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Parteras del Chocó, el don de recibir y salvar vidas

La partería data de tiempos ancestrales, con saberes que han pasado de generación en generación en las comunidades negras del Pacífico colombiano.

Por: Miguel Ángel Cortés

Foto: Muestra 'Partería: saber ancestral y práctica viva' del Banco de la República.

La madre estaba en el laboreo de la mina. Como las mujeres en el campo, así estén embarazadas no dejan de trabajar, a la señora le cogió el parto allá en Pacurita en un río que se llama Cabí. A la señora, apenas le cogieron los dolores de parto, se fue para abajo, donde había una playa muy enorme y allá no buscó la piedra, sino la arena y ahí nació el niño.

Yo, como era la más joven, dije: -Bueno, mujeres qué le pasa a Martina Mena que se fue para allá abajo y no ha subido. Y me fui yo con toda la curiosidad del caso. Las mujeres, como estaban cogiendo su oro, no pararon bolas y me fui yo sola. Pues el niño estaba braseando en la arena y dije: -¿Qué hacemos? Pues, como digo yo: -El muchacho que no va a morir no muere.

Con el machete que llevábamos pal’ monte pa´uno defenderse, le corté la tira umbilical y no lo bañé, sino que mojaba unos trapos y llegaba y lo sacudía y lo sacudía. Con el dedo le sacaba la arena de la boca. Porque los hombres nacen boca abajo.

En ese tiempo no se usaba la mechera, sino los fósforos, cogí una caja y toda se la gasté pringándole el ombligo, después de que lo corté. Cuando ya llegamos al pueblo fue que lo vine a curar como es debido, como se curan los niños en el campo y póngale cuidado: si usted conociera a ese profesor, hoy es gordo y alto. Cuando pequeño le decíamos ‘Playero’ por sobrenombre, porque había nacido en una playa del río. Recibir a un niño causa una gran alegría porque se está salvando una vida.

Fue hace más de 30 años cuando Fabiola Torres estaba allí, pero el recuerdo está fresco como si fuera hoy. En aquel corregimiento de Quibdó, el oficio de ser partera le concedía esa dicha que solo ellas disfrutan en cada nacimiento.

Las parteras o comadronas, como se les conocía antiguamente, son cuidadoras de la vida, son guías para dar a luz, pero ante todo, son consideradas madres. Dicen que cada bebé que ayudan a parir es un hijo más. Fabiola, a sus 79 años, logró recibir hasta 10 niños, y aunque parezcan pocos, se trata de un oficio que alternaba con sus labores de cantadora tradicional y bailarina de pasillo, reconocida por muchos en la región del Chocó.

Foto: Miguel Ángel Cortés.

La partería del Pacífico fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Nación en 2016. Es un saber que data de tiempos ancestrales, es herencia africana que pese al tiempo, aún permanece viva en el Litoral. Con cada mujer y cada parto hay una historia para contar.

“Allá en mi tierra natal lo que hubo fue parteras de talla, que si el muchacho venía atravesado, ellas lo enderezaban y de una vez salía. Pero las más jóvenes fuimos aventureras”, dice Fabiola con orgullo.

La memoria y la astucia no le fallan, cuenta que recientemente ayudó a su nieta en el parto, y aunque fue en la sala de cirugías de un hospital, le permitieron estar allí para asistirla y aportar sus saberes.

“El hígado de la raya, cuando se echa en aguardiente, se vuelve un aceite. Se le frota a la mujer en la barriga y en la parte de atrás, para que se le facilite el parto. Se le da una cucharadita de ese aceite y eso es rapidito, eso ayuda a dilatar”, explica su receta.

Que el baño de hierba de gallito, que cocinar el anamú y consumirlo con un punto de sal o darle a beber agua con azúcar bien melada son las alternativas para agilizar el trabajo de parto. Fabiola tiene claras sus preparaciones y las defiende con experticia. “Eso es como lo que Cristo bajó y escribió. Cada quien tiene su modo y sus remedios para cuando va a partear”, agrega.

Y que no falten los agüeros porque además de fórmulas, las parteras también comparten mitos y creencias frente a la forma en que los bebés nacen, para ellas esto también podría decir algo sobre su futuro.

“Cuando el niño se viene de pie, es que va a ser muy afortunado porque un parto así es bastante complicadito, porque si va y abre los brazos es un problema. Y cuando sale con el cordón umbilical muy enrollado, dicen dizque va a ser preso, esos son los agüeros que tenemos aquí”, comenta Fabiola entre risas.

Ser partera en el Chocó

De generación en generación, el legado familiar permanece, es algo preciado que se entrega, como preparando para contemplar la vida y sus milagros.

“Mi abuela era partera, ella nos decía que aprendiéramos a hacer esto porque podía haber momentos en los que uno no podía encontrar un médico ni una enfermera. Mi abuela decía que uno no sabía, en el correr de la vida, lo que le podía deparar y que uno tenía que aprender de esto para salvar vidas”, cuenta María Gregoria Chaverra, partera nativa del municipio de Atrato Yuto.

Foto: Miguel Ángel Cortés.

A sus 65 años, han sido alrededor de 40 niños que ha ayudado a traer a este mundo, le dicen ‘mamá’ o ‘tía’. De su abuela Juana Cecilia y sus amigas comadronas como Ana Isabel y Tolentina, aprendió que llamarse partera es un privilegio, es símbolo de servicio y entrega, más allá de las condiciones difíciles de su región.

“Se siente uno con orgullo y mucha alegría, porque siempre está uno allí, para servir, para salvar vidas, para ayudar, para apoyar a esas mamás que lo necesitan (…) Uno hace las cosas porque realmente las quiere. Lo hago porque lo amo y porque así lo siento”, afirma con una sonrisa.

Relata que anteriormente, las mujeres decían de qué manera querían tener a su bebé y las ponían del lado de una guasca o soga. Ellas de allí se agarraban y hacían la fuerza para tener el bebé. “Eso me impresionaba a mí. Mi abuela me decía:- Sí mija, también la puedes sentar o arrodillar”, recuerda Gregoria.

Foto: Miguel Ángel Cortés.

Para partear se necesita amor por la vida, hay que ser aguerrida, fuerte, pero que no falten la templanza y la firmeza, para tomar decisiones en situaciones críticas.

“Muy activa tiene que ser la partera, porque hay momentos que uno tiene que jugársela para que ese niño nazca vivo y no se le muera. Debe ser una persona muy ágil con mucho conocimiento, mucho carácter y muy pocos nervios. Porque hay momentos en los que uno tiene que ser firme para poder sacar a esa materna adelante. Nada de miedo”, sostiene.

En regiones como Atrato Yuto, hace más de 40 años que los centros de salud se establecieron para brindar atención profesional en salud a la comunidad, pero desde mucho antes, las parteras ya estaban con toda la disposición para llegar a cualquier vereda, caserío o corregimiento y cumplir con su labor. Y sigue siendo así.

Hay comunidades que están retiradas y cuando una mujer está en trabajo de parto, le resulta muy difícil llegar hasta el centro de salud. Las parteras van con la convicción de que puede atenderla donde se encuentre. En caso de que se presenten complicaciones, saben que es mejor salir directo y tratar de salvar, al menos, la vida de la madre.

“San José de Purré es un corregimiento que está a una hora de la carretera. Una materna que esté haciendo trabajo de parto a las 7 de la noche y no hay carro para sacarla. Tienen que buscar una partera para que la atienda”, ejemplifica Chaverra.

Foto: Miguel Ángel Cortés.

Para Gregoria, el oficio de comadrona es como el médico que va con la mentalidad de cuál es su labor. Asegura que así mismo es la partera.

“A uno cuando está aprendiendo le advierten que tiene que tener mucha vocación porque está salvado vidas. A uno le dicen: -Cuando un parto usted no lo pueda atender, que se le complique, que el niño venga de pie, o sentado y usted no sea capaz de hacerlo, usted corra, vuele, pero lo que tiene que hacer es salvar la vida del niño o de la mamá”, sostiene.

Gregoria se ha tomado hasta una hora u hora y media para ir y buscar a una madre a punto de dar a luz en zonas lejanas. Recuerda que ha habido ocasiones en las que le ha tocado llegar hasta allá y regresarse con la embarazada porque el parto tiene dificultades. Así sea en hamaca o caminando, por agua o por tierra, pero hay que sacarla.

“He tenido que hacer camillas, con palo y camisas, con lo que sea, pero la he sacado al pueblo para que el médico la pueda atender”, señala.

Partera ante todo

Sofía Serna tiene 50 años, es enfermera y trabaja en el centro de salud de Atrato Yuto, atendiendo a pacientes de primera infancia. Es profesional de la salud y asegura, con rostro de satisfacción, que antes de formarse como tal, ya se había preparado para ser partera.

Foto: Miguel Ángel Cortés.

“Desde muy pequeñita me gustó, llevo más de 200 partos y aquí estoy para otros 200 más. Antes de ser enfermera ya era partera. Aprendí con las comadronas”, sostiene y agrega que nunca ha sabido qué es la pérdida de un bebé en su tarea de partear.

Hace parte de la Red Departamental de Parteras del Chocó y asegura que en su municipio hay alrededor de 50 mujeres que siguen activas en esta labor, sumadas a las que ya se retiraron por problemas de salud a raíz del mismo ejercicio de la partería.

 “Cuando las maternas rompen fuente, esa agua cae donde quiere caer y muchas veces puede caer en la ropa y en la cara. Ese líquido cega a la gente, le va a cortando la vista a uno. Entonces la mayoría han perdió la visión por eso”, explica Sofía.

Pero los tiempos han cambiado y por medio de entidades territoriales de salud, las parteras han aprendido la importancia de usar implementos como guantes y gafas protectoras, que facilitan sus trabajos habituales y les permiten cumplir su labor con mayor asepsia y precaución.

La ruda para el sangrado; el anamú o la seledonia hervida con canela y un punto de sal, para ayudar a la mujer a parir o el guácimo blanco o dorado para que la mujer dé a luz sin dolor. Sofía tiene a la mano sus alternativas para tratar a cada parturienta.

“Me siento muy orgullosa de ser partera, ayudar a traer una vida más a este mundo. Para mí representa todo. Cuando yo veo esos niños que yo ayudo a traer a la tierra, eso me llena. Por eso tengo cantidad de ahijados”, así le llama a esos 200 niños que ha recibido con sus manos.

Así como hay alabaos y gualíes tradicionales para los difuntos, en la cultura del Pacífico también se le canta a la vida. Los arrullos son ese momento único para expresar amor, confianza y protección a ese nuevo ser que empieza a habitar en este mundo.

Señora Santana, señora Isabel…

Por qué llora el niño, por un cascabel

Señora Santana de qué llora el niño

Por una manzana que se le ha perdido

Ro, ri, ro, ra… duérmete niño, duérmete ya…

Ro, ri, ro, ra … duérmete niño, duérmete ya…

Yo le daré una, yo le daré dos

Una para el niño y otra para vos…

El cordón umbilical también es una reliquia en esta región, es tradición que este recuerdo del nacimiento de todo ser humano se siembre con una palma de coco o chontaduro. Todo para contar que en el Chocó la vida es sagrada, la vida se cuida.