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Raras canciones nuevas: el disco de Las Áñez

Por: Luis Daniel Vega

En Colombia, el oficio de componer canciones y cantarlas estuvo ligado durante mucho tiempo al ámbito andino y tropical. Sólo hasta bien entrada la década de los años sesenta –con la irrupción global del rock– aparecieron cantautores y cantautoras que no dudaron en tomar prestadas tradiciones ajenas: Humberto Monroy, Pablus Gallinazus, Ana y Jaime, Norman y Darío, Eliana, Lukas o Elia y Elizabeth abrieron caminos que prejuiciosamente se cerraron a finales de los setenta. 

Esto lo explica mejor el periodista bogotano Umberto Pérez: “Pero en Bogotá, como en Colombia y el resto de los países hispanoamericanos, el concepto de cantautor se ha asociado a un momento histórico específico, un discurso ideológico y político cuya retórica quedó anclada en el pasado de barbas y fogatas, cargándolo de una connotación peyorativa. Los medios prefieren referirse a los cantautores como cantantes, músicos, compositores, artistas, salseros, rockeros, etc, y muy pocas veces como cantautores”.  

Esta mirada escrupulosa se mantuvo hasta finales de la década de los noventa cuando irrumpió en el panorama una nueva generación de artesanos y artesanas dedicados al oficio de escribir y cantar canciones. 

Pérez describe esta nueva generación y la sitúa en un lugar específico: “(…) un movimiento conocido como ‘cancionismo’ abriga a diferentes cantautores y cantautoras que tienen en común un principio rector: no están casados con ningún género musical, ya que han abrevado en fuentes musicales tan ricas como diversas, y aunque aman el rock y las músicas tradicionales, ni son rockeros ni son folcloristas, son cancionistas y lo más importante para ellos es la canción”. 

A ese lugar en el que “las lenguas vivas son impuras” –al decir de Octavio Paz- pertenecen artistas disímiles que se permiten todo tipo de mutaciones, ironías y ropajes. Lejos de tradiciones fosilizadas aparecen -en extremos estéticos insólitos- desde Marta Gómez y Edson Velandia hasta N.Hardem y Lido Pimienta. Allí están, también, Las Áñez con sus raras canciones nuevas.

Exploramos cada una de las doce piezas que componen ‘Reflexión’, el tercer disco de Las Áñez que acaba de ser publicado tanto en formato físico –vinilo y cedé- como en digital.

En la lucha:

Más obra del azar que de la búsqueda premeditada resulta esta pieza en la que Las Áñez develan las simetrías entre la tradición veracruzana del son jarocho y el joropo venezolano. Ellas mismas lo confirman con escepticismo, risa y sorpresa: “Pensamos en un ritmo de 3/8 que, por ser tocado con cuatro, a veces parece llanero. Cuando entra la leona parece mexicano, como son jarocho. Puede ser un revuelto entre esas dos cosas, aun no lo sabemos”. 

Aunque no nombra situaciones específicas, la canción tiene un dejo político y contestatario que viene muy bien para estos días aciagos y convulsos: “Ahora que tengo más años siento que he perdido mucho, / no es solo por lo que lucho sino por lo que me queda. / Que toda la vida fuera lo que veo y lo que escucho, / la tinta de mi cartucho mi palabra escribiera, / ahorrándome la pelea de luchar por lo que lucho”.

Catedral 1 y Catedral 2:

La extraordinaria reverberación de la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango –sustentada, entre otras variables, por su morfología ovoide, la falsa pared perimetral y el estremecedor cielorraso de madera- es un lugar ideal para registrar experimentos vocales como estos en los que Juanita y Valentina, despojadas de artilugios y artefactos electrónicos, disponen del recinto como una gran caja de resonancia. Estas piezas de marcado carácter minimalista nos sitúan en un lugar indefinido donde resuenan atemporales cantos litúrgicos.

Presente simple:

Grabada inicialmente con voz, piano y efectos de percusión electrónica, esta canción fue sometida a un proceso de post-producción en el que Benajmin Calais, uno de los ingenieros de grabación del disco, agregó sintetizadores y más detalles a la mezcla final. La atmósfera jazzera nos hace evocar tanto a Leo Masliah como a la noruega Sidsel Endresen. 

Al tiempo:

Buscando una sonoridad reposada, Las Áñez imaginaron una canción en la que contrastaran los sonidos agudos de sus voces con alguna otra de registro grave. A su vez, querían intervenir la tonada con comentarios breves y muy rítmicos. Entonces Juanita pensó que tal vez la persona indicada era Kevin Johansen. Y así fue, tan fácil como haberlo proyectado, que el connotado cantautor argentino se sumó a la pieza con su tono acogedor y sus tímidos monosílabos que acentúan lo que podríamos llamar una canción dramatizada. 


Pueblito grande
:

Se suele afirmar con amargura que Bogotá es una ciudad sin canciones. Pero basta una mirada superficial de nuestro cancionero popular para contradecir a los escépticos. Desde el bambuco al rock, entre la misiva amorosa y la diatriba sarcástica, allí están, por ejemplo, ‘Los cucaracheros’ de Jorge Áñez, ‘Patio Bonito’ de Hora Local, ‘Altísimo’ de Héctor Buitrago, ‘Ala, cómo estás’ de Eduardo Armani, ‘El bus del blues’ de Banda Nueva, ‘Bogotá’ de Andrés Correa y ‘Amor capital’ de Ciegossordomudos. Continuando con la generosa tradición sonora que se inspira en los avatares de las tierras del Zipa, Las Áñez, pertrechadas con su arsenal de juguetes electrónicos, describen con gracia y cariño los caprichos meteorológicos de la ciudad.

Villancico:

Varias son las fuentes de músicas populares que se mimetizan en esta canción: desde la chacarera y el son jarocho hasta el klezmer y el joropo. Tal pluralidad se sintoniza con la sesuda reflexión expuesta en sus versos: más allá de nuestras creencias religiosas, la celebración navideña es un buen motivo para convenir en la diferencia. Daniel de Mendoza tocó el contrabajo y Carlos Esteban Gómez hizo lo suyo con el cuatro.

A la música:

La exploración abierta, abstracta y sin complejos esencialistas del patrimonio sonoro Latinoamericano ha sido la constante en el quehacer artístico de Las Áñez. De eso da cuenta ‘A la música’, una hermosa égloga que cuenta con la presencia de El Tuyero Ilustrado, un revolucionario dueto que lleva hasta el límite las posibilidades sonoras del entramado musical venezolano. Si bien Juanita y Valentina aportaron acordes, letra y melodía, fueron el cuatrista Edward Ramírez y el cantautor Rafael Pino quienes apuntalaron una canción que, pensada en un principio como merengue rucaneao, terminó convertida en una jota carupanera, este último, un ritmo muy popular de la Costa Caribe Oriental de Venezuela. 

Reflejo mío:

Inspirada inicialmente en las formas geométricas que son comunes en algunas arquitecturas religiosas, esta canción también juega con los múltiples significados de la palabra reflexión. Con su letra ambigua –acompasada entre los sonidos siderales de un viejo órgano y un lejano bombo andino- las hermanas Áñez encuentran las correspondencias esotéricas entre su azarosa particularidad biológica –son gemelas monocigóticas- y fenómenos físicos como el eco o las figuras que se revelan en los espejos. 

Una fábula:

Mientras que en los dos discos anteriores el desempeño instrumental corrió por cuenta de Juanita y Valentina, en Reflexión hay invitados e invitadas que enriquecen su búsqueda de matices. Ejemplo de ello es esta ingeniosa pieza polifónica cuyo “bachiano” arreglo para chelo y contrabajo –interpretados por María Elvira Hoyos y Johan Alexander Rivas- realza el rasgo alegórico de los versos. 

Un secreto:

¿Cómo contar un secreto y salir bien librado? ¿Cómo contar un secreto y evitar los rumores, las mentiras y el chismorreo? La respuesta se encuentra en esta letanía de inesperado final bromista. Grabada con la pequeña arpa mexicana y el órgano heredado de su abuelo –que le da el justo toque sardónico-, “Un secreto” se desenvuelve en medio de un enrarecido aire de vals mezclado con joropo.

Canción migratoria:

Una música pretérita y sin gentilicios fue el punto de partida para darle sentido a la reflexión ontológica que atraviesa esta canción. Las ocho enigmáticas cuartetas fueron grabadas de manera inusual mientras Juanita y Valentina –con tambor y una pequeña arpa artesanal de origen mexicano- caminaban a lo largo y ancho de la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango.