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Foto: Proimagenes

Monos: una impactante conexión cinematográfica

Por: Eduardo Otálora Marulanda

La semana pasada fui a ver 'Monos', de Alejandro Landes, una de las más recientes películas colombianas y también de las más aclamadas. Tenía curiosidad y, lo admito, miedo a la desilusión. Pero no me desilusionó. Todo lo contrario, me hizo sentir como la primera vez que vi 'La historia sin fin' o cualquiera de esas otras películas que, literalmente, me han tragado.

De esa primera vez con 'La historia sin fin' recuerdo que estaba con mis compañeros de colegio porque era una de esas siempre esperadas “actividades extracurriculares”. No estoy seguro de a qué sala nos llevaron, pero pudo ser a la del ya desaparecido Radio City (que quedaba en la carrera 13 con calle 41, en Bogotá). Por ahí cerca quedaba mi colegio. De esa vez alcanzo a tener memoria de la gritería que hicimos por la emoción de sentirnos grandes. También me acuerdo del impresionante silencio que se hizo cuando apagaron las luces y en esa pantalla gigante aparecieron las primeras imágenes. Luego los recuerdos de esa vez se confunden con los de las otras diez veces que vi la película, porque me dejó obsesionado.

Lo que quiero señalar con esta breve anécdota es que, desde que tengo uso de razón, hace parte de mi vida la experiencia de ir a una sala de cine. Ahora, de adulto, puedo afirmar que ese disfrute tiene que ver con el encanto de sumergirme en un placentero y penumbroso paréntesis de la realidad. Cuando apagan las luces el mundo sigue avanzando, pero siento que, por un par de horas, lo único que importa es lo que está pasando en la pantalla, lo que padecen o disfrutan esos seres ficcionales del cine. Y por eso también sé cuándo una película no me gusta: cada tanto me acuerdo de que estoy sentado en una sala, que el cojín debe tener pulgas, que alrededor suenan las crispetas de los vecinos o que huele a salchichas bañadas con salsa de tomate, mostaza y piña. Sí, ese es mi “termómetro” para las películas. Y no tiene que ver con que sean buenas o malas, porque me he distraído y dormido con películas fabulosas. Tiene que ver con que, al menos en ese momento, no son para mí o yo no soy para ellas. Entonces sencillamente nos ignoramos. Ellas siguen proyectándose para quienes sí están conectados, mientras yo pienso en crispetas, perros calientes y pulgas. Y así nos llevamos el cine y yo.

Pero con 'Monos' la aterradora conexión fue instantánea. Y creo que se debe a algo que tiene que ver con que la película tenga ese nombre.
En una de las primeras secuencias el grupo de jóvenes que protagonizan la película reciben la vista de Mensajero (así se llama el personaje) en el páramo donde están. Él es quien les lleva provisiones, les da instrucciones sobre qué hacer con la mujer secuestrada que están custodiando, los reprende, les da permiso para “asociarse” (que es como le dicen a volverse novios) y les hace entrenamiento militar. Justamente en medio de una de esas jornadas de entrenamiento, mientras los “anima” insultándolos, les dice que ellos son sus hijos, que ellos son monos. En ese momento el parlamento me pareció muy extraño. Ahora, que han pasado varios días desde que vi la película, me explotó en la cara su sentido y, por eso, no puedo dejar de pensar en ella, como cuando era niño y veía 'La historia sin fin'.

Mensajero es un hombre solitario que siempre aparece en escena con lo mínimo necesario: un morral y su arma. También se caracteriza porque es muy bajito y con el torso muy apretado, aunque tiene las piernas largas para su estatura. Pero lo más impresionante es su musculatura: cada centímetro de su cuerpo está marcado, tensionado, casi a punto de explotar. Mensajero es un poco (y aterradoramente) simiesco. Mensajero quiere que sus hijos, los monos, también lo sean. Y quizás por eso los impulsa a que entren en contacto con sus naturalezas más salvajes, esas que harán posible que maten a sangre fría eliminando cualquier atisbo de remordimiento. Pero también quiere que sepan que, como él, están solos y les toca hacerse cargo de sus vidas (o de sus muertes). Es como si él, al llamarlos monos, les estuviera inyectando en la sangre esa definición del diccionario:

mono-

Del gr. μονο- mono-.

1. elem. compos. Significa 'único' o 'uno solo'. Monomanía.

Y sus monos aprenden que no necesitan ni siquiera de él, por eso mismo eliminan su relación gregaria y terminan por convertirse en “zorro-solos” que caminan por la selva defendiendo sus interesen personales (ya no los del movimiento al que pertenecían) sin más regla que la voluntad y con el poder de hacerse invisibles en la manigua.

Con 'Monos' no me dormí y no me importaron las pulgas ni las crispetas. Con 'Monos' solo estuvimos la pantalla y yo porque padecí cada segundo en el que esos jóvenes van descubriendo que ya les eligieron el destino, que están y estarán solos hasta que los atraviese una bala.