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Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Manizales: 40 años vigilando la Tierra

El Servicio Geológico Colombiano destaca al observatorio como un pilar en el monitoreo volcánico y sísmico del país y en el trabajo cercano con las comunidades.
Observatorio volcanológico Manizales
Paula Rodriguez
Paula Carolina Rodríguez

En una sala iluminada por pantallas y mapas en movimiento, un grupo de profesionales sigue de cerca los latidos invisibles de la Tierra. Se trata de las instalaciones del Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Manizales, donde cada vibración cuenta una historia. Este primero de abril se conmemoran sus 40 años de funcionamiento, una oportunidad para mirar atrás y entender cómo el país aprendió a escuchar a sus volcanes.

Todo comenzó como respuesta a una tragedia. El 13 de noviembre de 1985, la erupción del Nevado del Ruiz desató un lahar que arrasó con Armero y parte de Chinchiná y Villamaría, dejando cerca de 25.000 víctimas y una herida profunda en la historia nacional.


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Cinco meses después, el 1 de abril de 1986, nació en Manizales el primer Observatorio Vulcanológico y Sismológico oficial del país. Desde entonces, su misión ha sido no solo vigilar la montaña, sino también traducir sus señales en decisiones que salvan vidas.

Lina Marcela Castaño, vulcanóloga y coordinadora del observatorio, resaltó que “estos 40 años representan cuatro décadas de trabajo continuo”, lo que ha permitido conocer los volcanes, sus amenazas y brindar información confiable para la toma de decisiones.

Desde esta ciudad enclavada en la cordillera Central, el observatorio monitorea de manera permanente 13 estructuras volcánicas activas, entre ellas el Nevado del Ruiz, uno de los más vigilados del país.

Su área de influencia abarca municipios de Caldas, Tolima, Risaralda, Quindío, Valle del Cauca y Cundinamarca, territorios donde la vida cotidiana convive con la incertidumbre geológica. Además, su experiencia ha sido clave para la creación de otros observatorios en Pasto y Popayán, consolidando una red nacional de conocimiento y prevención.

En el corazón de esta operación hay tecnología y rigor científico. Sismómetros, sensores de gas, cámaras termográficas y estaciones meteorológicas trabajan de forma continua, las 24 horas del día, para detectar cualquier cambio en la actividad volcánica.

A esto se suma un patrimonio invaluable: un catálogo sismológico con más de cuatro décadas de registros, que permite reconstruir el comportamiento de la Tierra desde julio de 1985 hasta hoy. Es, en esencia, la memoria sísmica del país.

“La labor que hoy cumple el observatorio es clave, porque buscamos que una tragedia como la de 1985 no se repita. Sin embargo, 40 años son apenas una ventana muy corta en la vida de un volcán con 1,8 millones de años”, agregó Castaño.


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Más allá de la tecnología, el observatorio es también una comunidad humana. Un equipo de 56 profesionales —entre geólogos, ingenieros, químicos, físicos, técnicos y especialistas sociales— sostiene esta vigilancia permanente.

Son ellos quienes interpretan datos, recorren territorios y dialogan con las comunidades. Porque en Manizales, convivir con el riesgo no es solo una tarea científica: es un ejercicio cotidiano de confianza, conocimiento compartido y memoria colectiva.

Según Castaño, aunque comparado con otros observatorios del mundo el camino apenas comienza, el trabajo realizado ya lo posiciona como un referente en Suramérica.

Avances y experiencia

Uno de los principales diferenciadores del observatorio es su laboratorio especializado en análisis de fluidos volcánicos, único en el país y referente nacional desde 2020. Allí se estudian gases volcánicos y aguas termales mediante metodologías acreditadas y tecnología de punta, como la cromatografía iónica y gaseosa.

A este se suman los laboratorios de electrónica y geología (petrografía), que brindan soporte técnico a la red de monitoreo, permiten el manejo de muestras y fortalecen la vigilancia volcánica.

La operación del observatorio es continua e ininterrumpida. Cada día se actualizan, procesan y analizan datos provenientes de las estaciones de monitoreo, lo que permite entregar información permanente, veraz y oportuna sobre la actividad volcánica.

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