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En Bojayá, la paz se construye a través de la danza y el teatro

Por medio de la danza y el teatro, Boris Velásquez ha logrado consolidar un espacio de formación y recreación para la niños, niñas y jóvenes del municipio.
Paz
Foto: cortesía.
Isis Palacios
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Más de mil jóvenes del municipio de Bojayá (Chocó) han hecho parte de los grupos culturales que han sido impulsados por Boris Velásquez y otros líderes del municipio después de más de 19 años de la masacre que golpeó a esta región. La danza y el teatro se han convertido en una estrategia vital para arrebatarle los jóvenes a la guerra.

En la comunidad de Bellavista, Boris Velásquez Vásquez, un gestor cultural innato y reconocido en todo el territorio, ha venido impulsando, durante las dos últimas décadas, espacios de recreación y conservación de la ancestralidad chocoana. Los protagonistas son niños, niñas y jóvenes de diferentes edades, quienes se integraron con la excusa de solo divertirse y terminaron enamorados de todas las dinámicas y procesos que se aprenden en estos grupos culturales.

Es lunes, niños y niñas de diferentes barrios de Bellavista cruzan todo el pueblo para llegar a su cita, aprender a bailar danza tradicional del Chocó. Este gestor cultural logró reactivar hace pocos meses este grupo prejuvenil, pues la emergencia sanitaria hizo que estos espacios estuvieran cerrados por más de un año. Aproximadamente, trabaja con 45 estudiantes que ven allí una forma de divertirse, aprender y compartir con amigos.

Son las 3:50 de la tarde y ya varios niños, niñas y jóvenes están a las afueras de la casa de su maestro, el horario de ensayo es a las 4:00., pero algunos de ellos siempre se reúnen con anterioridad para ir a buscar a los demás compañeros y compañeras en sus casas e iniciar puntualmente. Boris sale a la puerta de la casa para decirles que ya está listo para empezar la clase, sus rostros se iluminan de inmediato al verlo y lo reciben con una gran sonrisa. Es evidente el amor que le han tomado al espacio, lo transmiten con su energía y actitud.

“Me gusta iniciar cada clase con innovadoras dinámicas grupales que impliquen actividad física, para que los niños puedan hacer calentamiento, pero sobre todo es una estrategia de integración entre ellos, para que tanto nuevos como antiguos puedan socializar”, cuenta Boris mientras organiza a los participantes en un círculo grande.

El primer baile que van a ensayar es la polka. El docente tararea la canción con su voz y con el apoyo de un bombo, los grupos empiezan a bailar la coreografía. Las niñas imitan con las manos como si tuvieran una pollera, y los hombres usan el sombrero para coquetear con las mujeres mientras bailan acorde a la coreografía.

Hay algunos participantes que se ven un poco tímidos al bailar y otros que al contrario lo hacen con mucha soltura, cada quien lo va demostrando en la pista, pero lo que sí es evidente es que hay muchos niños y niñas a quienes este espacio les ha servido para dejar a un lado la inseguridad.

Boris cuenta que, al empezar el grupo, había algunos niños y niñas a quienes les causaba pena decir su nombre en público, y no se sentían en condiciones de salir al frente a hacer una demostración de baile. Sin embargo, resalta que este proceso les ayudó a superar esta timidez progresivamente.

“Yo dedico mi vida a esto porque para mí es una motivación ver esa felicidad con las que los niños disfrutan estos espacios; y aunque me gustaría hacer mucho más, no cuento con los recursos, pues lastimosamente la cultura es muy poco apoyada en la región”, asegura este gestor mientras sigue firme en su labor de enseñar.

Todo ha sido un camino que ha implicado esfuerzo y dedicación, pero la satisfacción siempre ha sido un factor constante en este proyecto.

“Recuerdo que conseguí el primer uniforme de danza gracias al apoyo de la parroquia… esto generó una gran felicidad en todos los chicos, pues por fin podían verse como un grupo de danza profesional”, relata el docente con nostalgia.

Por estos espacios recreativos de danza y teatro ha pasado un sin número de generaciones de niños, niñas y jóvenes bojayaseños. Muchos de ellos se encuentran ahora por fuera, realizando estudios universitarios, y otros ya son grandes profesionales.

“Es halagador reencontrarme con los jóvenes que estuvieron en el proceso y ver que son personas educadas, serviciales y con un gran sentido de pertenencia por su pueblo. Son chicos que están trabajando fuertemente por lograr sus sueños”, señala Velásquez.

Boris asegura que este es su granito de arena en la construcción de paz en su territorio. Está convencido de que por medio del arte y la cultura es posible construir un camino lleno de sueños y futuro para las nuevas generaciones de Bojayá.

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