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Don Toba recuerda

Por: Alberto Salcedo Ramos Lo dicen los que saben, desde el sabio Salomón para abajo: no hay amor como el que se consigue con los ojos. Los únicos que creen que esto es embuste, o asunto de viejos, son mis hijos.

Foto: Eduardo Herrán.

Por: Alberto Salcedo Ramos

Lo dicen los que saben, desde el sabio Salomón para abajo: no hay amor como el que se consigue con los ojos.

Los únicos que creen que esto es embuste, o asunto de viejos, son mis hijos.

Yo los entiendo: pueden arrimarse a las muchachas, salir con ellas a cualquier hora del día o de la noche, besarlas en público. Cuando tienen que hablar con ellas, las buscan y hablan con ellas. Sin problemas.

En cambio, nosotros teníamos que hablar con los ojos para comunicamos con las muchachas que nos gustaban. Era la única manera de conseguirlo, porque las tenían encerradas en sus casas, como protegiéndolas de un ventarrón, y no las dejaban asomar por las ventanas.

A veces pasaban meses sin que pudiéramos mirarles los ojos. Y si no les mirábamos los ojos, ¿cómo iban a saber ellas que nos gustaban?

No es por darme fama, pero la verdad es que yo era el más experto de mi grupo en encontrarles la mirada a las mujeres. Esa era mi gracia. Les mandaba razones con alguien, silbaba debajo de las ventanas, organizaba peleas frente a sus casas para que ellas tuvieran un pretexto legítimo para asomarse y pudieran ver lo que decían mis ojos.

No le estoy diciendo que mi tiempo era mejor, sino que era diferente. A mí nunca me ha gustado el versito ese de que lo viejo o es bueno y lo nuevo es malo. Y vea que yo tengo 80 años entre pecho y espalda.

Conozco a muchos hombres que hablan mal de la juventud no porque crean que la juventud es mala, sino porque ellos ya no pueden hacer lo que hace la juventud. ¡Carajo y yo sí puedo!

Cosas buenas y malas siempre las ha habido. Eso no es nuevo ni viejo: es el hombre, ¿oyó?

De mi juventud aprecio la fecundidad de las mujeres. Parían y criaban a sus hijos sin tantos parapetos; prodigaban al mundo, con generosidad, los frutos de sus amores, y los hacían crecer sanos y longevos, como si fueran cosa de nunca acabarse.

De la juventud de ahora aprecio la independencia de las mujeres: van a la universidad, pelean los puestos con los hombres y hasta se meten en la política, sí señor, así como lo oye, en la política.

Para amar a las mujeres de mi tierra, hace 60 años, había que tener mucha paciencia. Que es lo que no tienen los muchachos de ahora. Imagínese usted un joven de estos tiempos esperando que una brisa le mueva la pollerona a su dama para tener la dicha de verle el pie. Imposible.

¿Y qué tal una minifalda en 1932? ¡Ese hubiera sido mucho desbarajuste grande! Cada cosa en su tiempo, eso es todo. A mí, por ejemplo, me gusta mirar a las muchachas con minifalda, porque parece que todo lo que está por allí cerca fuera a explotar. Ah, pero no crea que la pollerona de nuestras mujeres es insípida. No señor: esa también friega. Despacito, pero friega.

Con los ojos no pasa lo mismo y por eso es que yo le canto tanto a los ojos. Los ojos son de siempre. En 1910 y en 1991 hay ojos que dicen amores, que muestran pasión, que revelan rabia, que enseñan temor. Por eso le decía que el amor que usted consigue con el lenguaje de los ojos es el mejor de todos.

Hay cosas que están bien claras en mi cédula de ciudadanía. Una de ellas es que nací en Valledupar, a las ocho de la mañana del ocho de agosto de 1910, y fui bautizado con el nombre de Tobías Enrique Pumarejo Gutiérrez.

Claro que más son las que no aparecen: delgado tirando a flaco, parrandero por obligación de la sangre, compositor de mis propias vivencias, compadrísimo de mis casi 400 compadres.

¿Qué más podría decirle? Bueno, que tengo, creo que ya se lo dije, 80 años, y todavía me siento firme. Como acabadito de hacer. Hace poco me operaron de un problema de la nariz y tengo el ojo derecho sentenciado de catarata. Problemitas pendejos, como puede ver.

¿Me pregunta qué cuándo hice mi primera canción? No recuerdo, pero estoy seguro de que no era tan joven cuando eso ocurrió. Tendría quizá unos 25 años.

En el Valle el que es compositor empieza a necear letras desde chiquito. Yo no. Más bien lo hice tarde, un día que es el que ahora no preciso. No sé cómo fue. De pronto estaba sentado escribiendo una canción que se me apareció, sin pensar que la experiencia se repetiría.

El caso es que meses después -no me pregunte por fechas-observé a una muchacha que iba a lavar al río Cesar y me llamó la atención que fuera mascando hojas de eucalipto. Ahí me pegué otra sentadita. El resultado fue "Callate corazón", una canción grabada por conjuntos vallenatos y orquestas internacionales.

Nunca he dicho: voy a hacer una canción. Cuando vengo a darme cuenta, la canción ya está hecha. Por eso en el Valle algunos amigos me dicen flojo, porque con 80 años apenas tengo 45 canciones, mientras que compositores de 30 años ya llevan hasta 60.

Foto: Eduardo Herrán.

Dejado sí soy. Nunca he buscado un conjunto para que me grabe, ni he visitado periódicos, ni reclamado regalías, ni participado en concursos, ni protestado por algunos temas que me han robado. Entre otras cosas, porque también se ha presentado el caso de que aparezco como autor de piezas que en realidad no son mías. Y tampoco a eso le he parado bolas.

No se si me lo van a creer, pero jamás he recibido un solo peso de regalías. Ni me importa. Si la gente dice: "esa canción bonita es de don Toba", me parece bien. Pero si no lo dice, me da lo mismo. A mí lo que me importa es hacer la canción cuando tengo que hacerla. Lo demás es añadido.

Una vez estuve hospitalizado y mi compadre Rafael Escalona me fue a visitar. Antes de salir, se volteó y me dijo: "Ah, compadre, se me había olvidado decirle que por ahí le cogí una cosita". Yo le contesté: "hombre, compadre Rafa, gracias por tenerme en cuenta".

La cosita mía que el compadre utilizó fue la música completa de un merengue, que él se la puso a su canción "En la ceiba de Villanueva". ¡Ni más faltaba que yo le negara este favor a Rafa, que es como mi hermano!

Lo de Guillermo Buitrago es otro cuento. Resulta que él firmó dos temas que yo compuse, "La víspera de año nuevo" y "Las sabanas del Diluvio", sin conocerme siquiera.

Lo único que no me gustó es que Buitrago no las grabó completas, porque como las escuchó por ahí, a pedacitos, en varias parrandas, apenas se aprendió unos cuantos versos y las piezas originales son más largas.

Pero que se haya hecho famoso con ellas es cosa que nunca me quitó el sueño. Fíjese que Alejandro Durán también grabó las canciones y él sí me dio el crédito, aunque no es que me hubiera hecho falta.

Además le digo algo: a Buitrago lo conocí cuando ya tenía la fama crecida y el tipo se disculpó. No hacía falta: ese era un hombre simpático, de buenas maneras, inteligente. ¿Cómo puede alguien pelear autorías con un hombre así?

A mí me dolió la muerte de Guillermo. Murió jovencito, carajo. Fue una tuberculosis mala que se le incrustó en el pecho y no hubo modo de sacársela de allí. Lo fue minando hasta que se lo llevó.

En mi región todo el mundo sabe que "La víspera de año nuevo" y "Las sabanas del Diluvio" son piezas mías. Ambas canciones relatan las bellezas de las extensas sabanas donde la familia Pumarejo Gutiérrez tenía su ganado. Buitrago nunca estuvo por ahí ni sabía en realidad qué eran las Sabanas del Diluvio.

Ah, pero usted quiere saber cómo nació "La víspera de año nuevo". Ahí le va el chorro.

Conocí a una muchacha que respondía a la gracia de Doris Altamar del Castillo. La conocí en un mal momento: su madre tenía dos días de muerta. Sus tíos, que sabían de mis mañas de gavilán, no me dejaban arrimar donde ella, en el velorio. Pero usted sabe que al garabato se le busca su comba.

Así que con cuidadito le fui buscando la simpatía y logré convencerla, con señas, de que habláramos en la parte de atrás del patio.

Esa noche me dejó esperando, porque no hubo manera de que sus tíos se le desprendieran de encima.

Pero a los tres días me mandó a preguntar con un compadre mío si quería llevármela, que ella era capaz de irse conmigo para cualquier parte. No le contesté. Al rato se vino a buscarme, arrestada que era, carajo. Y, bueno, ya ahí si no podía negarme. Entre el compadre y yo la montamos en un burro que conseguimos prestado y enseguida le dimos viaje para "El Otoño", la finca que yo había comprado aquel mes de diciembre.

Era el quinto día del velorio de la mamá: en eso no me falla la puñetera memoria. Por eso la canción dice: "su familia quedó con duelo y yo gozando a mi morena".

El afán que ella tenía de irse conmigo se debía a la mala vida que le estaban dando los tíos. Después lo supe.

Cuando llegamos a la finca, 31 de diciembre pleno, la pobre tenía unas ronchas fresquecitas en las piernas. Se las habían hecho con un canto de cabuya gruesa. Yo le limpié la sangrecita y, bueno, usted sabe, adelantamos la felicitación del Año Nuevo. En la canción también aparece esa partecita: "primera noche de enero/ yo me felicité bien/ ella dijo vámonos ligero/ yo te quiero complacer".

¡Ah, qué momentos tan inolvidables los que pasé con Doris Altamar! Ella me dio un par de mellas antes de que yo me marchara. Fíjese: bonitas las peladas. Y bien casadas que están.

Bueno, después, Doris terminó comprometiéndose con el compadre que me había ayudado a montarla en el burro, quien la fructificó con varios hijos. Ese era el hombre para ella: querendón de los mansitos.

Oiga, dígame la verdad: ¿usted no se aburre con estos cuentos? Podemos hablar de otras cosas. Si quiere, claro.

Quizá le gustará que le diga cuál de mis canciones es la que más me gusta. Es "Mírame", que la grabó Alejandro. Me gusta porque se la hice a los ojos de la mujer con quien vivo desde hace casi 40 años y que fue la que poco a poco me fue aquietando. Con ella vivo en El Copey, Cesar, y tengo ocho hijos.

Para decirle la verdad, no sé cuántos hijos tengo en total. Antes era así y no es mi culpa, aunque si viviera otra vez trataría de llevar bien las cuentas. Eso sí: los que yo conozco han contado siempre con mi apoyo.

La vejez no me ha cogido rico, pero limpio no soy. Ni caduco. Todavía me tomo mis traguitos y hasta les miro los ojos a las muchachas. Lo que pasa es que las muchachas de ahora no están hechas para esas cosas...

Cartagena, febrero de 1991

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