado durante esa semana.  Sin él se hubiera perdido para siempre 12000 años de historia de la humanidad”, relata.

José Noé, habitante de la región, se convirtió en guardián del territorio. Fue la comunidad misma quien elevó la alerta, caminaron horas enteras buscando señal en sus equipos móviles para lograr enviar imágenes a los medios de comunicación y con suerte captar su atención. 

Don Noé dejó de lado sus tareas en la finca, para atender el incendio.  Amanecía y salía con sus hijos y timbos de agua. Subían al cerro y a punta de señas guiaba a los pilotos de los helicópteros sobre dónde tirar los litros de agua.

Posteriormente caminaba unas cuantas horas más con sus hijos para completar las tareas de extinción. Fue Don Noé quien salvó Cerro Azul.

La tarea por hacer

Para Diego Pedraza, aún hay mucho por hacer.  Si bien es cierto que la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y Oriente Amazónico, Guainía, Guaviare y Vaupés (CDA), hace decomiso de motosierras, aplica multas, y genera controles, estas medidas son mínimas.

Todo está por hacerse, cada mirada y cada voz cuentan. De acuerdo con los expertos consultados, es importante trabajar en control estatal, articulación entre las entidades y las comunidades, erradicar prácticas dañinas o riesgosas, ofrecer pedagogía ambiental, adelantar una reforma que les permita a los campesinos apropiarse y proteger el territorio.  

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