Cácota de Velasco: donde la arcilla guarda la memoria y el turismo la despierta
En lo alto de la cordillera, donde el viento baja frío, persistente, y la neblina se aferra a los tejados como si quisiera quedarse a vivir entre ellos, aparece Cácota de Velasco. No se llega aquí por accidente. Hay que buscarlo. Hay que tomar la decisión de subir, de dejar atrás el ruido, el apuro, la velocidad de las ciudades, y aceptar, casi sin darse cuenta, que el tiempo en este lugar no corre: se queda.
La carretera serpentea entre montañas verdes, profundas, casi intactas. A cada curva, el paisaje se abre como una promesa. Y cuando finalmente el pueblo aparece, lo hace sin imponerse: discreto, blanco, silencioso.
Las calles empedradas reciben al visitante con un sonido seco, constante, que acompaña cada paso. Las fachadas, de muros claros y puertas de color marrón, parecen detenidas en otra época. Aquí, cada esquina guarda una historia, incluso cuando nadie la está contando.
El aire huele a leña, a tierra húmeda, a café recién hecho. En las mañanas, una neblina espesa cubre el pueblo como un manto antiguo, y poco a poco el sol la va levantando, dejando ver los contornos de un territorio que no se apresura. Aquí no hay urgencias. Hay pausas. Hay silencios largos. Hay miradas que se sostienen.
En medio de ese ritmo pausado, aparece la voz de Virgilio Villamizar, un hombre que no solo conoce la historia del municipio, sino que la habita.
Su forma de hablar es tranquila pero inquieta, como si cada palabra tuviera que acomodarse primero en la memoria antes de salir. “Cácota significa tierra alfarera”, dice, sin necesidad de énfasis.
El significado no es un dato: es una certeza. Explica que el nombre proviene de los indígenas chopo, babega o cacotas, pueblos que ocuparon estas montañas mucho antes de la llegada de los españoles, y que hacían parte de la nación muisca.
“Ellos no solo vivían aquí, entendían la tierra”, añade. Y esa idea se siente en todo el pueblo. En el color rojizo de los caminos, en las manos que aún moldean la arcilla, en la forma en que la gente habla de su territorio.
La arcilla no es un recurso: es una herencia. Con la llegada de los conquistadores en 1549, bajo el mando de Pedro de Ursúa y Ortún Velázquez de Velasco, estos territorios fueron rebautizados como tierras de los chitareros.
Cambiaron los nombres, cambiaron las formas de organización, pero la esencia se mantuvo intacta, resistiendo en lo cotidiano, en lo invisible, en lo que no se escribe.
Más arriba, donde el camino se vuelve más estrecho y la vegetación más espesa, se esconde uno de los secretos mejor guardados del municipio: la laguna del cacique Cácota. No es un lugar que se revele fácilmente.
Hay que caminar entre pinos y frailejones, hay que seguir senderos que parecen perderse, hay que dejarse guiar. Cuando finalmente aparece, el agua está quieta, casi inmóvil, reflejando el cielo como si fuera un espejo antiguo.
No hay ruido, no hay intervención, solo una sensación de respeto profundo. Es un lugar donde el turismo no llega a transformar, sino a contemplar.
Pero Cácota no termina ahí. Es también la antesala de uno de los ecosistemas más imponentes de la región: el Páramo de Almorzadero.
Desde el municipio, la montaña se eleva hasta convertirse en páramo, y el paisaje cambia. Los árboles desaparecen y dan paso a los frailejones, que se levantan como guardianes silenciosos, cubriendo el territorio con su presencia milenaria.
El aire se vuelve más frío, más puro, más denso. Allí nacen las fuentes de agua, allí la vida se sostiene en equilibrio.
De regreso al pueblo, la historia vuelve a tomar forma en las voces de su gente. Shirley Parra habla mientras sus manos trabajan la arcilla con una precisión heredada. No necesita mirar lo que hace.
“Dicen que por estas calles pasó Simón Bolívar”, cuenta, como si relatara algo cercano. “Y que fue aquí donde se enamoró de la chicha de habas”.
La bebida aún se prepara en las casas, espesa, caliente, con ese sabor que mezcla lo cotidiano con lo histórico. En Cácota, la historia no se guarda: se vive.
En el parque principal, el movimiento es otro. Allí, entre puestos y talleres, se encuentra Mery Carrillo, quien lleva años moldeando la tierra.
Sus manos, curtidas por el tiempo, se mueven con naturalidad, como si la arcilla respondiera a su ritmo. “Nuestra arcilla es de las mejores del departamento”, dice con orgullo sereno. Pero no se detiene ahí.
“Esto no es solo trabajo, es herencia”. Y en esa frase se condensa todo: la transmisión del conocimiento, la permanencia de la tradición, la identidad que se construye sin necesidad de explicarse.
A medida que el día avanza, el pueblo cambia. En la mañana, la luz ilumina los techos de teja y resalta el rojo de la tierra.
Al mediodía, el parque se llena de voces, de visitantes que llegan con curiosidad. En la tarde, el frío regresa poco a poco, como recordando que la montaña nunca se va del todo.
Cada fin de semana, cerca de 300 turistas llegan a Cácota. No buscan grandes infraestructuras.
Buscan algo más difícil de encontrar: autenticidad. Caminan despacio, observan, preguntan, prueban la comida, se detienen frente a los paisajes.
“Cácota es una perla fría escondida en Norte de Santander, en 2025 recibimos a doce mil turistas que nos permite que el turismo se convierta en un pilar para nuestra economía”, explica Daniela Vera, mientras mira hacia las montañas.
Su voz tiene un matiz distinto: el de quien piensa en el futuro sin perder de vista el presente. “Pero también es un destino donde promovemos el turismo responsable, donde el visitante entiende que no viene solo a ver, sino a cuidar”, agrega Vera.
Y es que aquí, el turismo no desplaza: acompaña. No impone: aprende. Cada visitante que llega, que camina hasta la laguna, que asciende al páramo, que compra una pieza de arcilla o que escucha una historia, se convierte en parte de un proceso silencioso de preservación.
Al caer la tarde, el pueblo vuelve a recogerse. El sonido de los pasos sobre la piedra se hace más claro, el humo de las cocinas se eleva lento, las puertas se cierran sin prisa. Hay una calma que no es ausencia, sino equilibrio.
Así, en medio de las montañas de Norte de Santander, Cácota de Velasco se sostiene como un relato vivo. Un lugar donde la historia no está en los libros, sino en las manos, en las calles, en la voz de su gente.
Un territorio donde la arcilla sigue hablando, donde los frailejones custodian el agua, donde la laguna guarda el silencio y donde el turismo, cuando se entiende bien, no transforma: preserva.
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