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Foto: Jhon Fajardo Sánchez.

El Nobel de Paz que nació en medio de dolor y resistencia pacífica en el Carare

Por: Angélica Blanco Ríos - Radio Nacional Bucaramanga

“A todos los que quieran saber mi tragedia la voy a contar”, canta Vicente Fernández y lo acompañan, a una sola voz, los vecinos de mi mesa. Estoy en una de las 60 sillas que tiene ‘La Tata’, el recinto donde Josué Vargas, Saúl Castañeda y Miguel Ángel Barajas, fundadores de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare (ATCC), quienes buscaron la paz insaciablemente en Cimitarra (Santander) y la periodista Silvia Duzán, -que documentaba su historia para la BBC, de Londres-; murieron la noche del 26 de febrero de 1990. 

Los responsables fueron sicarios que, con una lluvia, como la que cae hoy, pero de balas, ‘escribieron’ la historia que baña a la mesa del lado en la que me encuentro: la siete. 

De eso dan fe los cimitarreños, ellos saben bien qué pasó y lo cuentan susurrando, como si alguien escuchara lo que hablan o vigilara lo que hacen, como en los viejos tiempos en los que la guerra tocó a sus puertas y los campesinos del Carare a punta de honor y dolor, la sacaron. 

Hoy, quienes viven en este pueblo, ubicado a cuatro horas y media de Bucaramanga, son la prueba fehaciente de que “ni la impunidad más perfecta puede contra la memoria”, como lo escribió la periodista María Jimena Duzán, en la página 20 de ‘Mi viaje al infierno’, libro en el que narró cómo en aquella mesa del rincón murieron su hermana y tres campesinos que le regalaron a su comunidad, con el sudor de su frente, el famoso Premio Nobel Alternativo de Paz, el 9 de diciembre de 1990. 

Cinco años después, las Naciones Unidas, en Nueva York, les otorgó el galardón ‘Nosotros el pueblo, 50 comunidades’. 

Ambas condecoraciones las ganaron por haber desplazado a los actores violentos mediante una resistencia pacífica, que logró formalizar, en el suroccidente del departamento de Santander, un acuerdo de paz 29 años antes del que se firmó en Cartagena, el 26 de septiembre de 2016, entre el Gobierno y las Farc, pero que se forjó en La Habana (Cuba), desde el 23 de febrero de 2012. 

Los protagonistas fueron 3.000 campesinos que una tarde de mayo de 1987, reunieron a sus familias enteras en la vereda La Zarca, que se da lugar en el municipio de Bolívar, frente al río en el que flotaban los muertos que dejaban quienes aterrorizaban y mantenían a la población civil en medio de fuego cruzado en los años setenta y ochenta.

El motivo del encuentro era claro, tenían que responder a cuatro alternativas que planteaban los frentes 11 y 23 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), el Ejército Popular de Liberación (EPL) y Muerte a Secuestradores (MAS): “Se unen, se arman, se van de la región o mueren”.  

Sin embargo, estos grupos lejos estaban de imaginarse que quienes vivían de sembrar maíz, arar la tierra y buscar esmeraldas con sombrilla en mano, con la esperanza de algún día tener suerte y cambiar su vida, propondrían una quinta opción: la de hacer frente y dar el todo por la paz. 

“No aceptamos ninguna. Los que se tienen que ir son ustedes. Nos dejan en paz o nos matan a todos”, explica el taita de esta zona, Orlando Gaitán, quien recibió el Nobel tres años después de que le dieron la espalda al conflicto que dejó más de 500 muertos ‘dateados’ entre 1970 y 1987. “Sin contar los que no están registrados”, añade un campesino que nos acompaña. 

La historia de dolor que no se pudo llorar en el Carare 

Corrían los años setenta, cuando hombres con supuestos ideales de revolución, se adentraron en la selva que hoy oxigena a quienes habitan la provincia de Vélez, un lugar verde, que para la época se convirtió en un río de sangre. 

Mauricio Hernández Hernández, vicepresidente de la ATCC, recuerda que en aquel mayo de 1987 todos tenían miedo, pero que eso los llenaba de ganas. Eran campesinos pertenecientes a 36 Juntas de Acción Comunal, nacidos en estas tierras calientes y húmedas, en las que, en las aguas oscuras y turbulentas iban y venían balsas de desplazados que decidieron enfrentar a los guerrilleros que por años, mataron a sus hijos, esposas y hombres. 

Uno de los valientes fue Luis Alberto Téllez Olarte. Nació en el corregimiento de Sabana Grande (en Sucre, Santander) el 12 de octubre de 1963 y años después “cuando era joven y bello”, cuenta entre risas, llegó a un asentamiento humano que se abre paso frente al río Carare. Su nombre es La Pedregosa. Queda a dos horas del corregimiento de La India y aunque está cerca de Cimitarra, pertenece a Landázuri, municipio santandereano que limita con este y al que llegó por cuestiones que solo sabe el destino, dice. 

Foto: Jhon Fajardo Sánchez.

A allí, solo se llega en balsa y falta todo: agua potable, gas, electricidad y trabajo, pero es feliz, pues vive con su pequeña Sharith, de cinco años y su esposa de 23. 

Cuenta que antes de ellas la vida le hizo pasar situaciones que no se borran de su  memoria. “Nunca voy a olvidar una vez que frente a mi casa encontramos a una niña flotando en la quebrada. Tenía un tiro, creemos que puso la mano en su cara y le pasó a la cabecita (…) Me daba miedo recogerla, pero no yo iba a dejar que se la comieran los animales. Acá, los grupos esos no nos permitían llorar los muertos, mucho menos levantarlos”, repite este hombre al que le brillan los ojos y empieza a sudar cuando recuerda que ser víctima del conflicto lo alejó de su familia durante mucho tiempo, pues una noche, escondido en una canoa le tocó huir, porque lo tenían amenazado.  

Pero a Luis, poco le importó lo que el EPL, las Farc y MAS, le tuviera prohibido a él y a sus vecinos. “Me armé de valor, levanté a la niña, la llevé a unos metros de mi casa y la enterré allí”, apunta con su dedo, al lado derecho de la que hoy es una tienda comunitaria que administra y que le da el sustento para mantener a su pequeña familia y que suple las necesidades de las demás que habitan en La Pedregosa, invasión en la que hay luz gracias a unos páneles solares viejos que donó la Gobernación de Santander, pero a los que nunca le ha hecho mantenimiento. Es decir, sirven a medias.  

Foto: Jhon Fajardo Sánchez.

Y mientras al fondo suena un acordeón viejo y la voz de ‘Vicentico’ entonando “Los caminos de la vida, no son lo que yo esperaba, no son lo que yo creía, no son lo que imaginaba”, Luis explica que sí, que su camino, fue difícil de recorrerlo, pero que gracias a sus buenos pasos y a los de los demás “héroes en esta tierrita respiramos paz”, repite, mientras suspira, como si el aliento y la esperanza, fueran uno solo. 

Por ahora, se sienta en su tienda, con su hija, su esposa, mira al cielo, que se asoma desde la puerta de madera y desde una ventana verde piensa en su madre, en Dios y en su vida, que espera sea larga. 

Sueña con que Sharith sea profesional y para ello está trabajando. Tiene un pozo de cachamas, las vende en la tienda a veces y cultiva cacao y plátano.  

Foto: Jhon Fajardo Sánchez.

Inmersos en el cajón del olvido

A pesar de que los campesinos del Carare hicieron historia hace tres décadas y que tienen la piel dura de tanto resistir, su corazón sigue dolido. Se les nota cuando posan su mirada sobre sus casas, sobre su selva, sobre sus historias. 

Pues aunque buscan mantener la paz y llevar a cabo proyectos que eleven su calidad de vida, no es tan notorio como debería. Basta con recorrer horas sus calles polvorientas y descuidadas, para darse cuenta que siguen siendo invisibles ante los ojos del Estado o el departamento de Santander. Allí, abrir una ducha es dejar caer agua con arena, ni hablar de la que deben consumir las familias que no tienen para comprar agua potable. 

No hay alcantarillado. Todas las aguas negras caen al río, por el que ahora no flotan muertos, sino balsas llenas de comida y mercado para las comunidades cercanas. Las escuelas son de tabla y hay pocas. No tienen señal de celular ni mucho menos de internet. Están desconectados del mundo.

“A esta población la dejaron a un lado y es aterrador ver su capacidad de resiliencia, de superar circunstancias que marcaron y marcaran a sus generaciones y a sus comunidades. Ver esto es ver esperanza. Definitivamente el Gobierno necesita prestarle atención al tema social, al tema de educación, de salud y en general a todo lo que hace falta acá”, explica Jhon Fajardo Sánchez, sociólogo que junto a mí, recorrió, sintió y escuchó a los sitios que marcaron la historia y que hoy son considerados únicos, frente al Carare, afluente que recorre 170 kilómetros, desde Cundinamarca hasta Santander y que hace parte de la arteria del Magdalena y que a orillas vigila a Bolívar, La Belleza, Sucre, Cimitarra y Landázuri; todos municipios santandereanos en donde se respira la paz que firmaron con los grupos guerrilleros, pero en el que aún hay bandas criminales y vive gente con dolor, pero con sueños.

“Sueño con ver a Colombia libre, por eso tengo en las ventanas de mi casa una bandera de Colombia y otra blanca, la primera significa paz y la segunda, libertad”, asegura María Elena Triana Montaño, habitante de La India. 

Foto: Jhon Fajardo Sánchez.

“Yo fui víctima del conflicto porque perdí bienes, muchas cosas a causa de la violencia, pero hoy celebro que el dialogo con la gente del conflicto sirviera. Creo que el aporte que podemos dar los colombianos es ser honestos, ser personas buenas y ser amables”, concluye esta mujer que, sentada en una esquina de este corregimiento, explica que efectivamente los fundadores y todos los que pertenecen a la ATCC se consideran héroes y lo son.