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Fotos: Colprensa

Los bogotanos que construyeron la última morada de las víctimas de Bojayá

Por: Colprensa.

Las lijas, el mármol, la tintura, las fotos de los difuntos y el tallado de los nombres en las lápidas, que normalmente Luis Carlos suele trabajar en un taller ubicado frente al cementerio Central, en el centro de Bogotá, se trasladaron a más de 400 kilómetros de la capital, al corregimiento Bellavista en Bojayá, para darle una última morada a las víctimas de la masacre del 2 de mayo de 2002.

El nuevo taller improvisado quedó en una vivienda de la zona, y está ubicado al frente del mausoleo donde quedarán de forma permanente las víctimas de los enfrentamientos entre los paramilitares y los guerrilleros de aquél 2002. Las ganas de Luis Carlos, no solo por hacer su trabajo sino por "hacer historia", se evidencian en su taller.

Luis Carlos habla de una nueva historia, pero también de una que ya se escribió. Una que a muchos los dejó marcados con heridas imborrables, y parte de esa historia es la que pretende cambiar el hombre de 54 años, que ha vivido de lejos el terror de la guerra, pues ha pasado su vida en la capital.

Él, que heredó su profesión de su abuelo y sus tíos, lejos estaba de imaginar que en este noviembre iba a tener que usar su arte de plasmar letras y textos de aliento sobre lápidas para escribir los nombres de los hijos del Río Atrato que se llevó la guerra ese fatídico jueves, pero que ahora, 17 años después de la masacre, permite a los familiares de las víctimas un renacer, pues finalmente los restos de sus seres queridos descansan en su tierra, y eso les permite escribir una nueva historia, sin el horror del pasado.

A Luis Carlos, que tiene una camiseta azul y un jean con manchas de pintura negra, ya se le nota el arduo trabajo que emprendió desde el pasado martes, cuando él, su hermano y tres personas más, tras media hora de vuelo hasta Quibdó desde Bogotá, y tres horas y media más en lancha, arribaron al corregimiento que no solo tendrá por campo santo un cementerio común de pueblo, sino un monumento donde se puedan llorar a los muertos de la guerra.

El mausoleo lo hicieron tres hombres que también llegaron de Bogotá, 15 días atrás. La edificación que queda al aire libre y muy cerca del muelle de Bellavista, está hecha de 80 barrotes de madera, un piso gris, blanco y negro impecable, y los huecos de los cenizarios.

En la parte derecha hay tres filas, una de ellas alberga los cuerpos de una familia entera: cinco miembros, entre ellos dos niños, uno que apenas tenía 22 días de nacido. En la otra fila, que queda al frente, hay entre adultos y adolescentes.

Los cinco hombres que se encargan de hacer las lápidas pasaron cuatro días haciendo un trabajo, que a juicio de Luis Carlos, se hace en 15. Pese a todo pronóstico, él y su equipo cumplieron. A las 10 de la noche de este sábado habían entregado todo el trabajo: algunas de las lápidas llevan fotos del ser querido; otros, una cruz, porque sus familiares no suministraron la imagen de la víctima.

Las lápidas tienen la marca del 2 de mayo de 2002 y mensajes de aliento. “Vivirás por siempre”, “te recordaremos”, “un hombre no muere si no es olvidado”. Esas palabras talladas en las lápidas se quedarán no solo en la última morada de las víctimas de Bojayá, sino en la memoria de todos sus familiares.

Los cofres

Mientras Luis Carlos y su equipo trabajaban para dejar en limpio los nombres de los Bojayaseños en las lápidas, en el auditorio principal reposaban los cuerpos.

En la primera fila estaban los adultos. Para pasar a la segunda, donde estaban los niños los separaba la imagen del cristo de la iglesia, mutilado por las pipetas que lanzaban los guerrilleros en medio de los enfrentamientos con los paramilitares.

Los familiares estuvieron hasta último momento con ellos. No se despegaron de sus familiares, pese a que en un momento se fue la luz en todo el pueblo. Su anhelo era estar con ellos, ya que hace 17 años sus mamás, esposas, tíos, sobrinos o hijos se fueron y solo hasta ahora regresan sus restos al lugar que los vio nacer.