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Foto: Colprensa.

El amor y la amistad en la obra de José A. Morales

Por: Vicente Silva Vargas / Director Radio Nacional de Colombia

José Alejandro Morales López era un obsesionado por el amor, la amistad, la vejez y su tierra santandereana. A las mujeres de diversas edades y condiciones sociales, les compuso infinidad de melodías, unas más conocidas y otras casi inéditas, pero todas con un evidente mensaje romántico, de despecho o simple admiración. En esa lista aparecen obras en las que se evidencian las profundas decepciones de un hombre enamorado que en siempre expresó su deseo de no casarse jamás. Entre otras, se pueden mencionar obras memorables como Soberbia, Aunque lo niegues, Desde que murió mi negra, El cántaro, La hiedra, Mi carta, Perdóname Señor, Prefiero no verte y Qué fácil fue olvidarte.

El músico e investigador Puno Ardila Amaya señala en su libro Un tiple y un corazón que José A. Morales “registró en su archivo personal 231 temas musicales, algunos de ellos instrumentales”. De ese inventario, por lo menos 50 canciones están relacionadas con amores y desamores elevados por él a la categoría de tragedias personales. Otras 26 llevan los nombres propios de mujeres, empezando por el tango Martha, su primera creación.

Su abanico de enamoradas —amigas y otras damas que fueron simples conocidas— es amplio y diverso: María Helena, Luz Alba, Marta, Clarita, Esmeralda, Gracielita, Licha, Lina María, Luz Alba, Magdalena, Martha Isabel, Martha la presentida, Rosa y Zaydeé. Esa capacidad creativa también alcanzó para dedicarles canciones a las reinas de belleza de Santander (1947) y Valle del Cauca (1957). Sus nombres, como muchos de sus títulos, están en diminutivo: Sarita Consuegra (bolero) y Merceditas Baquero (bambuco).

Las “mujeres más famosas” de este hombre nacido en El Socorro el 19 de marzo de 1913 fueron María Antonia González y Rosario Vega. La primera, según refiere Ardila Amaya, era “una señora que tenía una tienda a la salida de El Socorro, por la vía a Bucaramanga” y a la que el músico y sus amigos iban con frecuencia para echarse sus aguardientes y cantar uno que otro bambuco. A esa humilde mujer, “de enaguas negras, blusa blanca y sombrero de jipa”, Morales le hizo el memorable pasillo Doña Rosario, cantado, entre otros artistas, por los famosos Raphael y Chavela Vargas. La historia cuenta que esta mujer murió sola y mayor pero que su sepelio —con la canción interpretada por el compositor y sus socios de parranda— fue uno de los más concurridos en la historia de El Socorro.

La otra mujer es María Antonia, joven ventera de tienda que vivía por los lados de Capitanejo y que alguna vez atendió al compositor y sus amigos en una de sus travesías de bohemia. Sin embargo, varios testimonios señalan que la idea del bambuco surgió hacia 1949, luego de las múltiples visitas de Morales a una campesina que vivía a un lado del río Fonce, cerca al puente Baraya, en inmediaciones de El Socorro. Según esas versiones, él atravesaba el río encaramado en una tarabita para cortejar a la muchacha que, de acuerdo con lo dicho por su protagonista, “no tenía ninguna tienda de besos de amor”, pero sí era la ventera más linda que conoció en su vida. Además de duetos memorables como Garzón y Collazos, Silva & Villalba, Los Tolimenses y Los Hermanos Martínez, María Antonia fue inmortalizada en una emotiva interpretación por la cantante española María Dolores Pradera.

Los amigos

Jaime Llano González decía que la profesión del autor de Campesina santandereana era ser amigo. El organista recordaba que Morales no tenía muchos amigos, pero que valoraba como si fuera un valioso tesoro el concepto de la amistad y la correspondencia o solidaridad entre ellos. “Para él, decía Jaime, no había puntos intermedios: se era amigo o no había amistad”.

Fruto de esa sinceridad, a por lo menos una docena de amigos de diferentes condiciones y edades les compuso —curiosamente— pasillos instrumentales de altísima calidad musical. A Llano González, el hombre que le interpretó por primera vez y en vivo una canción en la radio, le dedicó Titiribí (pueblo antioqueño donde nació el organista), y Jaime Llano. A Campo Elías Toledo, amigo de su tierra, le regaló Campitos y al boyacense Carlos Eduardo Vargas Rubiano le hizo Carlosé. A ese listado se suman El Chato, Don Berna, El Chueco Duarte, El viejo Elías y Pelón Santamarta (homenaje al gran compositor antioqueño).

Por supuesto, el tema que mejor retrata su concepto de la amistad, el respeto por los amigos y el valor de la gratitud es Amistad, bambuco de 1956 en el que canta con extraordinaria franqueza:  

«Qué suerte es tener amigos

pero amigos de verdad

de aquellos que si hoy cantamos

con nosotros cantarán

 y si mañana lloramos

con nosotros llorarán,

 que suerte es tener amigos

que nos quieran de verdad.»

Morales, que nunca fue a la escuela ni al colegio y jamás pisó una escuela de música, pero escribía impecablemente y hablaba con erudición como si hubiera estudiado en las mejores instituciones de su época, era un obsesionado por la vejez. De sus nostalgias, desesperanzas y temores nacieron canciones clásicas del folclor andino colombiano como Yo también tuve veinte añosViejo querido, Camino viejo, Recordar es sufrir, Viejo tiplecito y Recuerdos viejos. Hoy, como dicen sus biógrafos, “esas composiciones son obras que se cantan como si fueran de dominio universal”.

Fanático del tiple, instrumento que ejecutaba impecablemente y defendía con fervor por considerarlo una insignia nacional, murió en Bogotá el 22 de septiembre de 1978 —hace 42 años—. Su sepelio fue transmitido en directo por televisión y sus restos fueron llevados a El Socorro, el Pueblito viejo que le enseñó “ser recto, grato y señor”.

*Con datos de los libros: Un tiple y un corazón (Puno Ardila Maya), El cantor de la patria (Casa de la Cultura de El Socorro, Santander), Historia de la música en Colombia (Alfonso de la Espriella) y Cultores de la música colombiana (José I. Pïnilla).