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CERRAR

El taller artesanal donde se restauran guitarras… y emociones

El espacio que nació de la inspiración del músico cesarense Beimar Toledo busca, además de recuperar instrumentos de cuerda pulsada, transformar vidas.
Cultura
Fotos: Yaneth Jiménez Mayorga
Yaneth Jiménez Mayorga

Una casa ubicada en el barrio Los Andes, en el norte de Bogotá, muy cerca al reconocido Cafam Floresta, es desde hace unos años el hogar que acoge a Beimar Toledo, un joven compositor, arreglista, intérprete y ganador de festivales vallenatos de guitarra, nacido en Codazzi (Cesar), y a su familia, quienes llegaron aquí, luego de que una idea que surgió como un hobby, es hoy uno de los pocos talleres de recuperación, restauración y fabricación de guitarras y otros instrumentos de cuerdas pulsadas que hay en la ciudad.

“Todo empezó “mamando gallo”, yo quería para mis ‘shows’ una guitarra diferente, que se viera distinta, investigué en internet, consulté con amigos que arreglaban guitarras, busque algo similar a lo que tenía en mente, pero no hallaba en el mercado, entonces me dije qué tal si la hago yo mismo, pa’ ver que sale. Compré materiales, conseguí madera reciclada, partes de otras guitarras y empecé a darle forma hasta que ocho días después, ella “nació”, mi primera guitarra elaborada por mí”, recuerda Beimar.

El resultado fue tan bueno que el inquieto músico empezó a usarla en sus presentaciones, al tiempo que la nueva creación, como dirían en tiempos actuales, se volvió viral; eso hizo que más personas quisieran que Beimar les arreglara sus guitarras o que les fabricara su propio instrumento, y hasta apareció quien le ofreció comprársela. A pesar de lo que esto significaba, en un acto de desprendimiento, la vendió, pensando en que ese punto de quiebre podría ser el inicio de algo más grande.

“Después, me hice un curso ‘online’ de guitarrero que dictaban desde España con el que fui aprendiendo y conociendo más sobre el tema; y empecé a trabajar en mi apartamento pero los insumos, herramientas y procesos- las pinturas, el aserrín que se producía, el ruido, la cantidad de guitarras que me llegaron- hicieron que tomara la decisión de salir de allí y crecer”, recuerda el artista.

Luego de un corta correría, llegó a la casa actual donde tiene su vivienda y donde funciona su nuevo sueño: Don Guitarras de Colombia, el taller que a diario recibe esos instrumentos a veces abandonados, golpeados, pero también a quienes quieren darle un nuevo ‘look’ a sus preciados tesoros, a aquellos que empiezan a incursionar en la música, o a los que desean que alguien les fabrique ese nuevo instrumento soñado.

Crecer para transformar

Don Guitarras de Colombia, cuyo nombre- narra el espiritual y creyente juglar vallenato- “viene del don, del don con el Dios bendice a todos los seres humanos”, sigue creciendo. Ahora, la parte trasera de la casa está habitada por nuevos integrantes: pulidora, cortadora, distintos tipos de maderas, compresor, barnices, trapos, cascos, overoles, planos de los instrumentos, diseños, cortes, lijas, listados de clientes, cuadros de planeación, nuevos empleados, adecuaciones, herramientas, insumos, más guitarras e instrumentos.

Sobresalen guitarras clásicas, guitarras eléctricas, guitarras electroacústicas, ukeleles, cuatros, algunos bajos, bandolas y tiples, cada uno en condiciones distintas: los que lucen “tristes”, olvidados, los que brillan, los que -como en el viejo hospital de los muñecos anhelan sobrevivir-, otros más que esperan recuperar su espíritu o que sus partes sean restauradas, los rozagantes ya arreglados, y también esos materiales que gracias al arduo y paciente trabajo de Beimar y sus colaboradores tomarán forma de instrumento musical.

Desde hace casi tres años que lleva funcionando el taller, y en medio de los cuales una pandemia paralizó al planeta, el trabajo ha aumentado. Curiosamente, dice Beimar, eso cambió todo, pues al estar todos encerrados muchos se reencontraron con esos instrumentos que tenían olvidados, otros decidieron aprovechar la situación y volver a tocar, a la vez que él como músico vio truncadas sus presentaciones, lo que hizo que llegarán más solicitudes y que él pudiera dedicar más tiempo a su otro oficio.

“Me organicé más, tomé cursos con la Cámara de Comercio de Bogotá sobre planeación estratégica, finanzas, marketing, servicio al cliente, al tiempo que fortalecía y mejoraba mis conocimientos y técnicas en la reparación, restauración y fabricación de instrumentos de cuerda pulsada que son los que trabajo”, comenta el músico y ahora lutier.

Su objetivo, recalca, es tratar de lograr la perfección en cada instrumento, y aunque sabe que eso no siempre se alcanza, su taller evoluciona y los esfuerzos del equipo se enfocan en cumplir minuciosamente cada una de las más de 200 tareas que conlleva el trabajo.

“Nuestro día a día transcurre entre recibir solicitudes, evaluar los daños, realizar diagnósticos, establecer tipos de intervención, tiempos de entrega y precios; realizar los procesos de limpieza, desarmado y armado, lijado, ensamble, pintura, secado, curado, sellado, calibración, fabricación de accesorios, corte, algunos de los cuales deben realizarse varias veces para que cumplan con la calidad y las expectativas de los clientes.

Un sueño con propósito

Para Beimar, este es un arte que brinda muchas satisfacciones, una de ellas: reparar esos instrumentos que llegan más dañados, esos que la gente cree que ya no tienen salvación, pero que a él lo llenan de emoción al imaginar cómo los va a intervenir, cómo sonarán, cómo se verán, cómo van a cambiar y cómo expresarán sentimientos.

“Recuerdo una guitarra acústica que me trajeron con la tapa delantera como con cinco rajas, era una guitarra fabricada por el ecuatoriano Hugo Chiliquinga, uno de los mejores lutiers de Latinoamérica, la cual estaba muy deteriorada y cuyo dueño no tenía esperanzas de recuperar. La intervine dejándola funcional y con los acabados de su color natural en más de un 90%”, recuerda Beimar.

Otro de los retos, refiere, “es entender al instrumento, conocerlo, hallar ese espíritu de la madera con la que fue creado (recordemos que la madera viene de un ser vivo). Yo les hablo, los acarició, les pregunto qué sucedió, cómo se sienten, y no sé si es porque yo soy muy espiritual, creyente, obtengo respuestas que hacen que el trabajo sea más bonito”.

“Mi slogan”, expresa emocionado, “es ser restaurador de valores humanos, soy cristiano y creo en la resurrección y en que todos (personas, cosas, animales, etc) merecemos otra oportunidad”.

Otra oportunidad como la que desde el taller Don Guitarras les están dando a maderas que la gente desecha, reciclándolas y reusándolas, o la oportunidad que les brinda a los recicladores de obtener un ingreso al comprarles esas maderas que nadie quiere; la oportunidad que quiere ofrecerles a futuro a niños y jóvenes que quieren aprender a tocar un instrumento pero no tienen dinero para adquirirlos o un espacio donde practicar.

La oportunidad que anhela darle al negocio de reinventarse y ser más amigable con el planeta, y darse él mismo la oportunidad de dejar, por ahora, sus presentaciones públicas como músico para dedicarse de lleno a este arte a través del cual no solo recupera, restaura y crea instrumentos, sino vidas, sentimientos y emociones.

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