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Hilado de lana, un oficio para tejer la tradición de Paipa

A través de sus relatos de María Pacheco nos acercamos a este oficio que requiere paciencia, pasión y destreza: el arte de hilar la lana.

Por: Laura Ramírez León.

Paipa, ubicada al noroccidente de Boyacá a unos 190 kilómetros de Bogotá, es conocida como la capital turística del departamento. Sin embargo, este municipio tiene diversos encantos que van más allá de lugares para visitar, uno de ellos son sus artesanías. Allí nos encontramos a María Florinda Pacheco, la mejor hilandera del municipio.

A través de sus relatos nos acercamos a este oficio que requiere paciencia, pasión y destreza: el arte de hilar la lana. Una labor que aún se conserva en varias veredas del municipio y que ha pasado de generación en generación en manos de los artesanos de la región.

“Llevo 50 años hilando y todavía no hay quien me gane en este oficio, aprendí desde que tenía siete años de edad. A mis hermanas les enseñaron a hacer capellada, la técnica con la que se hacen las alpargatas de fique, pero a mí me ponían a cuidar la ovejas y a hilar la lana. Esto mismo lo hacían mi abuela y mi mamá, es una tradición de nuestros ancestros. En la finca de la vereda Pastoreros donde yo nací siempre tuvimos ovejas y trabajamos la lana, porque con eso era que conseguíamos el dinero para comprar lo que no producíamos en la finca, como café, panela, azúcar y sal. Con la lana que hilábamos en mi casa también hacíamos nuestras propias cobijas y nuestras ruanas”, relata María Florinda.

Foto: Suly Ortega.

Gracias a la tradición oral en el municipio de Paipa, hilar lana de oveja es una costumbre que aún se preserva. Esta práctica se ha mantenido viva a lo largo de cinco generaciones hasta el día de hoy. Sin embargo, artesanas de la región como María Florinda, consideran que es preocupante que a las nuevas generaciones no les interese preservar sus tradiciones. Sus seis hijos aprendieron el manejo y la transformación de la lana desde pequeños, de la misma forma que ella aprendió de su madre Celia Pérez.

“A pesar de que yo le enseñé a todos mis hijos a hilar la lana desde muy chiquitos, ahora los jóvenes no ven rentable trabajar este oficio. Ellos no le ponen el carisma y la alegría con la que uno trabajaba la lana. Ahora ellos prefieren estar pegados al celular. En cambio, hilar era una forma de entretenerse cuando yo era niña, en mi época no existían los celulares, con lo que nos divertíamos era con el huso”, recuerda Florinda.

Foto: Suly Ortega.

La transformación de este producto natural lleva un proceso arduo en el cual se debe esperar cerca de un año para que la lana madure y crezca en las ovejas, luego los campesinos esquilan los animales y venden en el mercado la lana virgen, donde la libra cuesta entre 20 mil y 30 mil pesos.

“Cuando a la oveja se le ve el pelo muy pesado es cuando el animal requiere corte. Las ovejas se esquilan solo una vez al años, ahí empieza el proceso de producción de la lana. Después del corte se deben guardar las ovejas para que no se mojen cuando llueve. Luego de que se esquilan uno debe esperar de 8 a 15 días para realizar el lavado del pelo y cuando la lana ya está seca y limpia es que se empieza a hilar el producto. En esta práctica ancestral es necesario cumplir cada paso del proceso para evitar daños en la piel del animal”, cuenta María Florinda.

Foto: Suly Ortega.

Para hilar la lana de las ovejas, después de la lavar el vellón (pelo de la oveja) y secarlo, es necesario ‘escarmenar’, abrir lo mechos, retirar impurezas y ordenar las fibras, una tarea de mucha dedicación que se realiza de forma completamente artesanal y a mano.

“El instrumento primordial en el oficio de hilar la lana es el huso. Al emplear esta herramienta las hilanderas comienza por tomar un copo de la lana, que se retuerce en una porción entre los dedos hasta darle forma de hebra. Esta hebra inicial se amarra al huso y se sigue realizando el procedimiento de torsión. Mientras tanto, con la otra mano se hace girar el huso con un extremo, de modo que la hebra vaya enrollándose a él”, explica Florinda Pacheco.

Para Wilmer Pulido, tejedor y líder la iniciativa ‘Bosque Nativo Andino’, un proyecto productivo de emprendimiento rural que trabaja por la dignificación del campesino y sus oficios en Paipa, el hilado y el tejido de sombreros, gorros, guates, pañolones y ruanas, hace parte de una tradición milenaria que se encuentra en riesgo de desaparecer.

“Las señoras que se dedican a hilar en esta región son mayores a 60 años, y los hijos al ver que este es un oficio desgastante y mal remunerado, prefieren que sus mamás se queden en casa y que se estén quietas para que no se desgasten. Además porque nuestras ancestras se acostumbraron a hilar sin medidas de seguridad y la lana suelta un polvillo que trae mucha mugre y termina por enfermarlas”, afirma Wilmer.

Foto: Suly Ortega.

La relación costo-beneficio ha hecho que los artesanos de la región desistan de dedicarse a hilar y tejer la lana de las ovejas. Para Wilmer la situación radica en los bajos costos que tienen los productos en el mercado y la competencia que se establecen con las fibras sintéticas.

“El problema radica en la relación costo-beneficio. Los campesinos ahora reciben muy poco por la lana virgen y los costos de producción y de alimentación de los animales influyen considerablemente en la producción de lana. Hace 30 años los campesino accedían al efectivo a través de la venta de los hilados y se ganaban sus buenos pesos, al vender la lana podían comprar lo que sus fincas no producían. Eso proporcionalmente para un familia campesina significaba mucho, pero cuando empezaron a llegar las lanas industriales y la moda de los chinos, llegaron modas muy económicas que terminaron por quebrar a muchas nuestras artesanas”, concluye Wilmer.

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